Baby Driver [2017]

Edgar Wright —director de películas como Scott Pilgrim vs. the World, Hot Fuzz y Shaun of the Dead—, se las ha arreglado para imprimir su nombre detrás de un estilo más que de un género en sí mismo, más allá de que, dentro de este estilo personal haya puntos de contacto con la comedia, con el universo de la post adolescencia y una sutil capa de ironía o hasta cinismo. Baby Driver no se distancia demasiado del patrón que Wright ha venido construyendo, aunque esta vez explora de manera más tradicional el cine de género.

Es en los primeros minutos en donde una película generalmente se define: se establece el tono, el tema, tal vez algún personaje. El opening suele funcionar como un túnel a través del cual el espectador entra al mundo que la historia propone. En Baby Driver hay un gran trabajo en este establecimiento inicial del clima, construido con una virtuosa y muy lograda persecución de autos en pleno centro de Atlanta, que claramente rinde homenaje a otras más clásicas como, por ejemplo, The French Connection.

El opening es funciona como disparador del tema a la vez que permitirá conocer a Baby, el protagonista, en plena acción y sin medias tintas. Sin embargo, aquella idea de efectividad, que vuelve este comienzo una virtud para la primera hora de cinta, se convertirá en un problema más adelante, cuando el tono cambie por completo y los cimentos en donde estaba fundada nuestra confianza en la historia, sean rotos y la película se convierta en otra cosa.

El tono es, entonces, el inconveniente más presente en Baby Driver. Y esto es porque la mutación de género dentro del relato necesariamente debe hacerse dentro de la sutilidad para que la veracidad no se pierda, pero sobre todo, para que la ambigüedad no concluya con el público perdiendo el interés en los personajes. Para un buen ejemplo de cómo usar correctamente el mismo recurso, basta con repasar Get Out, otra película de este mismo año en donde el salto entre un género y el otro es tan natural que, al contrario de generar una ambivalencia respecto al personaje principal, ayuda a aumentar su complejidad. Es esta indefinición entre ser una película y otra, la que no funciona en Baby Driver, y es la razón por la cual el relato se quiebra cerca de la mitad, cuando decide, por fin, abandonar la confusión irresuelta para abrazar una suerte de comedia negra bizarra (a las que, por otra parte, Wright nos tiene acostumbrados) cuando ya es demasiado tarde, separando el metraje en dos películas bien diferentes en su primera y segunda hora respectivamente. Resumamos diciendo que plantear el conflicto dentro de un género para resolverlo en otro, requiere una destreza que Baby Driver no tiene.

La banda de sonido es uno de los aspectos más interesantes en Baby Driver a punto tal que hasta puede ser considerada un musical por la manera en la que utiliza el ritmo y las canciones para contar partes de la historia. En gran parte de la cinta, las canciones son utilizados para generar movimiento en la historia y hacer avanzar el relato, más allá de que, por momentos, algunas de las escenas parecen estar editadas a destiempo, o justo cuando los labios de los personajes están diciendo algo diferente a lo que se escucha.

El metraje cae en la tentación de la mayoría de las películas contemporáneas de industria, de poner el background de los personajes en líneas de diálogo en lugar de utilizar el lenguaje cinematográfico y los medios visuales para hacerlo. Pasa sobre todo con Kevin Spacey dando información sobre los detalles que hacen a Baby ser quién es, así como pasa también en el café en donde Baby y Debora se conocen y empiezan su idilio.

Es por estas cosas que Baby Driver no logra desprenderse del efectismo de Hollywood ni construir un relato con personalidad como lo eran los títulos anteriores del director. Aquellos que disfruten de dos horas de buena acción con pinceladas de humor negro, verán con buenos ojos el nuevo film de Edgar Wright, aun a pesar de que la olviden en el corto plazo.

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Okja [2017]

La nueva del surcoreano Joon-ho Bong muy probablemente sea la película más nombrada de los últimos meses, no necesariamente por su contenido sino por la caldeada discusión ideológica desatada entre Cannes, —en donde se estrenó por primera vez en mayo de este año—y Netflix,la plataforma que la produjo y actualmente la distribuye. El problema de la distribución de las películas no es de ninguna manera nuevo; al contrario: es materia pendiente de la cual se habla poco.

Pero más allá del debate –que duró todo el festival—de si Okja podía, o no, competir en Cannes y si, como se puso en duda desde Francia, es cine o no, la cinta tiene mucho para decir por sí misma.

Aquellos que hayan visto Snowpiercer, la anterior del surcoreano, o The Host (su versión personal del famoso Godzilla), tendrán la ventaja de una mayor predisposición a aceptar las distopías que el director/escritor propone, y aceptarán con facilidad las versiones del mundo que él propone.

