Baby Driver [2017]

Edgar Wright —director de películas como Scott Pilgrim vs. the World, Hot Fuzz y Shaun of the Dead—, se las ha arreglado para imprimir su nombre detrás de un estilo más que de un género en sí mismo, más allá de que, dentro de este estilo personal haya puntos de contacto con la comedia, con el universo de la post adolescencia y una sutil capa de ironía o hasta cinismo. Baby Driver no se distancia demasiado del patrón que Wright ha venido construyendo, aunque esta vez explora de manera más tradicional el cine de género.

Es en los primeros minutos en donde una película generalmente se define: se establece el tono, el tema, tal vez algún personaje. El opening suele funcionar como un túnel a través del cual el espectador entra al mundo que la historia propone. En Baby Driver hay un gran trabajo en este establecimiento inicial del clima, construido con una virtuosa y muy lograda persecución de autos en pleno centro de Atlanta, que claramente rinde homenaje a otras más clásicas como, por ejemplo, The French Connection.

El opening es funciona como disparador del tema a la vez que permitirá conocer a Baby, el protagonista, en plena acción y sin medias tintas. Sin embargo, aquella idea de efectividad, que vuelve este comienzo una virtud para la primera hora de cinta, se convertirá en un problema más adelante, cuando el tono cambie por completo y los cimentos en donde estaba fundada nuestra confianza en la historia, sean rotos y la película se convierta en otra cosa.

El tono es, entonces, el inconveniente más presente en Baby Driver. Y esto es porque la mutación de género dentro del relato necesariamente debe hacerse dentro de la sutilidad para que la veracidad no se pierda, pero sobre todo, para que la ambigüedad no concluya con el público perdiendo el interés en los personajes. Para un buen ejemplo de cómo usar correctamente el mismo recurso, basta con repasar Get Out, otra película de este mismo año en donde el salto entre un género y el otro es tan natural que, al contrario de generar una ambivalencia respecto al personaje principal, ayuda a aumentar su complejidad. Es esta indefinición entre ser una película y otra, la que no funciona en Baby Driver, y es la razón por la cual el relato se quiebra cerca de la mitad, cuando decide, por fin, abandonar la confusión irresuelta para abrazar una suerte de comedia negra bizarra (a las que, por otra parte, Wright nos tiene acostumbrados) cuando ya es demasiado tarde, separando el metraje en dos películas bien diferentes en su primera y segunda hora respectivamente. Resumamos diciendo que plantear el conflicto dentro de un género para resolverlo en otro, requiere una destreza que Baby Driver no tiene.

La banda de sonido es uno de los aspectos más interesantes en Baby Driver a punto tal que hasta puede ser considerada un musical por la manera en la que utiliza el ritmo y las canciones para contar partes de la historia. En gran parte de la cinta, las canciones son utilizados para generar movimiento en la historia y hacer avanzar el relato, más allá de que, por momentos, algunas de las escenas parecen estar editadas a destiempo, o justo cuando los labios de los personajes están diciendo algo diferente a lo que se escucha.

El metraje cae en la tentación de la mayoría de las películas contemporáneas de industria, de poner el background de los personajes en líneas de diálogo en lugar de utilizar el lenguaje cinematográfico y los medios visuales para hacerlo. Pasa sobre todo con Kevin Spacey dando información sobre los detalles que hacen a Baby ser quién es, así como pasa también en el café en donde Baby y Debora se conocen y empiezan su idilio.

Es por estas cosas que Baby Driver no logra desprenderse del efectismo de Hollywood ni construir un relato con personalidad como lo eran los títulos anteriores del director. Aquellos que disfruten de dos horas de buena acción con pinceladas de humor negro, verán con buenos ojos el nuevo film de Edgar Wright, aun a pesar de que la olviden en el corto plazo.

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John Wick 2 [2017]

A finales de los noventa, en el set de Matrix, Chad Stahelski hacía por primera vez de doble de riesgo de Keanu Reeves, sin imaginar lo que vendría después. No existía ninguna razón para creer que 16 años más tarde tendría la posibilidad de dirigir al propio Keanu por primera vez, ni mucho menos podría haber anticipado que John Wick, esa película de acción ultra violenta que significaba su primera incursión en la dirección, iba funcionar tan bien en salas como para asegurar una segunda parte (y hasta una tercera, que ya fue anunciada).

