Moana

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No es ninguna novedad la capacidad que Disney ha desarrollado con los años, de contar historias efectivas y emocionales. En este sentido, Moana no es distinta, por el contrario, parece representar la máxima expresión de esa increíble capacidad y quizás se deba a que los dos directores son viejos conocidos: Ron Clements y John Musker, los mismos que dirigieron tres películas gigantes en la historia de la compañía: La Sirenita (1989), Aladino (1992) y Hércules (1997).  Ahora parece que se animaron a salir del dibujo para encarar su primer proyecto digitalmente animado.

Moana es, en términos estrictos, dos cosas: la joven protagonista de la historia y, en maorí —una de las lenguas del pacífico—, el sustantivo utilizado para nombrar al océano. Esta estrecha relación será entonces, el punto de partida.

El relato está situado en la antigua Polinesia, en el contexto mitológico de la cosmogonía del Pacifico, en donde Moana es la única hija del líder de una tribu de muchas generaciones de marineros que se ha dejado vencer por su miedo al mar y han decidido nunca más salir de la isla ni aventurarse mar adentro. La protagonista, sin embargo, desde el comienzo de la historia tiene una relación especial con el océano, establecida directamente en la primera secuencia del film, cuando su abuela relata la historia de Te Fiti, la isla a la que Maui (un legendario semidiós), le quitó el corazón, despertando a Te Ka, una monstruosidad de fuego y lava. Para completar la fábula, su abuela le dice que las cosas así serán hasta tanto la persona elegida sea capaz de hacer que Maui vuelva a la isla a devolver el corazón a donde pertenece.

Como ya se puede intuir, Moana será la destinada de semejante travesía y, junto con la ayuda del océano, que abrirá en todo momento el camino para ella, la joven emprenderá ese viaje.

Si tuviéramos que hablar de la narración plana de la película, no habrá mucho nuevo para decir, y es que, ese suele ser el punto más lánguido en las animaciones de Disney: prácticamente todas siguen al pie de la letra la fórmula establecida para llevarnos desde el punto inicial al final. Y no es que eso esté mal, sino que es previsible y después de haberse visto algunos films del estilo, cualquier tipo de sorpresa será erradicada de las posibilidades.

En un año de musicales como lo fue el pasado 2016, esta propuesta navideña de Disney no se podía quedar atrás, y agrega una considerable cantidad de canciones que buscan comprometer la voluntad emocional del espectador, a la vez que preparar el terreno para los eventuales saltos de guion. Como nota de color, algunas de las canciones están en Maori.

Uno de los aspectos de mayor valor en la película, es su posicionamiento ideológico en la discusión socio-cultural que se lleva a cabo en la actualidad en cuestiones de género. En este sentido, Moana logra algo que ni siquiera otras películas de Disney con fuertes personajes femeninas lograban: dar a la mujer autonomía y protagonismo total en el relato, fuera del campo de la mirada del hombre. Esto, que parece evidente y debiera haber sido tan lógico, no es menor ya que es infrecuente en el cine que llega desde la industria, en donde la mujer suele ser utilizada como un elemento más de la masculinidad cultural. En la película no hay ningún hombre del que Moana se enamore, pueda enamorarse o vaya a enamorarse: el factor masculino es eliminado por completo de las motivaciones que rigen las decisiones de la joven. Tampoco hay una idea de sexo débil o sexo fuerte, siquiera aun en el viaje con el semidiós. Moana no necesita de él para cumplir con su destino, en ningún momento se desliza que ella pueda depender de él para estar a salvo, protegida, o porque ella no pueda valerse por sí misma. Al contrario, la joven tiene muy en claro cuál es su objetivo, declara reiteradas veces que lo realizará de una forma u otra y, en medio, el semidiós atenderá su propio conflicto dramático.

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La película tiene una buena dosis de humor y, si bien no aparece muy seguido el chiste adulto camuflado en el subtexto de relato y el destinatario general es el público más joven, de cualquier manera, es disfrutable.

Moana, entonces, es una película discreta y disfrutable para ver en familia, que cuenta una historia que ya nos han contado muchas otras veces pero que, así y todo, encuentra su individualidad en los buenos detalles.

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