En este caso, como en toda buena distopía, Okja toma la forma de una sutil —y por momentos no tanto—crítica al estado de las cosas y ofrece una mirada ácida al modelo actual de producción y consumo de carne, a los alimentos genéticamente modificados, al marketing de posicionamiento de marca de las grandes corporaciones y a la manera en la cual la información llega, manipulada, masticada y digerible, al resto de la gente. La premisa: una compañía multinacional sugiere haber encontrado la manera de terminar con el hambre mundial, y desarrolla un super cerdo, modificado genéticamente, que se podrá criar en diversos lugares del mundo bajo diferentes condiciones, y dará una gran cantidad de carne, a bajo costo. Para que el público acepte y compre la nueva carne del super cerdo, la empresa organiza un concurso y un festival, para elegir el mejor cerdo, de los primeros diez ejemplares.

 

Para entregar tan ambicioso mensaje, Joon-ho Bong se vale no sólo de un argumento sólido y de interesantes puntos de giro que llevan la historia siempre hacia adelante sino —y sobre todo—, de personajes sumamente logrados, cada uno de ellos lleno de detalles, gestos, modos de hablar, de mover el cuerpo y las manos, muletillas, etc. Siempre jugando con el lenguaje de la comedia, los personajes por momentos parecen caricaturas de sí mismos, y en otros, se sienten reales, con motivaciones verosímiles y preocupaciones creíbles.

A través de estos personajes tan sugestivos y bien construidos, el surcoreano manipula el relato para inyectar algún tipo de empatía por prácticamente todos ellos, incluso aquellos moralmente repudiables.

Uno de los desafíos de la cinta era darle credibilidad y dimensión de animal a Okja, el cerdo protagonista. En los primeros minutos la pregunta es inevitable: ¿conseguirá el director hacernos creer que la criatura animada es real en su propio universo, y que es, también, capaz de transmitir emociones parecidas a las de una mascota? Y la respuesta es que sí, desde el guion habrá una construcción precisa en torno a los sentimientos que el animal despierta para que, llegado el momento, ese vínculo emocional de sus frutos en términos narrativos.

La película funciona porque, además,  está bien interpretada por dos enormes actores: la genial Tilda Swinton que nunca defrauda, haciendo de Lucy Mirando, la cabeza de la compañía; Jake Gyllenhaal como el showman amante de los animales, demostrando que es uno de los mejores actores del momento, y el siempre consistente Paul Dano representando al lider de un grupo de proteccionistas.

Okja es una película que se toma en serio y que sabe moverse entre la acción, la sátira, y el drama. Tiene la virtud de tener el buen ritmo de una película que entretiene y, a la vez, esconder una historia fuerte y con sustancia en la que, también, se lee una analogía a nuestro sistema productivo y de consumo, sumado a un esbozo de premonición respecto de hasta donde somos capaces de avalar el corrimiento de lo moral.

 

John Wick 2 [2017]

A finales de los noventa, en el set de Matrix, Chad Stahelski hacía por primera vez de doble de riesgo de Keanu Reeves, sin imaginar lo que vendría después. No existía ninguna razón para creer que 16 años más tarde tendría la posibilidad de dirigir al propio Keanu por primera vez, ni mucho menos podría haber anticipado que John Wick, esa película de acción ultra violenta que significaba su primera incursión en la dirección, iba funcionar tan bien en salas como para asegurar una segunda parte (y hasta una tercera, que ya fue anunciada).

El secreto de la primera John Wick, es muy sencillo: un guion pulido sumado a un sólido apego a las reglas del género y a una estética con gran personalidad. Una combinación infalible. Si a esto le agregamos el efecto sorpresa de descubrir, lentamente, que el héroe de la cinta es el hombre al que toda la mafia teme, la efectividad del resultado es inmediata.

Pero… ¿Qué pasa si eliminamos de esta fórmula el factor sorpresa y, cuando nos sentamos a verla, nos encontramos con una lisa y llana historia de acción, no muy diferente a otras? Este es el mayor de los males de la nueva entrega de John Wick: todo aquello que destacaba por novedoso y original en la primera ya lo conocemos, y el nuevo capítulo de la historia, no ofrece nada en su reemplazo.

