RAW [2016]

Es cierto que, cada cierto tiempo, aparece en el mundillo del cine un título con los rumores de RAW: gente impresionable que se desmaya en las salas, críticos que se levantan y se van antes del final de la película (aunque esto es bastante común), cines que deciden entregar a los espectadores bolsas de papel madera cual avión que espera turbulencia. La verdad es que, la cinta de la realizadora francesa Julia Ducournau, persigue mucho más que el pálido efectismo que se le intenta –injustamente– adjudicar.

Escatológica e incómoda, la película relata la historia de Justine, hermana menor en una familia vegetariana y de clase media francesa. El guion está tan bien escrito, que no tardaremos en entender lo necesario: Justine está a punto de entrar en el primer día de clases de la carrera de veterinaria, carrera a la que su hermana mayor asiste y de la que, a su vez, su madre ha egresado. El mundillo de la universidad, incompresible y misterioso en sí mismo, irá develando, con sus prácticas surreales e iniciáticas, un reconocimiento de la protagonista respecto al mundo que la rodea, a la vez que significará el encuentro con su identidad. El relato acompañará a Justine en el arduo camino de la revelación y la aceptación de sus perversiones y deseos más secretos. En este sentido, no hay novedad en el tema (el adolescente en combate con su propio ser y la sociedad que lo abraza/rechaza según la circunstancia) pero sí en la forma que toma la alegoría: Justine pronto descubre que su apetito por la carne no se ciñe simplemente a la rebeldía de abandonar el vegetarianismo adoptado en el seno familiar, sino que se extiende a lo caníbal; a la carne humana.

En Raw todo es progresivo, nada se descubre de un momento a otro, sino que plantea un cuidado sistema de situaciones que el espectador irá aceptando y que, de la misma manera, lo predispondrán a aceptar las premisas que la historia necesita que se aprueben para no alejarse del marco de lo verosímil. Esta es una de las cosas que mejor hace la cinta: empujar al espectador a creer que eso que está mirando, tiene perfecta lógica y es sensato. En ningún momento pretende salir del campo del drama para saltar a géneros en donde lo sobrenatural sería más fácilmente aceptado, por el contrario, ensambla las piezas del rompecabezas de forma tal que la veracidad de lo que está sucediendo sea relevante.

En otros ámbitos, más allá del guion, la película es satisfactoria también. Con una fotografía cuidada y dedicada, entrega una buena composición de planos que, por momentos, hasta sostiene la tensión dramática de lo que hay en escena, y se anima también a jugar con los colores, algo que está muy en boga en el cine contemporáneo: mucha luz de neón combinando rojo azul y verde, según el estado emocional que atraviesen los personajes.

A su vez, las actuaciones hacen lo propio y están a la altura de la idea general que la película intenta establecer, sobre todo habría que notar a su protagonista, la joven Garance Marillier que, si bien su personaje se la pasa desorientado gran parte del film, cuando las cosas cambian, saca a relucir toda su capacidad actoral y se transforma junto con su personaje.

En pocas líneas, Raw es una película totalmente consiente de si misma, bien escrita, bien ejecutada y sin miedo a poner la cámara en lugares en donde otras preferirían no hacerlo, que transforma el drama de una adolescente, con algunas pinceladas de “horror”, en una poderosa alegoría a la definición de la identidad y las dificultades de su aceptación, contra un sistema social siempre preparado para alienarla.

 

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Split [2017]

Desde el formidable éxito de Sexto Sentido en 1999, que le permitió ganarse un lugar dentro de la industria, Shyamalan no ha dejado de hacer películas. Con un espacio de dos y tres años entre cada una de ellas, ha logrado construir un tipo de cine que se asocia con su nombre, después de títulos como “Señales”, “La Aldea” y “El protegido”.

No obstante, daba la impresión de que, en sus más recientes films, Shyamalan no lograba re-encontrarse con ese estilo tan particular y personal que supo llevarlo a lo más alto del box office y la valoración de la crítica. Claro ejemplo resulta “La visita”, película que estrenó inmediatamente antes de Split y que refleja una desesperada intención por volver a las raíces con un puñado de buenos recursos técnicos, pero un guion efectista y pobremente explotado.

En este contexto aparece Split, su última apuesta dentro de un género que, casi podríamos decir, él mismo ha inventado; y, esta vez, la película tiene un despliegue dramático mucho más logrado y parecido a lo que fueron sus mejores cintas. Tal es así, que el director logra incluso dar a la historia un marco general dentro de su propia obra, haciéndola formar parte de un relato más grande que tiene la forma de una trilogía que aún no ha terminado.

