Review: Night of the Living Dead [1968] – Remake [1990]

Rara vez un remake supera a la película original y menos aun cuando se trata de un clásico. Pero es que las razones por las que Night of the Living Dead es un clásico, quizás no sean las convencionales, si es que existe tal convención.

Si bien aquella escrita y dirigida por George Romero en 1968 no puede considerarse la primera película de zombis de la historia (White Zombie se lleva el honor), sí que fue la piedra fundacional del zombi como parte de la cultura pop. La noche de los muertos vivos, sentó las bases que después reproduciría la gran mayoría de películas del estilo hasta formar lo que, en la actualidad, es considerado un subgénero. De hecho, las principales características que debe tener una criatura para ser considerada zombi, fueron definidas allí: un cadáver reanimado que come carne humana, de andar lento y perezoso, sin ningún tipo de pensamiento o proceso racional, y cuya amenaza solo puede ser neutralizada cuando su cerebro es destruido.

Más allá de esto, es curioso como la película original, si bien independiente, tiene una construcción narrativa tan floja y poco convincente, aun a pesar de las loables razones que la hicieron un clásico, como por ejemplo la poderosa crítica en el subtexto del guion. Si contextualizamos la obra, encontraremos que roza ciertos temas controversiales para la época, como el canibalismo, algún desliz de incesto y hasta sugiere la sensación de un país en decadencia.

No obstante, la narración no es lo fluida que podría haber sido y esto es tan evidente, que se corrige en la remake.

Como punto de partida, pensemos en la construcción de personajes. La película comienza con Barbra (Judith O’Dea) llegando al cementerio con su hermano Johnnie. Allí aparece el primer zombi, el hombre muere y la mujer termina su intento de escape en la casa que será a partir de ese momento, el centro de la acción. Durante los primeros quince minutos, Barbra nos dará el punto de vista de la historia, pero eso rápidamente terminará con la llegada de Ben, el legendario Duane Jones, quién se hará cargo de la situación y no tardará en perder la paciencia ante el visible shock que la mujer atraviesa. Luego de ese comienzo que la tiene como protagonista, Barbra no pronunciará palabra salvo para nombrar a su hermano o para eventualmente gritar su nombre, momento en el cual recibirá la polémica trompada de Ben. El sentimiento que ambos despiertan es confuso ya que por momentos invitan a la empatía mientras que en otros a la indiferencia o incluso al desdén.

Además de ellos dos, cuando la narración esté ya bastante avanzada, se introducirá el resto de los personajes, comenzando por Harry Cooper, —némesis de Ben—  quién es caricaturizado para servir como la figura a despreciar en el film, siguiendo con Tom, Judy, Helen y la pequeña Sarah. En la última media hora del fin, el desenlace del relato los involucra a todo ellos, aun cuando algunos tuvieron poco más de tres o cuatro minutos solos en pantalla, lo que, consecuentemente implica que no sean importantes para el espectador y que sus destinos no le sean significativos. Este gran problema en la cinta original, es solucionado convincentemente en su remake, primero colocando a Barbra en el centro de la escena y como protagonista al mismo nivel de Ben (quizás hasta en un lugar más importante ya que durante el desenlace, Barbra se convertirá en el vehículo moral de la historia), y transformándola entonces, en un personaje con el cual el espectador puede conectar y por el cual va a interesarse (a pesar de que la personalidad elegida para ella caiga en el previsible modelo de héroe de finales de los ochenta). Algo parecido sucede con el resto, que son presentados mucho antes de la mitad del relato y tienen un tiempo en pantalla considerablemente superior, incluso con líneas de diálogo y algún que otro plano de cada uno de ellos en soledad. Cooper, el representante de la faceta más baja de la selecta porción de humanidad que habita la casa, es caracterizado con detalles más incisivos que profundizan el rechazo que el espectador siente por él, con anticipados actos de inconveniente individualismo, maltrato a su mujer y cobardía, que van configurando un golpe final bastante más efectivo.

En el mismo sentido, la película original va dejando, conforme la narración avanza, muchos cabos sueltos y giros argumentales que salen prácticamente de la nada. El remake toma cada uno de ellos y les ofrece una respuesta. Podría nombrar varios momentos como la aparición de Ben, el choque del auto de Barbra, la explicación de porqué la casa se encuentra deshabitada cuando llegan, la explosión del surtidor de nafta, entre muchos otros. Inclusive la primera secuencia, en donde el auto llega al cementerio, aumenta de manera considerable la tensión y el suspenso de la escena, al utilizar tres veces más planos generales que la original.

Es, en definitiva, de sumo interés ver las dos películas: la original por su valor indudable como hito histórico dentro de la cultura pop, y su remake como versión mejorada de una obra necesaria. Cuando se las compara objetivamente, quitando el velo de la nostalgia y el romanticismo, se puede concluir que éste, quizás, sea uno de los contados casos en donde el remake supera a la original, aun cuando es imposible obviar la importancia del clásico.

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