El secreto de la primera John Wick, es muy sencillo: un guion pulido sumado a un sólido apego a las reglas del género y a una estética con gran personalidad. Una combinación infalible. Si a esto le agregamos el efecto sorpresa de descubrir, lentamente, que el héroe de la cinta es el hombre al que toda la mafia teme, la efectividad del resultado es inmediata.

Pero… ¿Qué pasa si eliminamos de esta fórmula el factor sorpresa y, cuando nos sentamos a verla, nos encontramos con una lisa y llana historia de acción, no muy diferente a otras? Este es el mayor de los males de la nueva entrega de John Wick: todo aquello que destacaba por novedoso y original en la primera ya lo conocemos, y el nuevo capítulo de la historia, no ofrece nada en su reemplazo.

Para ser claros, podríamos recordar el comienzo de la primera entrega de la franquicia, en donde hay un interesante set up en cuanto a la solitaria vida del ex asesino a sueldo, un rápido repaso por el estado emocional de las cosas y el disparador que inaugura el segundo acto, y que funciona en dos niveles: como movimiento de guion y, además, como aporte a la construcción del personaje. Es decir, la muerte de su perro a manos de un grupo de matones con los cuales no tiene relación desencadena una paciente revelación —a fuerza de susurros y llamadas telefónicas entre mafiosos—  en donde conocemos quién es John Wick, y entendemos también lo novedoso de que, esta vez, el protagonista con el cual hemos sido empujados a empatizar, es la persona de la cual los peores mafiosos se esconden. En John Wick: Capítulo 2, en cambio, el primer giro de guion es bastante trivial: el protagonista recibirá la visita de un mafioso italiano, hay una promesa que debe honrar y por la cual se verá obligado a cumplir con un último encargo, a pesar de sus deseos de retirarse. En este caso, el poderoso Wick, será susceptible a ser extorsionado.

Este tipo de licencias serán recurrentes a lo largo de la película.

Más allá de tener un guion menos interesante que la primera, ésta es una película de género y sí que sabe moverse dentro del mismo. Las secuencias de acción pura son totalmente satisfactorias y se presentan muy logradas, sobre todo una en particular que propone unos largos minutos de violencia, en donde el protagonista despacha enemigos como si estuviera en un video juego.

La puesta en escena sigue la línea que la primera perseguía y logra combinar una muy personal propuesta cromática y de iluminación, con una composición de planos estándar pero correcta, logrando una imagen por momentos surreal que aporta mucho al tono de la narración y, especialmente, a las secuencias de pura acción.

Keanu Reeves, por su parte, es el de siempre. Este es uno de esos papeles que le quedan como anillo al dedo y, si bien no hay momentos en donde su participación sobresalga por algún motivo particular, él tiene una capacidad gesticular que hace que este tipo de personajes, en principio irreales o demasiado estereotipados, se vuelvan, no diría verosímiles, pero, al menos, más fáciles de aceptar.

Los amantes del género van a disfrutar de esta nueva entrega de John Wick, que tiene todos los condimentos que una buena película de acción tiene que tener. Aquellos que esperaban un poco más de ella, o que se habían sorprendido con la novedosa historia de la primera, quizás tengan que bajar un poco las expectativas antes de sentarse a verla.

Victoria [2015]

El subtítulo de la portada dice: una ciudad, una noche, una toma. Pero, a decir verdad, Victoria —la película del alemán Sebastian Schipper— es mucho más que eso.

Disponible actualmente en Netflix, Victoria muestra en tiempo real como una joven española conoce en una disco a un grupo de locales, y sale con ellos a experimentar la noche de Berlín.

La película es un plano secuencia, es decir, está filmada en una sola toma, lo cual es lo suficientemente auto explicativo como para reconocer la destreza con la que fue realizada, aunque, en este caso, lo importante es decir que el director no utiliza este recurso como indicador de capacidad técnica, sino, por el contrario, para lograr un efecto muy específico: volver invisible a la cámara.

En cine, el narrador no es un personaje más de la historia como en la literatura, en donde determina el punto de vista y, a través de este, construye la doble lectura que todo buen relato debe tener; sin embargo, en el lenguaje cinematográfico, el rol activo de la cámara representa en sí mismo una forma arbitraria de mostrar, lo cual es equivalente a decir que simboliza la decisión estética del autor por poner los ojos del espectador sobre determinada cosa y ocultar —u obviar—algunas otras. En términos visuales, éste es el narrador.

