Contratiempo [2016]

Contratiempo, la última película que dirigió el español Oriol Paulo, es muy parecida a una Mamushka, la famosa muñeca rusa. Capa sobre capa, construye un thriller entretenido y de buen ritmo, repleta de giros de guion e inteligentes engaños. La pregunta es: ¿Alcanza todo esto para hacer una buena película?

Ni bien comienza, la cinta denota el aura de misterio que la caracterizará: una mujer (Ana Wagener) está subiendo por el ascensor de un edificio muy costoso, para encontrarse con un hombre que habita en el último piso. Este hombre (Mario Casas) es Adrián Doria, un prestigioso y adinerado empresario, a quien se lo acusa de cometer un crimen. La mujer (Virginia Goodman), es una reconocida abogada que llega allí para ayudar a Adrián a encontrar una versión de su testimonio capaz de convencer al jurado. De otra forma, Doria irá, inevitablemente, a la cárcel.

Así planteadas las cosas, el guion del film desplegará el relato de Adrián y las conjeturas de la abogada, flashback sobre flashback, poniendo al espectador en un permanente estado de alerta y extrema atención, ante la certeza de que la historia que es puesta ante sus ojos, no siempre será de fiar.

Como es de esperarse en cintas como ésta, el guion es el elemento del film que se necesita más sólido. Y en este caso, en una buena medida, lo es: se nota el exhaustivo trabajo de dar sentido y orden a las piezas del rompecabezas, los giros de guion son (en general) verosímiles y aparecen (gran parte de ellos, al menos) en los momentos en los que la historia los necesita. El punto negativo, sin embargo, es que, en el tramo final, cuando se acerque el clímax que resolverá el conflicto principal, el espectador estará tan acostumbrado a la cadencia del film, que el plot twist no será ninguna sorpresa y, no sólo eso, sino que, luego de algunas pistas inequívocas y discutiblemente explícitas, el público atento logrará predecir, sino el final a todo detalle, una buena parte de él. Es decir, en el fondo, Contratiempo parece no poder escapar a algunos de los vicios propios de su género, pero es el riesgo que asume desde el minuto uno y, del cual sale bastante bien parada.

En la interpretación del metraje y la forma en la cual los actores se despliegan por el escenario cinematográfico, aparece el segundo punto negativo. El problema es el de siempre: cuando el público percibe al actor y no al personaje, la ficción se vuelve inverosímil y el implícito pacto espectador-autor, se rompe. Esto pasa en Contratiempo, en ciertos momentos por responsabilidad de los propios actores, cuya dicción o forma de entregar algunos diálogos suena aparatosa y artificial, pero en muchos otros casos, sucede por culpa de las líneas que se ven obligados a decir, las cuales no representan la forma en la que las personas hablan en la vida real.

No obstante, visualmente, el film se muestra maduro, y los cortes entre escena y escena, acompañan el ritmo que el guion demanda. Si bien hay ciertos recursos técnicos que se usan más veces de las necesarias (slow motion, cámaras subjetivas, estética de publicidad), la película es disfrutable en su cinematografía y con una elección cromática acorde a la atmosfera homogénea que el relato persigue.

A modo de conclusión, es necesario notar que Contratiempo es una película víctima de sus excesos, tanto en la estructura narrativa de la historia, como en la búsqueda del énfasis y las líneas memorables, o los recursos visuales puestos en práctica para contar partes sensibles del relato. Esto no impide que el film sea entretenido y llevadero, aun cuando, una vez terminado, es probable que poco quede de él, en nuestra memoria.

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Get Out [2017]

Los últimos años han sido saludables para el género de terror. La aparición de películas importantes, que buscaron reescribir la idea mainstream del género y, en el proceso, reeducar a un tipo de espectador demasiado acostumbrado a cintas de fantasmas, cargadas de jump scares, ha sido la clave. Ofreciendo, en su lugar, atmosferas terroríficas y de suspenso extremo, en lugar de sustos baratos a base de portazos o cacerolas que caen al suelo en cocinas oscuras, esta nueva ola de terror, permitió también que sus realizadores usen un tipo de film que solía ser terreno exclusivo del entretenimiento, para deslizar algún mensaje o crítica subyacente. Como ejemplos representativos podríamos nombrar The VVitch, It Follows y The Babadok, tres películas clasificadas como “de terror“, que proponen extender su alcance más allá del final, y despertar algún tipo de reflexión respecto a los temas que tratan.

Get out, la nueva película del actor y director Jordan Peele, viene a ocupar un buen lugar en esta reciente oleada de films de terror.

