Tallulah [2016]

Decir que Sian Heder, escritora y directora de Tallulah, fue primero escritora de las tres primeras temporadas de Orange is The New Black, dará una idea aproximada de lo que podemos esperar de este film independiente disponible en Netflix desde Julio del año pasado.

Con un buen ritmo y tono, la película presenta la historia de cuatro mujeres cuyas vidas se cruzan por la razón menos convencional. La protagonista Tallulah, interpretada por Ellen Page, es una joven que pretende estar al costado del sistema, viviendo en la misma van con la que recorre el país, y consiguiendo el dinero con el que apenas puede sobrevivir, principalmente de hurtos o pequeñas estafas. Tallulah comparte la aventura con su novio Nico (Evan Jonigkeit), que está un poco cansado de la vida que llevan y quiere volver a ver a su madre, Margo (Allison Janney), a quién no ve hace dos años. Margo es, por su parte, una mujer solitaria a quien tanto su marido como su hijo han abandonado. El grupo de mujeres se verá completo con Carolyn (Tammy Blanchard)—madre reciente que, sin embargo, solo está preocupada por la posibilidad de que su marido la abandone—y su pequeña hija Madison de apenas un año.

El relato explorará en profundidad la historia de cada una de las mujeres y expondrá, breve pero efectivamente, quiénes son y qué cosas las llevaron a ser esas que son.  En última instancia, el interés de la película, podría decirse, reside en la incansable búsqueda de propósito de tres mujeres atravesadas por diferentes tipos de soledad, vacío y frustración. La palabra familia también resonará mucho en una cinta que indaga con sutileza la profundidad de las constituciones familiares y como estas moldean el carácter individual de las personas no sólo en las etapas iniciales de la vida, sino también en la edad adulta cuando la persecución de ese ideal que representa el formar una familia se complejiza. Las tres protagonistas recorren procesos disímiles que terminan por desembocar en inevitables puntos de contacto que funcionan como espejos en donde se ven reflejadas de una forma u otra.

El problema de mucho cine contemporáneo —independiente o no—, suele aparecer a la hora de construir personajes verosímiles, algo que resulta totalmente esencial: si no puedo creer que aquel personaje existe en su propio universo ficticio, no puedo identificar sus emociones y, por consiguiente, pierdo el interés en su historia. Esto es especialmente importante en dramas como Tallulah que persiguen las virtudes de las historias mínimas, con el objetivo de explotar el poder simbólico que la propia realidad tiene cuando la apreciamos desde afuera. Es decir, si logramos identificar lo que estamos mirando como una extensión del propio mundo que vivimos, entonces quizás podamos extrapolar lo que sucede en la pantalla para traducirlo en nuestras propias preguntas existenciales. Esto es algo que la película consigue con gran acierto y, lo que es aún más notable, sin ningún esfuerzo: en donde otros dramas acosan los sentidos del espectador para forzarlo a creer que lo que está mirando es transferible a la realidad, Tallulah propone, sin ninguna pretensión, y se enfoca en los detalles.

La película, como ya es posible deducir, presenta, un certero retrato de cuatro mujeres contemporáneas en diferentes fases de su vida, evitando los forzados estereotipos mil veces vistos, y ofreciendo en cambio frescos y sinceros puntos de vista para ellas.

Habiendo dicho esto, es crucial también agregar que el film tiene sus limitaciones (de las cuales se muestra plenamente consciente), y no puede evitar caer en ciertos lugares comunes, así como en determinadas respuestas que resultan menos convincentes que otras. De todas maneras, en general, es bastante correcto en cuanto a la línea narrativa y su correspondencia con la realidad. Ese es, de nuevo, su mayor fortaleza.  Hay una buena resolución del conflicto principal, hay un buen manejo de la tensión previa al desenlace y hay un acierto en cuanto a qué cosas elige mostrar y qué cosas no, en los últimos minutos de la película, lo cual reviste su mensaje inherente, de delicadeza y sutilidad, a la vez que lo hace funcionar.

En resumen, una buena opción para elegir en Netflix, independiente, bien escrita, discretamente filmada, austera y efectiva. Si bien no necesaria, definitivamente, recomendable para ver.

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Paterson

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Paterson es el regreso como director de Jim Jarmusch, tres años después de su personalísimo retrato sobre el desdén de dos vampiros centenarios en Only Lovers Left Alive, en este caso, con una historia enmarcada en una realidad bastante más mundana.

Paterson (Adam Drive) es un chofer de autobús que ha nacido y vivido toda su vida en Paterson, una pequeña ciudad que existe a pocas horas de New York. Su vida está regida por la rutina más inflexible y estructurada: todos los días despierta a la misma hora sin la necesidad de alarma, guarda su almuerzo en una pequeña valija que conserva para eso, y camina por las mismas calles para llegar a su trabajo, en donde sube al autobús que tendrá que manejar por exactamente la misma ruta de siempre. Antes de salir a manejar y a la hora del almuerzo, Paterson escribe poesía en un cuaderno que lleva siempre consigo, porque él es, también, un poeta. Luego vuelve a casa, en donde lo espera Laura (Golshifteh Farahani), su mujer, junto con su perro Marvin al cual sacará a su paseo nocturno todas las noches sin falta, momento en el cual tomará una cerveza en el bar antes de acostarse. Ésta es la vida de Paterson, en donde todos los días son, aparentemente, iguales.

Aquellos que estén familiarizados con el cine de Jarmusch corren con una cierta ventaja, ya que sus films suelen ser de una naturaleza contemplativa, lo cual puede significar un obstáculo o ahuyentar cierto público menos acostumbrado a este tipo de narrativa. El apartado rítmico de la película, es un reflejo de lo que se intenta: hay una pausa entre escena y escena, incluso entre día y día, como si fuese una conversación en slow motion entre relato y espectador. La historia es plana, lo cual no quiere decir chata, porque hay un pequeño conflicto que atraviesa la cinta pero no quizás en donde podríamos esperarlo.

Paterson funciona como dos cosas: en primer lugar como una intención de contrastar con el cine de respuestas, en donde todo es movimiento: de cámara, de guion, de secuencia y hasta de tensión dramática. Es también una forma de establecerse, levantar la mano y demostrar que otro cine —si bien independiente— puede ser posible en Norteamérica. Y en segundo lugar, funciona como la intención de establecer preguntas generales, desde la historia más particular de todas.  Es que, al ser una historia tan convencional y regular como la de cualquiera, Paterson invita a detenerse en los detalles.