Split relata el secuestro de Casey Cooke (Anya Taylor-Joy) junto a sus dos amigas, a manos de Dennis (James McAvoy), un hombre que sufre del ultra explotado trastorno de personalidad múltiple. Entonces, la premisa fundamental del film, nos obliga a analizar la interpretación de los actores, antes que la narración en sí misma. De hecho, es improbable que después de haber leído en la sinopsis que la cinta cuenta la historia de un hombre con 23 personalidades, el ojo crítico humano no se detenga inmediatamente a estudiar a detalle el desempeño del actor principal. La pregunta más lógica que se suscita luego de ver el film, antes incluso que el análisis de la estructura general, sería: ¿es creíble McAvoy? Porque, de otra forma, nada de lo que se presenta como cierto, tendrá ningún sentido. La totalidad del relato se sostiene sobre la versatilidad del escocés que, en este caso, despliega un trabajo sólido y convincente, encarnando individualidades muy diferentes entre sí. Además de su amplia capacidad dramática, el trabajo de McAvoy es acompañado por una paciente presentación de cada una de las personalidades más importantes, desde el guion, lo cual predispone al espectador a aceptar con mayor facilidad lo que se presenta ante sus ojos, por sentirse orgánico y natural. Es por eso que el desenlace del conflicto principal funciona: el público ha sido debidamente preparado para ello. Ahí reside una de las mejores virtudes del director/escritor, que se mueve en ese juego de manipulación, con real destreza.

Pero no es sólo el escocés el que entrega una buena actuación, sino también la coprotagonista Anya Taylor-Joy, a quien ya se pudo ver realizando un inmenso trabajo interpretativo en The VVitch, hace algunos años. Esta vez, la joven demuestra todo su potencial en roles de este estilo, y expone en pantalla la soltura con la que puede soportar algunos primeros planos que, en el cine de Shyamalan, suelen ser poco ortodoxos.

Otro de los componentes claves —y que más se extrañaban—, del cine del indio, es la atmosfera, algo que retoma en Split con maestría. Es allí, y no necesariamente en el plot “sobrenatural”, en donde se puede apreciar la marca del director, capaz de convertir algo que podría ser un thriller convencional, en algo mucho más amplio, que roza otros géneros y hace uso de un suspenso del fuera campo, único.

Se puede decir, entonces, que esta nueva película resume los mejores trabajos del director, y entrega una historia vibrante que no da respiro, en donde la mayor parte del tiempo el espectador estará, primero, preguntándose qué es lo que sucederá  a continuación y, después, si hay algún destino en donde sus protagonistas sean capaces de salir en pie.

 

 

Get Out [2017]

Los últimos años han sido saludables para el género de terror. La aparición de películas importantes, que buscaron reescribir la idea mainstream del género y, en el proceso, reeducar a un tipo de espectador demasiado acostumbrado a cintas de fantasmas, cargadas de jump scares, ha sido la clave. Ofreciendo, en su lugar, atmosferas terroríficas y de suspenso extremo, en lugar de sustos baratos a base de portazos o cacerolas que caen al suelo en cocinas oscuras, esta nueva ola de terror, permitió también que sus realizadores usen un tipo de film que solía ser terreno exclusivo del entretenimiento, para deslizar algún mensaje o crítica subyacente. Como ejemplos representativos podríamos nombrar The VVitch, It Follows y The Babadok, tres películas clasificadas como “de terror“, que proponen extender su alcance más allá del final, y despertar algún tipo de reflexión respecto a los temas que tratan.

Get out, la nueva película del actor y director Jordan Peele, viene a ocupar un buen lugar en esta reciente oleada de films de terror.

Con la forma de una irónica —pero muy potente— crítica a la violenta discriminación racial contemporánea, la película relatará la historia de Chris (Daniel Kaluuya), un fotógrafo afroamericano en pareja con una mujer caucásica, quién debe afrontar el siempre complicado desafío de viajar para conocer a sus suegros que viven en las afueras de la ciudad. Ellos también son caucásicos, y ésta es una de las mayores preocupaciones de Chris, ni bien la película comienza.

El film tiene grandes virtudes y un gran mal, pero empecemos por lo positivo.

Cuando hablamos de cintas de género como ésta, para que funcione, es fundamental que se mueva dentro de las reglas de ese género, lo que implica: un cierto ambiente, determinados resultados dramáticos disparados por los giros de guion, un protagonista con características más o menos específicas, etc. Como Jordan Peele es, en este caso, escritor y a la vez director, se percibe el control total del autor en cuanto a la creación del ambiente opresivo y tenebroso que el terror exige, pero, además, le permite explotar con mucha precisión otros géneros dentro del mismo relato, lo cual termina por dar a Get Out una fuerte personalidad. Es en este sentido que la cinta es novedosa: es muchas películas en una.