El efecto que persigue Schipper con esta forma de mostrar, es ubicar al espectador en el lugar intimista, casi de primera persona, en donde la cámara se vuelve uno más dentro de ese grupo de personas que se mueven, totalmente orgánicas, a través de las calles berlineses. Y con este movimiento coreográfico de la cámara y los actores consigue, paradójicamente, hacerla invisible de modo tal, que el público no tiene la necesidad de entrar en la historia, sino que ésta lo arrastra sin tregua.

Pero, como siempre, nada de esto funcionaría, si no fuese respaldado por una narración coherente y cohesiva. Hay, en Victoria, una tensión inherente en todas las decisiones que son tomadas y un juego con el prejuicio del espectador, que manipulará de manera directa sus posibilidades de anticiparse a lo que se viene. Para lograr esto, los personajes se desarrollan con mucha paciencia sobre una base estereotipada de roles sociales: hay una joven mujer que acepta, ni bien la cinta comienza, salir del boliche para ser acompañada por cuatro jóvenes hombres cuyas intenciones desconocemos. Es un suspenso natural, desprovisto de todo tipo de artificio visual o narrativo: se propone un punto de partida, y el resto se completa, en su totalidad, en la cabeza del espectador con sus propias expectativas o temores.

Si bien es cierto que, cuando los minutos avancen, aparecerán algunos giros de guion que, podríamos llamar, “inocentes”, de ninguna forma se podrá decir que estos han sido excusas narrativas. Todos responden a la lógica de los personajes construidos desde el primer minuto; incluso aquellos que resuelvan el conflicto principal.

Hay en Victoria un buen balance de la carga dramática de los personajes que responde, esencialmente, a la naturalidad del plot y a la complejidad de los personajes, pero también al interesante trabajo de los actores, sobre todo el de Laia Costa (Victoria), primera extranjera en ganar el premio Lola, uno de los más prestigiosos que entrega la Academia Alemana de Cine. No será una sorpresa agregar que gran parte de los diálogos fueron improvisados.

Victoria consigue, gracias a la suma de: decisión narrativa de puesta de cámara, desarrollo de personajes, interpretación y una historia convincente, construir una película intensa, novedosa, y eficaz, que funciona debido al grado de verosimilitud que la unión de sus factores alcanza. Hay que verla.

Contratiempo [2016]

Contratiempo, la última película que dirigió el español Oriol Paulo, es muy parecida a una Mamushka, la famosa muñeca rusa. Capa sobre capa, construye un thriller entretenido y de buen ritmo, repleta de giros de guion e inteligentes engaños. La pregunta es: ¿Alcanza todo esto para hacer una buena película?

Ni bien comienza, la cinta denota el aura de misterio que la caracterizará: una mujer (Ana Wagener) está subiendo por el ascensor de un edificio muy costoso, para encontrarse con un hombre que habita en el último piso. Este hombre (Mario Casas) es Adrián Doria, un prestigioso y adinerado empresario, a quien se lo acusa de cometer un crimen. La mujer (Virginia Goodman), es una reconocida abogada que llega allí para ayudar a Adrián a encontrar una versión de su testimonio capaz de convencer al jurado. De otra forma, Doria irá, inevitablemente, a la cárcel.

Así planteadas las cosas, el guion del film desplegará el relato de Adrián y las conjeturas de la abogada, flashback sobre flashback, poniendo al espectador en un permanente estado de alerta y extrema atención, ante la certeza de que la historia que es puesta ante sus ojos, no siempre será de fiar.

Como es de esperarse en cintas como ésta, el guion es el elemento del film que se necesita más sólido. Y en este caso, en una buena medida, lo es: se nota el exhaustivo trabajo de dar sentido y orden a las piezas del rompecabezas, los giros de guion son (en general) verosímiles y aparecen (gran parte de ellos, al menos) en los momentos en los que la historia los necesita. El punto negativo, sin embargo, es que, en el tramo final, cuando se acerque el clímax que resolverá el conflicto principal, el espectador estará tan acostumbrado a la cadencia del film, que el plot twist no será ninguna sorpresa y, no sólo eso, sino que, luego de algunas pistas inequívocas y discutiblemente explícitas, el público atento logrará predecir, sino el final a todo detalle, una buena parte de él. Es decir, en el fondo, Contratiempo parece no poder escapar a algunos de los vicios propios de su género, pero es el riesgo que asume desde el minuto uno y, del cual sale bastante bien parada.