Para ser claros, podríamos recordar el comienzo de la primera entrega de la franquicia, en donde hay un interesante set up en cuanto a la solitaria vida del ex asesino a sueldo, un rápido repaso por el estado emocional de las cosas y el disparador que inaugura el segundo acto, y que funciona en dos niveles: como movimiento de guion y, además, como aporte a la construcción del personaje. Es decir, la muerte de su perro a manos de un grupo de matones con los cuales no tiene relación desencadena una paciente revelación —a fuerza de susurros y llamadas telefónicas entre mafiosos—  en donde conocemos quién es John Wick, y entendemos también lo novedoso de que, esta vez, el protagonista con el cual hemos sido empujados a empatizar, es la persona de la cual los peores mafiosos se esconden. En John Wick: Capítulo 2, en cambio, el primer giro de guion es bastante trivial: el protagonista recibirá la visita de un mafioso italiano, hay una promesa que debe honrar y por la cual se verá obligado a cumplir con un último encargo, a pesar de sus deseos de retirarse. En este caso, el poderoso Wick, será susceptible a ser extorsionado.

Este tipo de licencias serán recurrentes a lo largo de la película.

Más allá de tener un guion menos interesante que la primera, ésta es una película de género y sí que sabe moverse dentro del mismo. Las secuencias de acción pura son totalmente satisfactorias y se presentan muy logradas, sobre todo una en particular que propone unos largos minutos de violencia, en donde el protagonista despacha enemigos como si estuviera en un video juego.

La puesta en escena sigue la línea que la primera perseguía y logra combinar una muy personal propuesta cromática y de iluminación, con una composición de planos estándar pero correcta, logrando una imagen por momentos surreal que aporta mucho al tono de la narración y, especialmente, a las secuencias de pura acción.

Keanu Reeves, por su parte, es el de siempre. Este es uno de esos papeles que le quedan como anillo al dedo y, si bien no hay momentos en donde su participación sobresalga por algún motivo particular, él tiene una capacidad gesticular que hace que este tipo de personajes, en principio irreales o demasiado estereotipados, se vuelvan, no diría verosímiles, pero, al menos, más fáciles de aceptar.

Los amantes del género van a disfrutar de esta nueva entrega de John Wick, que tiene todos los condimentos que una buena película de acción tiene que tener. Aquellos que esperaban un poco más de ella, o que se habían sorprendido con la novedosa historia de la primera, quizás tengan que bajar un poco las expectativas antes de sentarse a verla.

Rogue One: A Star Wars Story

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Curioso fue encontrarme en la sala de cine, recostarme sobre el asiento en cuanto se apagaron las luces, revisar a mí alrededor como quienes me rodeaban hacían lo mismo (cual ceremonia religiosa dominguera) y, luego de predisponerme a leer el opening crawl que precede a cada entrega de la saga de Star Wars, encontrarme con que no había tal cosa. Noté por el rabillo del ojo como algunas cabezas giraban, desconcertadas. Aquel fue el primer indicio que me sacó de mi zona de confort intergaláctica: la película sería diferente a la que me esperaba, y eso, en general, me obliga a entregarme a la experiencia sin la resistencia que suelo poner a este tipo de franquicia. Punto para Rogue One: la sana virtud de tener personalidad propia, dentro de un camino allanado por siete películas (sin contar serie animada, comics, y otros).

Esa no será la única sorpresa respecto al resto de la saga: también aparecerán planos de ubicación y rótulo para los planetas que la historia nos irá presentando, un uso novedoso de la elipsis, recurso característico de la saga, y, lo más importante, un decidido cambio de tono. Hay dos grandes mensajes que se leen en el subtexto de la película, sobre los cuales volveremos un poco más adelante.

Rogue One no deja de ser, sin embargo, una película que podríamos catalogar “de género” (no sólo ahora con estos spin-offs empaquetados, sino también antes), lo cual implica un análisis diferente, porque el género tiene sus reglas y, Star Wars, que es un subgénero en sí mismo, también las tiene. Entendiendo esto, se puede decir entonces que la película cumple con ese modelo en donde debe encajar. Se reconoce a sí misma, no intenta disfrazarse de algo que no es y, a partir de ese auto convencimiento crece en una historia que —se nota—, no tiene en la espalda el peso de ser un capítulo más en una historia superadora, sino que puede comenzar, desarrollarse y concluir. Este alivio le da a esta nueva entrega, una frescura que ninguna otra en la saga tiene.

Si fuéramos muy estrictos, podríamos decir que Rogue One es una película bélica. Estamos en medio de un conflicto y el apartado visual se ciñe a eso, lo cual es otro gran acierto. Se olvida de algunas composiciones típicas de Star Wars, para centrarse más en la estética del género, con cámara en mano y mucho movimiento.