Paterson (el conductor) será el único punto de vista de la película y, a través de él,  veremos el mundo. O al menos el mundo que él experimenta. En este sentido, la tensión que traspasa  todo el film, es la de su propia individualidad. Su propia expresión de ser en el esquema social.

Paterson está, a la vez maravillado y contrariado, de la cantidad de gemelos que aparecen ante sus ojos. Personas, en apariencia, idénticas pero en esencia diferentes. Hay un permanente juego con el tema en toda la película, también cuando descubrimos que el dueño del bar mantiene pegadas en la pared detrás de la barra las apariciones públicas de personas famosas o pseudo famosas de la ciudad. Es decir, personas que, de alguna manera, han logrado destacar  entre la corriente multitud del lugar.

Luego aparece la inevitable pregunta sobre el arte. ¿Tiene derecho a entenderse artista una persona como él?, parece decir Jarmusch. En ningún momento de la cinta Paterson se declara poeta, la palabra solo sale de los labios de su mujer, sin embargo él se mantiene escéptico. Él acepta y disfruta del estado de las cosas, no reniega del mundo ni tiene una posición apática o de disgusto. No tiene ambiciones de trascendencia ni parece querer tenerlas. Paterson simplemente disfruta de ir a su lugar preferido de la ciudad a la hora del almuerzo, para describir lo que resulta de su observación del mundo, en un anotador que nadie jamás ha visto. Es la expresión suprema de su libertad, en un mundo cerrado en la ortodoxa estructura de lo cotidiano.

Y por último hay, también, una particular historia de amor en donde no hay conflicto alguno. Paterson y Laura son dos personas capaces de comprenderse y aceptarse como son, con todo lo que eso implica y con sus personalidades tan disímiles. Aun cuando ella tiene una excéntrica visión de lo estético, totalmente yuxtapuesta a la de Paterson. Lo mismo sucede con Marvin, el perro, que funciona como una extensión de Laura, y que él acepta sin más.

Paterson es casi como una pintura en movimiento, en donde todo lo que pasa, no sucede en la superficie sino más bien en el fuera de campo, que bien pueden ser la raíces de la condición individual del protagonista. Y si estamos dispuestos, también podría ser la nuestra.

Moana

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No es ninguna novedad la capacidad que Disney ha desarrollado con los años, de contar historias efectivas y emocionales. En este sentido, Moana no es distinta, por el contrario, parece representar la máxima expresión de esa increíble capacidad y quizás se deba a que los dos directores son viejos conocidos: Ron Clements y John Musker, los mismos que dirigieron tres películas gigantes en la historia de la compañía: La Sirenita (1989), Aladino (1992) y Hércules (1997).  Ahora parece que se animaron a salir del dibujo para encarar su primer proyecto digitalmente animado.

Moana es, en términos estrictos, dos cosas: la joven protagonista de la historia y, en maorí —una de las lenguas del pacífico—, el sustantivo utilizado para nombrar al océano. Esta estrecha relación será entonces, el punto de partida.

El relato está situado en la antigua Polinesia, en el contexto mitológico de la cosmogonía del Pacifico, en donde Moana es la única hija del líder de una tribu de muchas generaciones de marineros que se ha dejado vencer por su miedo al mar y han decidido nunca más salir de la isla ni aventurarse mar adentro. La protagonista, sin embargo, desde el comienzo de la historia tiene una relación especial con el océano, establecida directamente en la primera secuencia del film, cuando su abuela relata la historia de Te Fiti, la isla a la que Maui (un legendario semidiós), le quitó el corazón, despertando a Te Ka, una monstruosidad de fuego y lava. Para completar la fábula, su abuela le dice que las cosas así serán hasta tanto la persona elegida sea capaz de hacer que Maui vuelva a la isla a devolver el corazón a donde pertenece.

Como ya se puede intuir, Moana será la destinada de semejante travesía y, junto con la ayuda del océano, que abrirá en todo momento el camino para ella, la joven emprenderá ese viaje.

Si tuviéramos que hablar de la narración plana de la película, no habrá mucho nuevo para decir, y es que, ese suele ser el punto más lánguido en las animaciones de Disney: prácticamente todas siguen al pie de la letra la fórmula establecida para llevarnos desde el punto inicial al final. Y no es que eso esté mal, sino que es previsible y después de haberse visto algunos films del estilo, cualquier tipo de sorpresa será erradicada de las posibilidades.

En un año de musicales como lo fue el pasado 2016, esta propuesta navideña de Disney no se podía quedar atrás, y agrega una considerable cantidad de canciones que buscan comprometer la voluntad emocional del espectador, a la vez que preparar el terreno para los eventuales saltos de guion. Como nota de color, algunas de las canciones están en Maori.

Uno de los aspectos de mayor valor en la película, es su posicionamiento ideológico en la discusión socio-cultural que se lleva a cabo en la actualidad en cuestiones de género. En este sentido, Moana logra algo que ni siquiera otras películas de Disney con fuertes personajes femeninas lograban: dar a la mujer autonomía y protagonismo total en el relato, fuera del campo de la mirada del hombre. Esto, que parece evidente y debiera haber sido tan lógico, no es menor ya que es infrecuente en el cine que llega desde la industria, en donde la mujer suele ser utilizada como un elemento más de la masculinidad cultural. En la película no hay ningún hombre del que Moana se enamore, pueda enamorarse o vaya a enamorarse: el factor masculino es eliminado por completo de las motivaciones que rigen las decisiones de la joven. Tampoco hay una idea de sexo débil o sexo fuerte, siquiera aun en el viaje con el semidiós. Moana no necesita de él para cumplir con su destino, en ningún momento se desliza que ella pueda depender de él para estar a salvo, protegida, o porque ella no pueda valerse por sí misma. Al contrario, la joven tiene muy en claro cuál es su objetivo, declara reiteradas veces que lo realizará de una forma u otra y, en medio, el semidiós atenderá su propio conflicto dramático.

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La película tiene una buena dosis de humor y, si bien no aparece muy seguido el chiste adulto camuflado en el subtexto de relato y el destinatario general es el público más joven, de cualquier manera, es disfrutable.