En la interpretación del metraje y la forma en la cual los actores se despliegan por el escenario cinematográfico, aparece el segundo punto negativo. El problema es el de siempre: cuando el público percibe al actor y no al personaje, la ficción se vuelve inverosímil y el implícito pacto espectador-autor, se rompe. Esto pasa en Contratiempo, en ciertos momentos por responsabilidad de los propios actores, cuya dicción o forma de entregar algunos diálogos suena aparatosa y artificial, pero en muchos otros casos, sucede por culpa de las líneas que se ven obligados a decir, las cuales no representan la forma en la que las personas hablan en la vida real.

No obstante, visualmente, el film se muestra maduro, y los cortes entre escena y escena, acompañan el ritmo que el guion demanda. Si bien hay ciertos recursos técnicos que se usan más veces de las necesarias (slow motion, cámaras subjetivas, estética de publicidad), la película es disfrutable en su cinematografía y con una elección cromática acorde a la atmosfera homogénea que el relato persigue.

A modo de conclusión, es necesario notar que Contratiempo es una película víctima de sus excesos, tanto en la estructura narrativa de la historia, como en la búsqueda del énfasis y las líneas memorables, o los recursos visuales puestos en práctica para contar partes sensibles del relato. Esto no impide que el film sea entretenido y llevadero, aun cuando, una vez terminado, es probable que poco quede de él, en nuestra memoria.

Ya no me siento a gusto en este mundo

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I don’t  feel at home in this world anymore, también conocida como Ya no me siento a gusto en este mundo —disponible en Netflix desde hace unos días, luego de ganar el premio del jurado en el prestigioso festival de cine independiente de Sundance—, es la primera película que dirige el actor Macon Blair, quién, por cierto, tiene una pequeña pero muy graciosa participación.

Protagonizada por Melanie Lynskey y por Elijah Wood, la película se presenta como una especie de comedia negra, que salpica por momentos otros géneros (como el policial y el thriller) a lo largo de su hora y media de duración, con bastante soltura y solvencia.

Ruth (Lynskey) es una mujer depresiva y apática que transita la solitaria rutina de su vida con desdén y desgano, encontrando poco para hacer con su tiempo libre más que tomar una cerveza o leer un libro. Parece haberse resignado hace ya tiempo a la injusticia del mundo y sufre una reprimida aversión por las personas que lo integran. Todo cambia cuando su universo cotidiano se ve sacudido una tarde en la que llega a su casa del trabajo y descubre que alguien ha entrado y se ha robado su computadora y las joyas de su abuela. Esto dará un nuevo sentido a la existencia de Ruth, y encontrará en la obsesiva persecución de los responsables, la única y definitiva forma de cambiar el mundo. O al menos su mundo.

Se unirá a ella en esta difícil travesía su vecino Tony (Elijah Wood), un hombre, por lo menos, bastante poco ordinario. Católico practicante y amante de la cultura ninja, cargará el nunchaku, la estrella ninja, y pondrá toda su capacidad marcial y su inquebrantable sistema moral, al servicio de Ruth. Juntos, desenredarán el ovillo de la trama e intentarán resolver el misterio, cruzándose en el camino con una banda de criminales muy particular.

Lo mejor de la película y, sin dudas, lo que más trabajo parece tener por detrás, es la tremenda construcción de personajes lograda. Algunos de ellos, aun estando no más de dos minutos en pantalla, se sienten reales y complejos. Otros son tan torpes y caricaturizados, que incluso eso, los hace verosímiles porque dan la impresión de encajar y complementarse perfectamente con el contexto creado por la historia.

La cinta está bien dirigida, si bien tiene una estética simple y discreta, la composición de los planos es correcta, sin lujos ni grandilocuencias. Por el contrario, va directo al grano y prefiere que nos centremos en el relato más que en su destreza técnica. Lo que sí podríamos notar es que el coloreo de la imagen y la iluminación, si bien adecuada, no disimula el hecho de ser una película independiente, como si quizás lo hacen otras que se preocupan por sugerirnos a través de las tonalidades y los colores lo que está pasando internamente en los personajes. Aun carente de estos detalles, el componente visual es efectivo.

Otro de los elementos en donde la cinta cae, o se vuelve quizás menos sutil y más grotesca, es en el clímax, cuando el conflicto principal se resuelve y todos los cabos sueltos confluyen esbozando una  posible salida. Da la impresión de que en esa escena se abandona levemente la fina cuerda sobre la cual el metraje había caminado, y pierde un poco de vista el eje, que venía siendo su fuerte.