 SPOILER ALERT 

El guion, claro, tiene algunas falencias clásicas que pueden entenderse (más no justificarse) como parte de este gran trabajo por independizarse y, a la vez, revitalizar el apellido. Hay un pobre desarrollo de personajes, cosa que notamos en los primeros minutos, cuando conocemos a Jyn (Felicity Jones) como una pequeña niña que logra esconderse adentro de una diminuta cueva a la cual su padre la envía antes de ser apresado por el malvado Krennic (Ben Mendelsohn), y luego volvemos a verla en la celda de una prisión a la cual no sabemos cómo ni porque llegó.

También resulta indescifrable (y hasta un poco sobreactuado) Cassian Andor (interpretado por Diego Luna), cuyos orígenes solo esgrime en la línea que tiene una vez que vuelven a la nave, luego de que el padre de Jyn ha muerto. Dos personajes, uno de ellos protagonista, que tienen mucha tela para cortar y aun así quedan relegados a unos pocos hitos de su vida, sólo los importantes para la historia que están contando. El único que logra salirse del acartonado estereotipo de su personaje es, sin dudas, Ben Mendelsohn cuyo Krennic resalta y se eleva sobre el resto en una cinta de interpretaciones y personajes chatos. Mendelsohn agrega ínfimos detalles gestuales, cambios en el tono de voz, en la represión de algunos gritos cuando pierde el control, y nos permite percibir su humanidad cada vez que lo vemos interactuar con las distintas fuerzas que operan en el lugar; podemos sentir su miedo en su encuentro con Vader, ira en su charla con Tarkin, desprecio cuando se cruza con Galen Erso (Mads Mikkelsen) y, sobre el final, todo su odio depositado en Jyn. De lo mejor del film, sin dudas.

 

Entre lo peor podríamos nombrar el innecesario agregado del digitalmente restaurado Gobernador Tarkin, que estuvo en pantalla más tiempo del que hubiera debido, algunas veces en primeros planos que parecían rogar al espectador que detectara los defectos del CGI. No se entiende porque no trabajaron otro tipo de planos menos explícitos. En definitiva, y a la larga, quizás sea mejor así, porque la idea de revivir gente y hacerla actuar digitalmente me parece pésima, poco falta para volver a ver a Marlon Brandon en algún estreno semanal.

Distinto es cuando la restauración se hace con un fin meramente emocional y no interpretativo, como el gran último plano de Leia, en donde el espectador detecta fácilmente la imperfección del rostro reconstruido, pero el foco de atención, en ese momento, está en otro lado, además que Leia no hace un gran despliegue actoral, está ahí, simplemente para recordarnos que cosa es la que estamos mirando.

Y si hablamos de esa magnífica escena final, imposible no hablar de la secuencia que la precede, claramente un bonus para los amantes de la saga: Darth Vader, el señor oscuro en persona, en lo que sería uno de los mejores usos de la fuerza de todas las películas, derribando gente en un pasillo e intentando recuperar el disco con los planos que los rebeldes logran apenas escabullir. Gran toque que finaliza la cinta en un interesante clímax nostálgico.

Cómo decía al principio, si bien el guion de Rogue One tiene muchos fallos, uno de sus más grandes aciertos es el cambio de tono que se lee en los dos mensajes escondidos que la película intenta transmitir. El primero es la complejidad moral que se le imprimió, particularmente porque vemos por primera vez a un rebelde matar alguien a sangre fría, el mismo que después será enviado a “matar a Galen Erso a toda costa”. Son acciones como estas las que suelen estar asociadas al lado oscuro y que, en este caso, le dan a Rogue One una voz mucho más personal.

El segundo mensaje que podemos interpretar, es esta suerte de “necesidad de involucrarse”, que es el conflicto central que Jyn atraviesa a lo largo del metraje y lo que, en definitiva, determina su arco de desarrollo: al principio no quiere formar parte de esa guerra porque no le interesa, y sobre el final entiende que la única forma de cambiar el mundo es arremangándose e involucrándose. Mensaje que hace juego con la realidad social y política que estamos viviendo en la actualidad.

FIN SPOILERS

Para cerrar esta crítica solo me queda decir que Rogue One es una película auto suficiente que podremos disfrutar aun si no hemos visto ninguna otra de la saga, y que, a la vez, sabe recompensar a los fieles seguidores de la franquicia. Es una película de género dentro de un universo sumamente conocido, que sufre entonces la previsibilidad de su destino, pero que tiene, sin embargo, la personalidad suficiente como para expandirse en su molde y entregar un gran espectáculo, revitalizar una saga, marcar el terreno para futuros spin-off y contar una historia entretenida e interesante.