Moana, entonces, es una película discreta y disfrutable para ver en familia, que cuenta una historia que ya nos han contado muchas otras veces pero que, así y todo, encuentra su individualidad en los buenos detalles.

Ya no me siento a gusto en este mundo

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I don’t  feel at home in this world anymore, también conocida como Ya no me siento a gusto en este mundo —disponible en Netflix desde hace unos días, luego de ganar el premio del jurado en el prestigioso festival de cine independiente de Sundance—, es la primera película que dirige el actor Macon Blair, quién, por cierto, tiene una pequeña pero muy graciosa participación.

Protagonizada por Melanie Lynskey y por Elijah Wood, la película se presenta como una especie de comedia negra, que salpica por momentos otros géneros (como el policial y el thriller) a lo largo de su hora y media de duración, con bastante soltura y solvencia.

Ruth (Lynskey) es una mujer depresiva y apática que transita la solitaria rutina de su vida con desdén y desgano, encontrando poco para hacer con su tiempo libre más que tomar una cerveza o leer un libro. Parece haberse resignado hace ya tiempo a la injusticia del mundo y sufre una reprimida aversión por las personas que lo integran. Todo cambia cuando su universo cotidiano se ve sacudido una tarde en la que llega a su casa del trabajo y descubre que alguien ha entrado y se ha robado su computadora y las joyas de su abuela. Esto dará un nuevo sentido a la existencia de Ruth, y encontrará en la obsesiva persecución de los responsables, la única y definitiva forma de cambiar el mundo. O al menos su mundo.

Se unirá a ella en esta difícil travesía su vecino Tony (Elijah Wood), un hombre, por lo menos, bastante poco ordinario. Católico practicante y amante de la cultura ninja, cargará el nunchaku, la estrella ninja, y pondrá toda su capacidad marcial y su inquebrantable sistema moral, al servicio de Ruth. Juntos, desenredarán el ovillo de la trama e intentarán resolver el misterio, cruzándose en el camino con una banda de criminales muy particular.

Lo mejor de la película y, sin dudas, lo que más trabajo parece tener por detrás, es la tremenda construcción de personajes lograda. Algunos de ellos, aun estando no más de dos minutos en pantalla, se sienten reales y complejos. Otros son tan torpes y caricaturizados, que incluso eso, los hace verosímiles porque dan la impresión de encajar y complementarse perfectamente con el contexto creado por la historia.

La cinta está bien dirigida, si bien tiene una estética simple y discreta, la composición de los planos es correcta, sin lujos ni grandilocuencias. Por el contrario, va directo al grano y prefiere que nos centremos en el relato más que en su destreza técnica. Lo que sí podríamos notar es que el coloreo de la imagen y la iluminación, si bien adecuada, no disimula el hecho de ser una película independiente, como si quizás lo hacen otras que se preocupan por sugerirnos a través de las tonalidades y los colores lo que está pasando internamente en los personajes. Aun carente de estos detalles, el componente visual es efectivo.

Otro de los elementos en donde la cinta cae, o se vuelve quizás menos sutil y más grotesca, es en el clímax, cuando el conflicto principal se resuelve y todos los cabos sueltos confluyen esbozando una  posible salida. Da la impresión de que en esa escena se abandona levemente la fina cuerda sobre la cual el metraje había caminado, y pierde un poco de vista el eje, que venía siendo su fuerte.

No había tenido la oportunidad de ver en acción a Melanie Lynskey más que en Two and a Half Men, así que fue una buena chance para prestar atención a su interpretación que, considero, está muy bien, acorde al personaje que le toca interpretar que, si bien no requiere grandes despliegues dramáticos, podría haber resultado un poco tosco, lo cual no sucede. Distinto me pasa con Elijah Wood, a quien había visto ya varias veces y siempre me daba la impresión que interpretaba al mismo personaje, sin embargo, aquí, aun a pesar de caer muchas veces en sus gestos más conocidos o en el tono de voz al que nos tiene acostumbrados, a grandes rasgos logra dar vida a un personaje secundario que tiene un perfil relativamente diferente al que usualmente trabaja.

En conclusión, la película es entretenida, está muy bien escrita, discretamente interpretada y filmada, por lo cual merece la misma (o más) distribución que otras tantas películas de industria que tienen características parecidas (aunque la mayoría de las veces ni siquiera están bien escritas), por lo cual el hecho de que Netflix haya comprado sus derechos es una buena noticia para todos. Vale la pena verla.

Elle

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Cuesta creer que Paul Verhoeven, el director de Robocop, Total Recall o Starship Troopers, sea capaz de ponerse atrás de la cámara de una película como Elle. Sin embargo, el holandés demuestra gran versatilidad al llevar a la pantalla grande la adaptación de la novela “Oh…”, del parisino Philippe Djian. Esto significa, sin duda, un importante relanzamiento de su carrera que, si tenemos suerte, traerá aparejadas más propuestas como estas.

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Elle llega a su estreno comercial después de cosechar más de cuarenta galardones en su circuito festivalero, además de su nominación a la palma de Oro de Cannes, y una nominación al Oscar por mejor actriz; premios que hablan por sí solos del gran valor de la película. Cabe destacar, además, que en “La Internacional Cinéfila” que todos los años organiza el crítico Roger Koza (en donde críticos, programadores, directores de festivales y cineastas de diversas naciones eligen cinco películas significativas), Elle fue la película que obtuvo más menciones.

Lo que hace única a esta cinta es una combinación de variables que rara vez conviven tan armónicamente: historia, tono e interpretación. Un relato vibrante y sorprendente, (no sólo por los giros inminentes de guion, sino también por la naturaleza de lo que se cuenta y por la monumental construcción del personaje principal), es la piedra basal del metraje, que se completa con un ambiente perverso, retorcido y siniestro, soportado por toda la fuerza dramática de una gran Isabelle Huppert, actriz a quien este tipo de papeles le sienta muy bien. Pienso, por ejemplo, en La pianiste, de Haneke, película que tiene algunos puntos de contacto con Elle.