No había tenido la oportunidad de ver en acción a Melanie Lynskey más que en Two and a Half Men, así que fue una buena chance para prestar atención a su interpretación que, considero, está muy bien, acorde al personaje que le toca interpretar que, si bien no requiere grandes despliegues dramáticos, podría haber resultado un poco tosco, lo cual no sucede. Distinto me pasa con Elijah Wood, a quien había visto ya varias veces y siempre me daba la impresión que interpretaba al mismo personaje, sin embargo, aquí, aun a pesar de caer muchas veces en sus gestos más conocidos o en el tono de voz al que nos tiene acostumbrados, a grandes rasgos logra dar vida a un personaje secundario que tiene un perfil relativamente diferente al que usualmente trabaja.

En conclusión, la película es entretenida, está muy bien escrita, discretamente interpretada y filmada, por lo cual merece la misma (o más) distribución que otras tantas películas de industria que tienen características parecidas (aunque la mayoría de las veces ni siquiera están bien escritas), por lo cual el hecho de que Netflix haya comprado sus derechos es una buena noticia para todos. Vale la pena verla.

Don’t Breathe

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Me senté a mirar Don’t Breathe con mucha expectativa porque venía con muy buena crítica, porque me gusta el trabajo de Fede Alvarez y porque, además de su obra, lo he escuchado en varias oportunidades y considero que tiene una forma muy interesante de entender el cine. La cinta, sin embargo, terminó por no ser lo que esperaba.

La nueva película del uruguayo, es un intento loable pero infructuoso de contarnos una historia simple, dentro de un género que tiene algunas reglas bastante estrictas como el thriller.  Si bien el director / escritor intenta escapar del cliché en momentos clave, (como la escena inicial, por ejemplo), el desenlace de la trama responderá a patrones que conocemos de sobra.

La sinopsis nos cuenta la historia de tres jóvenes delincuentes que entran a robar a la casa de un ciego, con la intención de hacerse de una buena cantidad de dólares que, presuponen, tiene escondido. Como no podía ser de otra manera, encontrarán que la casa guarda un secreto tenebroso. La primera cosa que no genera ninguna sorpresa son los perfiles de los protagonistas: Money (Daniel Zovatto), el típico criminal irracional dispuesto a todo que no escucha lo que el resto propone y se maneja sin ningún tipo de cautela, regido no por otra cosa más que su propio instinto; luego Alex (Dylan Minnette), el moralista, poseedor de un aparato capaz de desactivar alarmas que ha robado a su padre. Él es quien intentará en todo momento primar por la cautela y evitar cualquier tipo de confrontación; y por último está la joven Rocky (Jane Levy), aparentemente pareja del primero y objeto de amor del segundo. Ella será la fuerza de conflicto entre ellos y entre las decisiones que, a la larga, se verá obligado a tomar Alex, aun cuando contradigan asu propia moral.

El background de los personajes que la introducción construye, no parece ser suficiente para preocupar al espectador por la suerte de los protagonistas. En cambio, los fuerza a entenderlos estereotipados, lo cual predispondrá a adivinar el destino que a cada uno le espera.

Luego tenemos a Stephen Lang como “el ciego” que es, sin embargo, muy particular porque, no parece tener tampoco grandes capacidades auditivas u olfativas, a diferencia de lo que podría suponerse. En varios pasajes de la cinta, los tres delincuentes pasan literalmente al lado del hombre, sin que éste tenga siquiera la más mínima sombra de sospecha. Sólo será capaz de advertir la presencia de los extraños cuando hagan algún ruido muy evidente o cuando el ciego tenga el arma en la mano, con la cual parece tener especial puntería.

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Además de esta incapacidad por sentir empatía con los protagonistas, la casa en la que irrumpen tampoco transmite la sensación de ser el lugar “maldito” que podría haber sido. Digamos que dista mucho de ser el laberinto impenetrable de, salvando toda distancia, Lost Highway, o incluso de la reciente 10 Cloverfield lane. Por el contrario, los espacios que los protagonistas recorren son acotados y es solo la tenue iluminación, la que intenta transferirnos el suspenso de que algo quizás se esconda detrás de la puerta.

Si bien la duración es acotada, (apenas hora y media), la cinta cae en una monotonía de la cual se le hace difícil salir, especialmente cuando los giros y pequeños conflictos de guion se resuelven de maneras sino azarosas, al menos torpes o un poco inconexas.