Mientras el espectador podrá disfrutar de una primera hora de puro suspenso hitchcockeano (hay mucha referencia a este cine, en especial respecto a composición de planos y música), también será sorprendido con buenas dosis de humor en momentos en donde no parecía posible (gran detalle que rompe la ortodoxia del terror y da versatilidad a la historia), para tener unos cuarenta minutos finales en donde la película se reinventa y se transforma en algo diferente (que obviaré decir para no develar parte importante de la trama).

En el cine, el último bastión de defensa para que toda narración funcione como se espera, es la interpretación de los actores y, en este caso, no decepcionan. Daniel Kaluuya, el protagonista, aporta verosimilitud y realismo encarnando el símbolo del oprimido, en un sistema de obscena discriminación racial, mientras que sus suegros (Catherine Keener y Bradley Whitford) hacen lo propio representando toda la fuerza —a veces sutil, otras veces material—, del opresor. La más irregular de la historia es, sin dudas, Allison Williams, quien interpreta a Rose, la novia de Chris y que, por momentos, parece forzar demasiado las impresiones que necesita obtener del público.

El punto que encuentro negativo en Get Out, es la resolución de su conflicto principal, en la cual se esboza una respuesta para la cual el espectador no ha sido debidamente preparado. Esto termina por parecer abrupto en lugar de sorpresivo. El momento en donde Chris encuentra una explicación, no es lo eficaz que el resto de la película había –muy prolijamente—sido, y se siente como un lugar común. Un tropiezo a los vicios del mainstream, si se quiere.

Sin embargo, no debe ser esta razón suficiente para dejar de ver una película con intenciones tan interesantes, que trata la materia de la discriminación hacia el afroamericano de una manera tan inteligente, entretenida y novedosa.

Don’t Breathe

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Me senté a mirar Don’t Breathe con mucha expectativa porque venía con muy buena crítica, porque me gusta el trabajo de Fede Alvarez y porque, además de su obra, lo he escuchado en varias oportunidades y considero que tiene una forma muy interesante de entender el cine. La cinta, sin embargo, terminó por no ser lo que esperaba.

La nueva película del uruguayo, es un intento loable pero infructuoso de contarnos una historia simple, dentro de un género que tiene algunas reglas bastante estrictas como el thriller.  Si bien el director / escritor intenta escapar del cliché en momentos clave, (como la escena inicial, por ejemplo), el desenlace de la trama responderá a patrones que conocemos de sobra.

La sinopsis nos cuenta la historia de tres jóvenes delincuentes que entran a robar a la casa de un ciego, con la intención de hacerse de una buena cantidad de dólares que, presuponen, tiene escondido. Como no podía ser de otra manera, encontrarán que la casa guarda un secreto tenebroso. La primera cosa que no genera ninguna sorpresa son los perfiles de los protagonistas: Money (Daniel Zovatto), el típico criminal irracional dispuesto a todo que no escucha lo que el resto propone y se maneja sin ningún tipo de cautela, regido no por otra cosa más que su propio instinto; luego Alex (Dylan Minnette), el moralista, poseedor de un aparato capaz de desactivar alarmas que ha robado a su padre. Él es quien intentará en todo momento primar por la cautela y evitar cualquier tipo de confrontación; y por último está la joven Rocky (Jane Levy), aparentemente pareja del primero y objeto de amor del segundo. Ella será la fuerza de conflicto entre ellos y entre las decisiones que, a la larga, se verá obligado a tomar Alex, aun cuando contradigan asu propia moral.

El background de los personajes que la introducción construye, no parece ser suficiente para preocupar al espectador por la suerte de los protagonistas. En cambio, los fuerza a entenderlos estereotipados, lo cual predispondrá a adivinar el destino que a cada uno le espera.

Luego tenemos a Stephen Lang como “el ciego” que es, sin embargo, muy particular porque, no parece tener tampoco grandes capacidades auditivas u olfativas, a diferencia de lo que podría suponerse. En varios pasajes de la cinta, los tres delincuentes pasan literalmente al lado del hombre, sin que éste tenga siquiera la más mínima sombra de sospecha. Sólo será capaz de advertir la presencia de los extraños cuando hagan algún ruido muy evidente o cuando el ciego tenga el arma en la mano, con la cual parece tener especial puntería.

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Además de esta incapacidad por sentir empatía con los protagonistas, la casa en la que irrumpen tampoco transmite la sensación de ser el lugar “maldito” que podría haber sido. Digamos que dista mucho de ser el laberinto impenetrable de, salvando toda distancia, Lost Highway, o incluso de la reciente 10 Cloverfield lane. Por el contrario, los espacios que los protagonistas recorren son acotados y es solo la tenue iluminación, la que intenta transferirnos el suspenso de que algo quizás se esconda detrás de la puerta.

Si bien la duración es acotada, (apenas hora y media), la cinta cae en una monotonía de la cual se le hace difícil salir, especialmente cuando los giros y pequeños conflictos de guion se resuelven de maneras sino azarosas, al menos torpes o un poco inconexas.