La premisa básica de la cinta cambia conforme los minutos pasan, sin embargo, podríamos resumir que, en cuanto el relato comienza, escucharemos sobre el fundido negro inicial, sin imágenes de ninguno tipo, el lamento de Michèle, quién, descubriremos en el acto, será violada por un hombre con una máscara negra que ha irrumpido en su casa. Aquella primera secuencia, orgánica y cruda, disparará en Michèle una reacción inesperada: el desdén casi inmediato por lo que acaba de suceder. En las siguientes escenas introductorias, si bien se la notará afligida, la protagonista se encargará de restar importancia al ataque, como se grafica en el tráiler, en aquella escena en el restaurante en donde ella les cuenta a sus amigos sin demasiada introducción, que “cree” que ha sido violada, que no ha denunciado nada y que, al fin y al cabo, no es tan importante.

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Sin embargo, secretamente, Michèle observará a quienes le rodean, e intentará encontrar al culpable del ataque en busca de venganza, mientras, a la vez, sufrirá el acoso del violador que jugará con ella a con mensajes sugerentes en el teléfono y notas en su casa. Con un importante rol en una compañía de videojuegos, ella jamás dejará de ser la mujer independiente y fría que pretende ser, aun a pesar de que su vida haya sido terriblemente alterada.

Además de Michèle, de una complejidad psicológica intensa, aparecerán otros personajes secundarios importantes y no menos perversos, como su amiga, el esposo de su amiga, su hijo cuya infumable pareja está embarazada, sus vecinos y sus compañeros de trabajo. Con cada uno de ellos, ella tendrá algún conflicto que resolver o alguna tensión dramática que atender y, otro de los aciertos del film, es su capacidad por explotar estos caracteres y sacarles el máximo provecho posible, acordes al relato.

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Lo curioso será como, a medida que la cinta avance, el espectador tendrá el lugar para jugar también un papel importante en la historia a punto tal que, es imposible que la misma persona que empezó mirando la película sea la misma que la termine. El arco dramático de los personajes, será también trasladado a la participación moral/intelectual del espectador, lo que representa la saludable ambición de una obra que no se anda con medios tintes. El mismo director dijo en diversos medios, que un guion como este, hubiese sido muy difícil de llevar a la práctica en Hollywood.

Elle es, entonces, una película poco convencional, sumamente controversial, perversa y retorcida, con algunos pasajes de comedia negra y otros de gran dramatismo, con una carga sexual transversal a todo el relato, que vale la pena ser vista no sólo por el excelso trabajo de Isabelle Huppert, sino también porque logra reflejar con nitidez el complejo entramado de fuerzas que pueden regir una vida.

La la land

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Cuando salí del cine, el sonido de las teclas del piano todavía retumbaba en mi cabeza y la calle, desierta, me significó el vacío de entender que no podía vivir en un musical y que nadie aparecería bailando en la vereda del frente para contarme de la vida o del amor.

Es que La La Land no es sólo una película, sino más bien un túnel preparado para transportarte a un lugar diferente. Como suele pasar en musicales o films de este tipo, la primera escena funciona como una invitación: si estás dispuesto, déjate llevar; y si no, quizás sufras un poco el melodrama de la cuestión.

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Comparada con Sing Street, el otro gran musical de este año —que, sin embargo, recibió mucha menos atención de la crítica—, La La Land es una película más acotada que toca temas bien específicos: la frustración, la pasión, los sueños, el amor. Podríamos extenderlo también al eterno debate entre lo comercial y lo autoral o incluso a la mercantilización capitalista de la pasión, pero omite abiertamente algunas aristas de la vida porque el nervio que busca tocar es otro. Y es, también, una película bastante autorreferencial, es por esto que gustó tanto en los círculos críticos de la industria norteamericana: porque, en cierta forma habla de ellos y de su forma de acercarse a Hollywood, estereotipados como soñadores incansables que dejarán todo para poder hacer lo que ellos quieren, de todo corazón, hacer.

Mia (Emma Stone) trabaja de barista en un café, al lado del “Hollywood Center Studios”. Su sueño es ser actriz, y todos los días ve como famosas actrices van y vienen por el café, mientras ella reparte sus días entre los horarios en los que le toca atender y las audiciones en las que nunca tiene suerte. En diversas situaciones se cruza, por casualidad o no, con Sebastian (Ryan Gosling), un músico que está loco por el jazz y no puede tocarlo en el restaurante en donde trabaja por ser considerado triste y pasado de moda. Su gran anhelo es abrir su propio bar de jazz. La tensión narrativa de la película girará en torno a cómo ellos se enamoran y, entre tanto, luchan por conseguir lo que tanto quieren.

 SPOILER ALERT 

Dentro del contexto de este romance, se puede decir que La La Land es sincera, ya que el giro final tiene un cierto elemento sorpresa: los protagonistas dejarán de lado su historia de amor para entregarse cien por cien a las posibilidades que la vida les presenta de seguir su pasión. Es un mensaje decididamente egoísta, que se subraya sin titubeo  en la escena final de la cinta, cuando se encuentran años después en el bar que Sebastian ha montado y cruzan una mirada que primero es melancólica, y después es de aparente felicidad por el “bienestar” del otro. La conclusión que despierta ese plano final es, entonces, que el amor es secundario o que, más bien, el verdadero romance no era entre ellos mismos, si no de ellos con sus sueños individuales. No se puede negar que ese desenlace, en una película de este tipo, tiene cierto sabor a honestidad intelectual.

FIN SPOILER

Es cierto que La La Land es irregular, y que algunas escenas que deberían tener más fuerza dramática, no la tienen, pero la realidad es que, pasado un cierto punto de la narración, no parece que eso sea lo importante. Si el espectador ha sido sumergido con éxito en ese hechizo maravilloso que Chazelle propone, lo interesante será ver la historia fluir con el despliegue emocional que el director ha ideado y no tanto detenerse en la estructura “formal” que, en un musical de este tipo, poco sentido tiene.

Técnicamente, la película es impecable, salvo algún que otro error pequeño de continuidad (en la primera escena en donde los cruzamos en la autopista, que se divide en dos para presentar a los personajes individualmente, se nota bastante que fue filmado en momentos distintos). La coreografía las canciones, el clima, las luces que suben y bajan, los primeros planos, los movimientos de cámara que están tan coreografiados como los actores, las innumerables referencias al cine clásico de Hollywood; todos elementos que componen un universo fantástico e hipnótico que nos tomará de rehén por dos horas.