La fotografía, sin embargo, está muy bien lograda y cada uno de los sectores de la casa logra crear un ambiente totalmente diferente y sugerente, gracias a muy buena iluminación y un gran juego con el color.

Don’t Breathe es una película discreta, que los amantes del género probablemente encuentren entretenida pero que, después de algunas de las grandes demostraciones de los últimos años, pasará rápidamente al olvido. Está correctamente filmada, pero tiene guion chato que no logra despegarse de los lugares comunes. De cualquier manera, me dejará atento al futuro trabajo del director, sobre todo si se acerca a variantes dentro del género.

Money Monster

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Supongo lo único que me llevó a dar play a esta película fue la curiosidad que despertó el hecho de que Jodie Foster sea la directora. A decir verdad, ni siquiera sabía que ya había dirigido alguna otra cosa antes, y ahora que reviso en IMDB, veo que tiene algunos otros créditos, como un capítulo de House of Cards y algunos de “Orange Is the New Black”.
Lamentablemente, Money Monster es una película irrelevante en todos los sentidos. El argumento base puede reducirse así: el conductor estrella de un programa de televisión sobre inversiones y movimientos en la bolsa, es tomado de rehén, cuando un espectador furioso ingresa al canal con un arma y un chaleco repleto de explosivos, y pide que no se apaguen las cámaras o lo matará.


Lee Gates (George Clooney), es un showman. Un conductor excéntrico y carismático, que se encarga de “alentar” a sus espectadores a que inviertan su dinero en tal o cual cosa, con la perspectiva de tener un buen rédito económico; cosa que no ha pasado con Kyle Budwell (Jack O’Connell), quien puso los ahorros de toda su vida en una opción que, según Lee había asegurado, era una cosa segura, y sin embargo se desplomó de la noche a la mañana, dejando a Kyle sin nada. La necesidad de transmitir aquello en vivo, ha dejado como rehén indirecta a Patty Fenn (Julia Roberts), la productora del programa, y será ella quien intentará guiar a Lee por el camino dialéctico que debería mantenerlo con vida.

 SPOILER ALERT 

La película es previsible y el único aspecto que podríamos considerar redimible es la claustrofóbica tensión que se consigue, al llevar la acción de la mayor parte de la cinta al estudio desde donde se transmite el show. Los giros de guion se ven venir a leguas, sobre todo en el segundo acto en donde, pasado el susto inicial, Lee será asistido por su productora y reproducirá exactamente lo que ella le aconseja decir para calmar al atacante. Luego, lentamente ahondarán en el problema central del metraje, que es el de Kyle, e intentarán encontrar la explicación de porqué 800 millones de dólares desaparecieron de la noche a la mañana, supuestamente a raíz del fallo en un algoritmo informático, en la compañía en la que el hombre había invertido y que luego, obviamente descubriremos, no fue así. También se tocarán algunos otros pequeños conflictos a lo largo de la cinta, como la relación entre Lee y su productora, quien estaba dispuesta a dejarlo para ir a trabajar a otra cadena, así como la relación entre Kyle y su mujer, que lo desprecia y considera un inútil. Estos dos argumentos secundarios, sin embargo, no serán explotados por la historia.

Y qué decir del final, cuando salen del estudio. Si la película sostenía su única razón de ser en el clima construido por el encierro en el canal, cuando salen a la calle a buscar el desenlace de la trama todo se vuelve irreal y hasta grotesco, perdiendo el rumbo por completo. Víctima y victimario habrán establecido un inverosímil vínculo entre ellos, que provocará, en una de las últimas escenas, un acartonado primer plano de George Clooney sufriendo por la suerte del criminal.

FIN SPOILER


En definitiva, Money Monster me dio la impresión de ser la típica película que deben filmar solo por cuestiones de agenda y compromiso. Poco desarrollada, con un buen conjunto de actores desperdiciados y sin transmitir más que una historia chata, previsible y poco interesante.

Green Room

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Una banda de punk rock que recorre los Estados Unidos en una van y sobrevive conforme consigue fechas y bares en donde tocar, termina dando un show en un oscuro bar del interior del país que sirve de lugar de reunión para un grupo de neo nazis norteamericanos: los famosos “white supremacist”. Una vez allí, una desafortunada coincidencia, hará que sean testigos de un asesinato, lo cual terminará por dejarlos atrapados en una de las habitaciones del lugar. A partir de allí, deberán luchar para sobrevivir y escapar.