La fotografía, sin embargo, está muy bien lograda y cada uno de los sectores de la casa logra crear un ambiente totalmente diferente y sugerente, gracias a muy buena iluminación y un gran juego con el color.

Don’t Breathe es una película discreta, que los amantes del género probablemente encuentren entretenida pero que, después de algunas de las grandes demostraciones de los últimos años, pasará rápidamente al olvido. Está correctamente filmada, pero tiene guion chato que no logra despegarse de los lugares comunes. De cualquier manera, me dejará atento al futuro trabajo del director, sobre todo si se acerca a variantes dentro del género.

Green Room

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Una banda de punk rock que recorre los Estados Unidos en una van y sobrevive conforme consigue fechas y bares en donde tocar, termina dando un show en un oscuro bar del interior del país que sirve de lugar de reunión para un grupo de neo nazis norteamericanos: los famosos “white supremacist”. Una vez allí, una desafortunada coincidencia, hará que sean testigos de un asesinato, lo cual terminará por dejarlos atrapados en una de las habitaciones del lugar. A partir de allí, deberán luchar para sobrevivir y escapar.

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Green Room es una película oscura en términos narrativos y visuales, lo cual demuestra una solvente coherencia. La composición de los planos es muy cuidada y hay una deliberada intención de no dejar nada librado al azar, que salta a la vista en cuanto la banda queda encerrada en la habitación. Antes de dar el show, cuando llegan al lugar, todavía queda algo de luz de día, sin embargo, en cuanto queden atrapados, ya muy rara vez volveremos a ver tonos cálidos en pantalla. Aquel detalle será vital para transmitir la asfixia y el pánico de la situación de la que son víctimas.

Los problemas del metraje, sin embargo, están en un guión que es irregular. Una gran primera hora logrará que nos interesemos por los personajes, lo cual automáticamente implicará que esperaremos una solución satisfactoria, si no para nosotros, al menos para la historia. Hay una introducción interesante de los miembros de la banda en un reportaje que un seguidor les hace y que, aparentemente, saldrá al aire en una estación de radio local. “Nombra la banda que te llevarías a una isla desierta”, les pregunta el pseudo-reportero cerca del comienzo. Sus respuestas nos permitirán reconocerlos: el líder, el reaccionario, el pretencioso, el artista, el soñador. Luego seremos testigos de cómo estas personalidades reaccionen al ser sometidas a la presión de una situación límite. También conoceremos al jefe de los malos: Darcy, representado por Patrick Stewart que hace un buen trabajo encarnando al líder            de lo que el mismo denomina “un movimiento, no un partido”. Darcy es el típico mandamás de una banda de criminales: temerario, frío, inteligente y calculador, no tiene problemas en matar a uno de los suyos solos para probar un punto. Es el único personaje de la película al que todos temen por igual. En un papel que, entonces, es bastante utilizado en el cine en general, Stewart sabe darle su toque distintivo.

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Hasta ahí, la película tendrá una buena curva narrativa y, desde el disparo del primer plot (cuando quedan encerrados), hasta la mitad del segundo acto, el suspenso y la tensión la harán sumamente disfrutable. Es a partir de allí que el guion se vuelve reiterativo y comienza a caer en los mismos recursos una y otra vez, pretendiendo que el suspenso se mantenga hasta el desenlace usando siempre la misma fórmula. Toda esa delicada construcción de personaje que la introducción entrega para cada uno de los músicos, servirá de poco a la hora de resolver el conflicto principal de la película, ya que sus destinos poco tendrán que ver con el “setting” inicial y, en algunos casos, hasta parecerán bastante aleatorios, cosa que, si no somos muy puristas, podríamos llegar a entender como verosímil. La pregunta es si aquella azarosa forma de cerrar el círculo de cada personaje, termina por funcionar narrativamente, cosa que desde mi punto de vista no sucede, pero que es bastante debatible.

Lo mismo pasa con todo el misterio que se desenvuelve alrededor de los sanguinarios y retorcidos participantes de aquel culto neonazi. Son muchos (y buenos) los interrogantes que la película propone en un comienzo y que, además, forman parte de una de las principales fuentes de tensión que atrapa al espectador en el comienzo: la sensación de que hay algo más importante que ellos llevándose a cabo en el lugar. Todo el interés que aquel sórdido movimiento representa, cae sobre el final cuando entendemos que la mayoría de las preguntas abiertas no serán respondidas.

¿Podrá entenderse este contexto como un reflejo de la Norteamérica de Trump? Quizás sea caer en el facilismo, pero es fácil ver porque la película gustó tanto ahí.

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Green Room es, en resumen, un thriller interesante, con una gran propuesta inicial que no logra sostener a lo largo de la hora y media de metraje, pero que, aun así, posee aspectos redimibles como para que su visionado valga la pena.