Punto aparte para los actores. Es bastante complicado juzgar el desempeño actoral después de ver como dos actores son capaces de bailar, cantar e interpretar con una intensidad increíble, sin embargo, sí me dio la impresión de que el nivel fue dispar. Mientras Ryan Gosling logra estar siempre en el tono necesario para construir el mensaje emocional que las escenas requieren, a Emma Stone la noté un tanto irregular. Ésta es una cinta particular en donde los primeros planos son, necesariamente, los portadores de la fuerza interpretativa. Si bien hay diálogos, antes, después, y durante de algunas canciones, el primer plano nos invita a mirar a través el protagonista, por lo cual es necesaria una cierta presencia interpretativa que, me parece, Emma Stone no tuvo en algunos de ellos. Hay escenas en donde sí lo logra, (las audiciones, por ejemplo), pero otros en donde se nota a las claras que el tono no es el que el resto del preparado visual está pidiendo.

No sé si la película es merecedora de todas las nominaciones que obtuvo a los Oscar, así como no sé si la propia Titanic las mereció en su momento, pero sí creo que intentar objetivar la trivialidad de un premio que intenta perpetuar como mainstream un cierto tipo de cine, es, al menos, inconducente. La la land merece ser vista porque, como dijo alguien por ahí, la vida no es un musical, pero cuan conmovedor resulta ver cómo sería si así lo fuera.

Toni Erdmann

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¿Eres realmente humano? —pregunta Winfried Conradi (Peter Simonischek) a su hija, luego de ser testigo de la mordaz frialdad con la que vive su vida. “Conozco a hombres de tu edad que todavía tienen ambiciones. “disparará ella en otra escena, minutos más tarde.

Algunos críticos han catalogado la última película de la alemana Maren Ade como una comedia, aún incluso a pesar de ella misma, quien en reiteradas ocasiones declaró no considerarla como tal. Y es que Toni Erdmann tiene tantos matices que es, decididamente, difícil de clasificar.

Ines (interpretada por una magnífica Sandra Hüller), es una importante mujer de negocios que consagra su vida a su profesión, y se encuentra desarrollando en un proyecto para su firma, que consiste en venderle a su cliente una reestructuración de la compañía, externalizando la fuerza laboral, lo que implica, claro, despedir a una gran parte de sus empleados para tercerizar el servicio. Bucarest es el lugar en donde Ines tiene que radicarse temporalmente hasta tanto el proyecto salga adelante, así que, solo vuelve a Alemania contadas veces para visitar a la familia. Es en una de esas visitas en donde su padre, Winfried—un bromista empedernido—, descubre que su hija es una persona muy diferente a la que se fue. A partir de esto y movido por la crisis existencial que la muerte de su perro dispara, decide viajar a Bucarest para reencontrarse con su hija. Y lo que pasará luego, será que Winfried intentará acercarse al vertiginoso mundo de su hija para forzar ese reencuentro. Aquella intención la veremos dos veces en la cinta: primero como tragedia y luego farsa.

Una de las primeras intromisiones de Winfried en el mundo de Ines, será en un cóctel en la embajada norteamericana, cuando le comenta a Henneberg (el cliente que Ines está tratando de convencer y del cual tiene que soportar todo tipo de desprecios) que ha tenido que buscarse una hija adoptiva ya que la que tiene no lo visita nunca. Cuando la cosa no funcione y Winfried no logre reencontrarse con su hija como él mismo, apelará a una jugada arriesgada: crear un “padre adoptivo” para su hija y transformarse en Toni Erdmann, una versión del mismo Winfried pero con peluca y una estrafalaria dentadura. Toni se convertirá, conforme la película avance, en el supuesto coach de Henneberg (que por supuesto no tiene idea de su existencia), y se infiltrara de la manera más torpe y grotesca posible, en la vida laboral de Ines, que es por otra parte la única que tiene.

 SPOILER ALERT 

A partir de ese momento, la película caminará todo el tiempo por una delgada línea tragicómica de la que saldrá increíblemente airosa. A cada momento y en casa escena en donde Toni interviene, el límite entre la risa y el mamarracho es tan sutil, que uno piensa que sólo un milagro la haría funcionar. El milagro, sin embargo, ocurre. No por nada la duración total es de casi tres horas: esa sutileza necesita tiempo para germinar en el espectador y en los personajes. Y no sólo es el encuentro generacional entre el padre y la hija, con las reacciones y actitudes pausadas de Winfried las que extienden la duración del film, sino también el tiempo que los personajes necesitan para crecer: el tiempo que el hombre necesita para acercarse a Ines y el tiempo que ella necesita para “desaprender” o al menos intentar desaprender todo lo que hoy es.

Otro de los elementos de valor en Toni Erdmann, es la delicadeza en el manejo de los puntos de vista, ya que no propone (como suele suceder) la identificación con el padre, o con la hija, sino que, está planteada de tal forma que el espectador tendrá la posibilidad de elegir aquel con el cual logre empatizar más. Ésta última no deja de ser una difícil decisión estética de la directora/escritora, ya que en general, esa multiplicidad de puntos de vista suele caer en los lugares comunes de algunos blockbusters y en una consecuente falla narrativa.

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Aquellos que se dejen seducir por la propuesta y atraviesen las primeras dos horas de película, serán recompensados por un gran desenlace final que combina lo hilarante de la fiesta nudista “no sexual” que Ines decide, a último momento, realizar para su cumpleaños, con el vibrante final que nos ayudará a descifrar el enigmático poster de la película, en donde Winfried elige su disfraz último, con el cual ganará el abrazo de su hija. Después de eso, que podría tranquilamente haber terminado la película, la autora decide agregar una escena más que, mirándolo en retrospectiva, resulta indispensable como cierre: una toma larga de Ines en primer plano, colocándose los dientes de su padre y un gorro de la abuela para, luego de unos segundos de reflexión, sacárselos. Todo un símbolo que logrará lo mismo que el resto de la película: cuando roza el cliché y parece que está a punto de caer en lo convencional, un pequeño giro, un detalle minúsculo, sacará a la cinta de ese lugar y le dará un valor diferente, redimensionando el subtexto.

FIN SPOILER

Con una fotografía discreta y para nada vistosa (por momentos hasta desprolija), Maren Ade hace una película que respira verosimilitud y naturalidad (ya quisieran ser capaces de lo mismo muchos directores contemporáneos), que no le tiene miedo al silencio y a los primeros planos largos, siendo estos dos elementos los únicos capaces de transmitirnos emociones tan tangibles y reales.