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Green Room es una película oscura en términos narrativos y visuales, lo cual demuestra una solvente coherencia. La composición de los planos es muy cuidada y hay una deliberada intención de no dejar nada librado al azar, que salta a la vista en cuanto la banda queda encerrada en la habitación. Antes de dar el show, cuando llegan al lugar, todavía queda algo de luz de día, sin embargo, en cuanto queden atrapados, ya muy rara vez volveremos a ver tonos cálidos en pantalla. Aquel detalle será vital para transmitir la asfixia y el pánico de la situación de la que son víctimas.

Los problemas del metraje, sin embargo, están en un guión que es irregular. Una gran primera hora logrará que nos interesemos por los personajes, lo cual automáticamente implicará que esperaremos una solución satisfactoria, si no para nosotros, al menos para la historia. Hay una introducción interesante de los miembros de la banda en un reportaje que un seguidor les hace y que, aparentemente, saldrá al aire en una estación de radio local. “Nombra la banda que te llevarías a una isla desierta”, les pregunta el pseudo-reportero cerca del comienzo. Sus respuestas nos permitirán reconocerlos: el líder, el reaccionario, el pretencioso, el artista, el soñador. Luego seremos testigos de cómo estas personalidades reaccionen al ser sometidas a la presión de una situación límite. También conoceremos al jefe de los malos: Darcy, representado por Patrick Stewart que hace un buen trabajo encarnando al líder            de lo que el mismo denomina “un movimiento, no un partido”. Darcy es el típico mandamás de una banda de criminales: temerario, frío, inteligente y calculador, no tiene problemas en matar a uno de los suyos solos para probar un punto. Es el único personaje de la película al que todos temen por igual. En un papel que, entonces, es bastante utilizado en el cine en general, Stewart sabe darle su toque distintivo.

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Hasta ahí, la película tendrá una buena curva narrativa y, desde el disparo del primer plot (cuando quedan encerrados), hasta la mitad del segundo acto, el suspenso y la tensión la harán sumamente disfrutable. Es a partir de allí que el guion se vuelve reiterativo y comienza a caer en los mismos recursos una y otra vez, pretendiendo que el suspenso se mantenga hasta el desenlace usando siempre la misma fórmula. Toda esa delicada construcción de personaje que la introducción entrega para cada uno de los músicos, servirá de poco a la hora de resolver el conflicto principal de la película, ya que sus destinos poco tendrán que ver con el “setting” inicial y, en algunos casos, hasta parecerán bastante aleatorios, cosa que, si no somos muy puristas, podríamos llegar a entender como verosímil. La pregunta es si aquella azarosa forma de cerrar el círculo de cada personaje, termina por funcionar narrativamente, cosa que desde mi punto de vista no sucede, pero que es bastante debatible.

Lo mismo pasa con todo el misterio que se desenvuelve alrededor de los sanguinarios y retorcidos participantes de aquel culto neonazi. Son muchos (y buenos) los interrogantes que la película propone en un comienzo y que, además, forman parte de una de las principales fuentes de tensión que atrapa al espectador en el comienzo: la sensación de que hay algo más importante que ellos llevándose a cabo en el lugar. Todo el interés que aquel sórdido movimiento representa, cae sobre el final cuando entendemos que la mayoría de las preguntas abiertas no serán respondidas.

¿Podrá entenderse este contexto como un reflejo de la Norteamérica de Trump? Quizás sea caer en el facilismo, pero es fácil ver porque la película gustó tanto ahí.

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Green Room es, en resumen, un thriller interesante, con una gran propuesta inicial que no logra sostener a lo largo de la hora y media de metraje, pero que, aun así, posee aspectos redimibles como para que su visionado valga la pena.

Hell or High Water

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Hell or High water, traducida al español como “Comanchería”, ha sido clasificada por algunos críticos como un “neowestern” y creo que, con algunas licencias, se podría considerar que lo es.
La película tiene un gran comienzo: un pequeño plano secuencia que nos ubica rápidamente en un árido pueblo de Texas, pocas horas después del amanecer, y una mujer que se acerca a abrir la oficina del banco del lugar. Dos encapuchados la están esperando para robarlo. Luego, durante el asalto, entenderemos también la clara diferencia entre ambos criminales, y podremos, a la vez, intuir la relación entre ambos. Todo eso, en los primeros cinco minutos.
Más tarde, nos daremos cuenta que hay mucho más sucediendo debajo de la superficie, y que aquel robo forma de un plan ideado por Toby (Chris Pane), para salvar la granja de su madre. Para esto, contará con la ayuda de Tanner (Ben Foster), su hermano que acaba de salir de la cárcel y los dos serán perseguidos por el sheriff Marcus (Jeff Bridges) y su compañero Alberto Parker (Gil Birmingham).
Por consiguiente, contamos con un personaje “moralmente” bueno, como es Toby, más sereno y calculador, inteligente y cauteloso; luego Tanner que es todo lo contrario: impulsivo y despiadado, de una moralidad más compleja, alguien determinado a hacer lo que haga falta para alcanzar el objetivo. Él es quien hace honor al título del film, siendo la expresión “Hell or High Water” algo así como, “se hará como sea, sin importar las dificultades que puedan surgir en el camino”. Y en medio de ellos dos, aparece esta idea de “vieja ley del Oeste”, que el sheriff Marcus intentará defender, y que disparará también un conflicto interno con él mismo, que encuentra en los ladrones la razón para prolongar el tiempo que le queda antes de retirarse.
Hasta ahora, entonces, tenemos un punto de partida bastante sencillo y trillado, pero una gran escena de apertura y, ciertos detalles de la introducción que nos hacen creer que la historia va a evolucionar de una manera diferente. Y, se puede decir que lo hace, pero no necesariamente de la manera más satisfactoria.

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 SPOILER ALERT 

En la primera hora de la película, cuando se ponen las cartas sobre la mesa, hay algunos conflictos interesantes que los personajes traen a escena: Toby, tiene una mala relación con su ex mujer; desde hace un tiempo no puede pasarles el dinero de la manutención, razón por la cual hace más de dos años que no ve a sus hijos; Tanner acaba de salir de la cárcel y enseguida se advierte una suerte disgusto para con su difunta madre y un resentimiento hacia su padre quien, presumiblemente, no fue una gran figura paterna. Marcus, el sheriff, deambula por la historia atribulado, reflexivo y hasta obsesionado con la idea de no abandonar ese caso y, por consiguiente, su trabajo, repartiendo cinismo y humor negro por donde camine. También se plantea en ese fantástico comienzo, dos relaciones de hermandad bien diferentes entre los dos pares de personajes principales: los hermanos criminales y el sheriff con su ayudante.
Aún con todos esos elementos de potencial explotación, la película cae a mitad del segundo acto y ya no vuelve a subir. Es como si Taylor Sheridan (Sicario) hubiese escrito dos guiones: uno para la primera hora y media; otro para el final. Todos y cada uno de los conflictos secundarios que citaba arriba y que construyeron con tanto cuidado la verosimilitud de los personajes, fueron evitados sobre el final, a la hora de resolverlos. El plot que nos saca del segundo acto, aquel en el cual Tanner hace un acto de grandeza por su hermano y se queda arriba de la montaña con el rifle, es previsible y estéril, además de no reflejar un movimiento en la curva de los personajes, que son, en mayor o medida, los mismos desde que empieza hasta que termina la historia.
Igual de decepcionante que el plot, es la resolución final de la película, cuando Marcus visita la granja que Toby ha dejado para su ex esposa y sus hijos. Es esa escena la única vez que parece vamos a ver un gran final, en donde se construye la tensión del western, se llega al encuentro entre el protagonista y su némesis, hay clímax, hay una sensación de fluidez y de funcionamiento. Es justo en ese momento, que está a punto de darnos el cierre que necesitamos, cuando aparece una camioneta con la esposa y los hijos de Toby, que bajan, saludan y entran a la casa (¿Deus Ex Machina?), provocando entonces que Marcus se aleje, amenazando y prometiendo algo que, dadas las condiciones, es improbable que jamás llegue a cumplir.

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FIN SPOILERS

Dejando de lado el guion, Hell or High water tiene una potencia visual increíble. Mirándola con un lente puramente cinematográfico, tiene una belleza terminante que está dada principalmente por la perfecta composición de cada uno de los planos (cuidados y profundamente trabajados), y por un uso ejemplar de la paleta de colores, que no nos saca jamás del desierto árido en el que estamos. La fotografía de la película es avasallante y una de las razones por las cuales la película merece la pena ser vista. Es un espectáculo imponente para el espectador.
En resumen, Hell or High Water tiene una muy buena primera hora, pero un guión irregular, con, sin embargo, un impresionante despliegue visual y una especie de “economía” en los recursos que, sin dudas, merece ser visto.