La mala noticia es que la película ya tiene pactado un remake Hollywoodense, porque parece que en Norteamérica, por razones que desconozco, no pueden ver películas extranjeras así que, cuando aparece alguna que está muy bien, no tienen más opción que hacerla de nuevo. Será curioso ver como su remake omite todos estos puntos que hacen de la última cinta de Maren Ade un metraje único, para convertirlo en un objeto de industria.

Toni Erdmann es cine de autor en su máxima expresión. Una película enorme que, sin duda, vale la pena ver y disfrutar, siempre y cuando el espectador esté dispuesto a entrar en ese juego extraño de la vida misma, en donde aquello que nos hace reír, también podría hacernos llorar con igual fuerza.

Sing Street

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El primer plano de Sing Street, la última película del escritor y director John Carney, es tan sutil como preciso: Conor (Ferdia Walsh-Peelo) apoyado contra la pared de su dormitorio, está tocando la guitarra, mientras, afuera, sus padres discuten a los gritos. Conor intenta componer una canción y tararea, busca la letra, cuando de pronto las palabras de sus padres que han retumbado en la casa, se infiltran en las suyas propias, y pasan a formar parte de la canción. Un gran recurso para representar hasta qué punto los padres influyen en la vida de un adolescente, y además, para servir de presentación de personajes.
Ese mismo recurso se extiende magistralmente a lo largo de la película, que parece encontrar siempre el nervio exacto que debe tocar, para decir con fuerza aquello que busca decir en cada escena. Sing Street tiene la increíble capacidad de transferir sentimientos, y hacernos comprometer emocionalmente con Conor y con su mundo.
El argumento de la historia es sencillo, porque es una historia simple: Dublín, años 80, de repente la familia tiene menos dinero que antes, hay que ajustar y el primero gasto a reducir es el de la educación de los hijos, por lo cual Conor se ve obligado a asistir a un hostil y oscuro colegio, dirigido por un detestable sacerdote con fama de golpear a sus alumnos, en donde será objeto de burla del resto de los chicos. En su primer día, se enamorará perdidamente de Raphina (Lucy Boynton) y la invitará a grabar un video para una banda que dice tener pero en realidad no existe. A partir de allí, comenzará una incansable cruzada por encontrar a los miembros de la banda y, luego, por encontrar su propia voz, en la música y en la vida.


A simple vista, la sencillez de su argumento nos podría desviar de la tremenda fuerza que la película tiene, porque, en realidad, trata sobre la vida. Sobre el amor, el arte, la hermandad, la familia, la autoridad, la amistad, la música. Y se mueve alrededor de estos conceptos con holgura y precisión, siendo capaz de entregarnos líneas que, sin el contexto y el clima que el director crea, serían pura cursilería y cliché. Lo único que la cinta nos pide a cambio —desde los primeros minutos—, es que nos olvidemos por un momento de quienes somos, entremos en la cabeza y el punto de vista de un adolescente dublinense de los 80, y que preguntemos más nada. Es por esto que el tono de la película es tan particular. Por ejemplo, todas las conversaciones entre los chicos están teñidas de una seriedad que, de otra forma, (en un metraje que buscara la verisimilitud), no encontraríamos: el día en que Conor ingresa a su nuevo colegio parece estar entrando a una penitenciaria; la primera vez que se juntan a tocar la música fluye casi de inmediato; las posturas de los chicos y sus formas de comunicarse parecen pertenecer a personas adultas y no a adolescentes.
Es decir, si queremos disfrutar de la magia que Sing Street tiene para ofrecernos, será necesario que nos entreguemos por completo a la realidad de la película.

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Si nos detenemos en el guion, la película está bien escrita. Es efectiva y funciona. Tenemos el conflicto principal que es el de Conor y Raphina, la típica historia de amor en donde él tiene que luchar por ella y luego, entre medio, nos regala escenas frescas y diálogos para recordar. También tenemos la relación del protagonista con su hermano Brendan (Jack Reynor), que es también su mentor, aquel que lo ha protegido del caos emocional de su familia, y quien lo inicia en la música. Brendan es la figura más importante en la vida de Conor, especialmente en el momento que vemos, que es aquel en el cual está construyendo su identidad. Y por último está la banda y el desarrollo de las canciones, que acompañan la curva de Conor a lo largo del film y sirven para cerrar, abrir, o transformar las experiencias emocionales que el adolescente vive.
Sing Street es, entonces, un musical (aunque no sólo eso) y otro de los detalles que hacen a esta película gigante, es, obviamente, su banda de sonido. Tiene canciones de grandes bandas como The Cure, A-ha, Duran Duran, The Clash, Hall & Oates, Spandau Ballet y The Jam, así como también temas propios, compuestos exclusivamente para la cinta.
Visualmente, lo mejor que la película tiene es la estética ochentosa de los chicos, sus trajes, los video clips y las canciones en general. John Carney pone en cada rincón de cada plano algún elemento que nos invita a entrar al túnel del tiempo y experimentar la época.


En resumen, Sing Street es una película imprescindible que nos permite ver como una historia simple puede, a la vez, abarcar la gran complejidad de una de las etapas más importantes de nuestras vidas como es la adolescencia, haciéndolo con estilo, con una atmosfera repleta de detalles, con una tremenda capacidad de emocionar y con la dosis justa de comedia en esos momentos en donde el tono necesita darnos un respiro. De lo mejor del año.

Swiss Army Man

4-stars-transparenteSwiss Army Man es de esas películas que aparecen rara vez en el cine norteamericano y la industria en general. Es tan difícil de definir, como de encasillar en un género. De hecho, voy a necesitar bastantes palabras para aproximarme a transmitir lo que la cinta es.

De cualquier forma, si el crítico tiene que ser un nexo entre el film y el espectador o si, mejor, tiene que ser un filtro para determinar que vale la pena ser visto y que no, Swiss Army Man es definitivamente una película que vale la pena ver, porque tiene la virtud de ser decididamente original.

Tendría que empezar por resumir el plot, que es tan sencillo como mentiroso: Hank (Paul Dano) está perdido en una isla desierta, a punto de ahorcarse, abrumado por la soledad más absoluta, hasta que el oleaje del océano acerca un cadáver (Daniel Radcliffe) a la orilla. A partir de eso, Hank desarrollará una relación especial con ese cadáver y, poco a poco, descubrirá que aquel cuerpo tiene propiedades tan particulares que hasta incluso podría ayudarlo a escapar de la isla y volver a casa.

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 SPOILER ALERT 

Como bien Piglia escribió en su teoría del cuento, Chejov decía que en cada cuento hay, en realidad, dos historias: la evidente, (la que nos va moviendo por la narración; la superficial que se nos muestra a las claras), y otra que se va gestando silenciosamente en el subtexto: en lo que está por debajo de lo dicho. Al final (en el último acto), si el cuento está bien resuelto, la segunda historia saldrá a la luz y descubriremos que, en realidad, el tema del cuento era ese y no el que se nos mostraba inicialmente. En Swiss Army Man, los guionistas Dan Kwan y Daniel Scheinert persiguen la ejecución de esa máxima y, si bien no diría que lo hacen a la perfección porque el final no funciona como debería (por eso hay tanta especulación sobre el final que, desde mi punto de vista, está bastante claro pero poco logrado), no deja de ser un intento sumamente loable por conseguirlo.

Con esto en mente, la película habla, entonces, de nosotros, de nuestra era y nuestra soledad contemporánea: Hank es un joven atormentado por la soledad y por una negación tácita por aceptar quien es, a punto tal que ha conseguido aislarse, material o mentalmente, en una isla desierta que, en realidad, está a pocas cuadras de la ruta, no muy lejos de la casa en donde vive la persona a la que jamás se ha animado a hablar. Y ha encontrado, en ese cadáver que ha olvidado como el mundo es y cómo vivir en él, una oportunidad para contárselo y, a la vez, él mismo redescubrirlo. Esa es la verdadera historia que estamos viendo: el  viaje físico y espiritual que Hank atraviesa para aceptarse, entender el mundo del que se ha aislado, y volver a él.

Pocos recuerdos tengo de un guión que permita entrar con tal facilidad al universo interior de un personaje tan complejo como Hank, y, a la vez, vivirlo con naturalidad tal que, en el espectador menos atento, genera desconcierto. La pregunta más formulada después del visionado ha sido: ¿Es verdad que el cadáver vuelve a la vida? ¿Todo ha pasado realmente? Es cierto, y no lo es. Quiero decir: en el universo del que somos testigos, —la isla en donde Hank se ha aislado—, es absolutamente cierto, porque esa es nuestra verdad, es la es la realidad que estamos invitados a aceptar. Fuera de la isla: no. El cadáver no es más que el cuerpo de alguien que ha saltado de un puente y que quizás nadie reclame jamás. Esa es la magia del guión, esa ambigüedad.

Y ahora sí, ya han pasado demasiadas palabras sin hablar de los pedos. Y aquí aparece otro de los factores importantes de la película: el cómo.

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Sin ningún problema podríamos catalogar el film como bizarro, porque lo es. El cadáver salva a Hank varias veces, algunas con sus flatulencias y, otras, guiándolo en la oscuridad del bosque con su pene como brújula. De hecho, antes de los créditos, Hank monta al cadáver como si fuera un jet ski, impulsado por sus pedos. Podría pensarse la inclusión de estos elementos, como la expresión más gráfica del pensamiento de Hank, que está ahogado en su propia isla de auto-represión. Swiss Army Man lleva este concepto hasta el grotesco, tanto así que incluso escuchamos al mismo protagonista decir alguna que otra vez “eso es gracioso”, en alguna de las tantas escenas en las que el flatulento cuerpo  “hace su gracia”. Esta elección de los directores es perfectamente coherente con el tono y, a su vez, le imprimen inmediatamente a la cinta la característica clásica de aquellas que no dejan indiferente. O te entregas a aquel mundo irreal y rebuscado de Hank, o te resistís y quedas afuera.

El primer punto flojo de la película está dado por lo visual. Los directores son también directores de videoclips. Y eso se nota mucho. Hay un abuso innecesario de montaje por sonido en puntos emocionalmente claves de la película: en momentos en donde el espectador tendría la posibilidad de involucrarse desde su propia experiencia, los directores en cambio, proponen una cortina musical, un slow motion, una escena exageradamente iluminada, y buscan la predisposición del espectador. Es entonces cuando no funciona, y se vuelve forzado y artificial.

Como ejemplo de esto podemos citar la escena del autobús, que es de las mejores de la película. Uno de los momentos más logrados y emocionantes, donde Hank construye y recrea una pequeña escena de su propia vida en donde él mismo es el director e intenta transmitir al cadáver cuales son los pequeños detalles por los cuales vale la pena vivir. La escena está montada como un videoclip en un momento en donde tiene sentido hacerlo, pero termina perdiendo fuerza en el conjunto, luego de haber visto más de seis escenas igualmente construidas. El recurso se vuelve previsible y mecánico.

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El final, como decíamos, tampoco funciona. Hank sale de la isla, para cerrar el arco argumental del personaje y, lo que pasa afuera, en el universo que no está bajo el control de Hank, no funciona. La película quiebra el tono, se mantiene ambivalente entre la decisión de responder las preguntas y no hacerlo. En la escena final, la sátira o el chiste en el juego de miradas y en la última flatulencia que Hank libera, tampoco funciona, no contagia, no conecta.

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FIN SPOILER

Paul Dano, como nos tiene acostumbrados, pone toda su tremenda capacidad dramática completamente al servicio del metraje, y Daniel Radcliffe cumple muy bien con un papel difícil, en donde debe ser capaz de expresar mucho, usando muy poco el cuerpo, sin poder gesticular y, por momentos, sin poder siquiera moverse.

La película, entonces, bien vale el visionado, es interesante, original, intensa, fresca y hasta, podríamos decir, poderosa.

Captain Fantastic

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El comienzo de la película es, por lo menos, interesante: una cordial invitación a quedarse. En medio del silencio absoluto, cortado sólo por los sonidos mundanos de la cotidianeidad de un bosque, hay un ciervo  que deambula. De a poco vemos, escondidas en la frondosidad de la vegetación, algunas caras pintadas con barro que hacen clara alusión a las tribus aborígenes que viven en la naturaleza. De repente un joven salta por detrás del ciervo y le corta la garganta con un cuchillo. Luego vemos como el resto sale de su escondite y queda a la espera de lo que decide Ben (Viggo Mortensen): el patriarca y principal autoridad de este grupo de gente que luego descubriremos, es una familia. El hombre se acerca al joven y le da la bienvenida a la adultez: “hoy el niño ha muerto. Ahora hay un hombre”.

Esa es nuestra introducción al particular universo que Matt Ross ha creado para nosotros:  una familia viviendo por fuera de todo sistema o convención social, en medio de la selva. Ben y su mujer, (cuya temprana muerte desatará el conflicto central y moverá la historia adelante) han tomado una decisión con la que gran parte del progresismo norteamericano sueña hace años: renunciar a lo establecido y radicarse en lo profundo de la naturaleza, lejos de los parámetros sociales aceptados. Es con estos valores en mente que deciden llevar también a sus hijos y criarlos ellos mismos, con altísimos estándares formativos y una integral educación holística, incluyendo no sólo el pleno desarrollo intelectual, físico, y moral, sino además abarcando factores artísticos y de supervivencia avanzada. De manera recurrente la película nos hace entender (y esto es algo que voy a ampliar y considero uno de sus puntos más flojos) que los niños están allí porque eligen estar allí y que son libres de cambiar sus propios hábitos o los del propio grupo familiar si, como Ben le dice a uno de sus hijos en algún pasaje del film, tienen la capacidad argumentativa para convencerlos de ello.

Aquí reside el punto más alto de la película: en las preguntas que dispara acerca de la sociedad que construimos. ¿Cómo criamos a nuestros hijos? ¿Cómo deberíamos criarlos? ¿Estamos dispuestos a abandonar toda ambición individual y profesional para avocarnos de lleno a eso? En este sentido, Ben se nos presenta como el padre ideal, que ha dedicado su vida a lo que considera más importante: la educación de sus hijos.

Otro de los elementos más valiosos de Captain Fantastic es la gigante interpretación de Viggo Mortensen. Si bien él tiene de por sí la capacidad de convencer que él realmente es quienquiera sea que esté interpretando como lo ha demostrado en otros papeles (The Road, Jauja, Eastern Promises), en este caso, en un guión que lo deja por momentos muy solo, él sabe hacerse cargo del peso de la pantalla y es a través suyo que encontramos las fisuras y contradicciones así como también, los grandes valores que Ben guarda y con los cuales educa a sus hijos. Se nota que hay un gran trabajo previo a rodaje por parte del actor, un compromiso infalible con Ben, y además, una silenciosa empatía, sin la cual sería imposible encarnarlo con tal sobriedad y maestría, habiendo elaborado desde el tono de voz hasta ticks poco perceptibles.

La propuesta visual es en —prácticamente—, toda la película, muy disfrutable, con un excelente uso de la paleta de colores y con una frescura que, en los últimos tiempos, es difícil de ver. Los planos son cuidados y hay una carga muy balanceada de personajes en pantalla. Si bien peca de una clara influencia de Wes Anderson y algunos elementos iconográficos de otras películas (Little Miss Sunshine, Into the Wild), aun así es una película con una estética personal y elaborada.

SPOILER ALERT

En donde la película, sin embargo, falla una y otra vez, es en su intento por convencer. Pero que no se malinterprete: no en el intento de que el espectador esté o no de acuerdo, sino más bien en el intento por convencer de que aquello que estamos bien es verosímil, y se persigue tan fervientemente esa verosimilitud, que termina intentando esbozar todas las respuestas con mecanismos artificiales. Los ejemplos son varios pero solo voy a dejar algunos: El más evidente es el intento por persuadirnos de que la carencia de los niños es el contacto con el mundo exterior (algo que bien podría, el espectador activo, interpretar por sí mismo). El hijo mayor de Ben, Bo, será el encargado de transmitirnos aquella carencia reiteradas veces hasta desembocar en su punto más álgido, cuando besa a una joven en el camping y después de eso se arrodilla para proponerle matrimonio, largándole un discurso que bien podría haber sido sacado de una obra de Shakespeare. La escena no funciona porque es innecesaria: lo que sucede bien podríamos haberlo presumido, pero el encanto se rompe al verlo estereotipado bajo los parámetros del autor. De hecho, el mismo Bo lo hace todavía más explícito un poco más adelante, cuando le muestra a su padre las cartas de las universidades que lo aceptaron: “Sabemos todo lo que está en los libros, pero aparte de eso, no sabemos nada”. Esta es la literalidad de la cual la película en general no sale: el autor quiere tener control total de su obra, y eso mismo, nos despoja de la hermosa oportunidad que podríamos haber tenido, de llenar las preguntas que la historia dispara, con nuestros propios conflictos o dilemas morales. Por momentos, abusa de la necesidad de explicitar.

El conflicto central, sin embargo, tiene un buen cierre, o algo que bien podríamos llamar satisfactorio, excepto por la extraña decisión que toma Bo de irse a Namibia (en un proceso totalmente ilógico para el personaje que conocimos) siendo que todo el tiempo su conflicto individual había rondado alrededor de la universidad. Más allá de esto, la película nos transporta a, de todos los finales posibles, el más apacible, lo cual no deja de ser coherente con este control total que el escritor quiere tener de sus personajes.

El guion, más allá de lo expuesto, en su conjunto, es bueno. Los personajes son tridimensionales y se sienten reales, los diálogos están bien construidos y los niños, cada uno de ellos, tienen una buena individualidad, algo difícil de conseguir en menores. El elenco de hermanos es también muy acertado y cumple con las expectativas, todos ellos están muy bien en los papeles que cumplen, sobre todo en las pequeñas partes de la historia en donde cada uno está llamado a presentarse de manera particular.

FIN SPOILER

Captain Fantastic es una película interesante por el tema que trata y la forma en que lo aborda, es visualmente hermosa, y entretenida; tiene puntos flojos en un guion que lamentablemente cae en lugares comunes y una intención evidente de cuidarse demasiado de no ser algo que no está pensada para ser, pero tiene también una fantástica interpretación de Viggo Mortensen, un alto contenido moral e intelectual y representa, a la vez, una invitación a reflexionar en el papel que ocupamos en nuestra sociedad, en las decisiones que tomamos, en como criamos a nuestros hijos y en cuales son las nuestras alternativas reales.