Con la forma de una irónica —pero muy potente— crítica a la violenta discriminación racial contemporánea, la película relatará la historia de Chris (Daniel Kaluuya), un fotógrafo afroamericano en pareja con una mujer caucásica, quién debe afrontar el siempre complicado desafío de viajar para conocer a sus suegros que viven en las afueras de la ciudad. Ellos también son caucásicos, y ésta es una de las mayores preocupaciones de Chris, ni bien la película comienza.

El film tiene grandes virtudes y un gran mal, pero empecemos por lo positivo.

Cuando hablamos de cintas de género como ésta, para que funcione, es fundamental que se mueva dentro de las reglas de ese género, lo que implica: un cierto ambiente, determinados resultados dramáticos disparados por los giros de guion, un protagonista con características más o menos específicas, etc. Como Jordan Peele es, en este caso, escritor y a la vez director, se percibe el control total del autor en cuanto a la creación del ambiente opresivo y tenebroso que el terror exige, pero, además, le permite explotar con mucha precisión otros géneros dentro del mismo relato, lo cual termina por dar a Get Out una fuerte personalidad. Es en este sentido que la cinta es novedosa: es muchas películas en una.

Mientras el espectador podrá disfrutar de una primera hora de puro suspenso hitchcockeano (hay mucha referencia a este cine, en especial respecto a composición de planos y música), también será sorprendido con buenas dosis de humor en momentos en donde no parecía posible (gran detalle que rompe la ortodoxia del terror y da versatilidad a la historia), para tener unos cuarenta minutos finales en donde la película se reinventa y se transforma en algo diferente (que obviaré decir para no develar parte importante de la trama).

En el cine, el último bastión de defensa para que toda narración funcione como se espera, es la interpretación de los actores y, en este caso, no decepcionan. Daniel Kaluuya, el protagonista, aporta verosimilitud y realismo encarnando el símbolo del oprimido, en un sistema de obscena discriminación racial, mientras que sus suegros (Catherine Keener y Bradley Whitford) hacen lo propio representando toda la fuerza —a veces sutil, otras veces material—, del opresor. La más irregular de la historia es, sin dudas, Allison Williams, quien interpreta a Rose, la novia de Chris y que, por momentos, parece forzar demasiado las impresiones que necesita obtener del público.

El punto que encuentro negativo en Get Out, es la resolución de su conflicto principal, en la cual se esboza una respuesta para la cual el espectador no ha sido debidamente preparado. Esto termina por parecer abrupto en lugar de sorpresivo. El momento en donde Chris encuentra una explicación, no es lo eficaz que el resto de la película había –muy prolijamente—sido, y se siente como un lugar común. Un tropiezo a los vicios del mainstream, si se quiere.

Sin embargo, no debe ser esta razón suficiente para dejar de ver una película con intenciones tan interesantes, que trata la materia de la discriminación hacia el afroamericano de una manera tan inteligente, entretenida y novedosa.

The Invitation [2015]

Antes de ver la película, lo que más me llamó la atención no fue el plot principal, sino una cita del Film School Rejects, que —ahora entiendo— la resume a la perfección: “Un balance casi perfecto entre suspenso y paranoia”.

La premisa de The Invitation (disponible en Netflix) no es nueva: un grupo de amigos se reúne para cenar, después de muchos años de no verse, y toda la acción se desarrollará en la casa en donde se congregan. El desenlace del conflicto principal y los giros argumentales, tampoco son novedosos, pero lo que destaca en este caso, es el excelso dominio de la técnica narrativa para contar la historia. De principio a fin, el espectador será manipulado sin tregua, y experimentará la feroz desconfianza de Will (Logan Marshall-Green), cuyo pasado y motivaciones, serán desplegados con suma paciencia, y entregados en dosis meticulosamente proporcionadas.

En cualquier thriller que pretenda usar el suspenso como recurso primordial, hay un elemento narrativo que se vuelve indispensable y del cual depende que el relato funcione o no: el punto de vista. Y si hay algo que la directora Karyn Kusama entiende cómo usar, es el punto de vista. A través de Will, director y guionistas, deciden qué información revelar y qué información ocultar, pero lo importante es que esto sucede con total naturalidad dentro de ese universo ficcional, y no como aparatosas excusas para hacer avanzar la narración. En este sentido, la cinta se mueve con gran soltura y convicción, arrastrándonos en su doble juego de paranoia y tensión.

Otra de las cosas que la película hace realmente bien, es respetar a raja tabla el implícito pacto que, la misma cinta, obliga al espectador a aceptar en la introducción. Esto no pasa tan seguido como debería, y sucede con frecuencia que, lo que había empezado como un thriller de suspenso acaba por convertirse en un slasher film, o (en el peor de los casos), en un trillado metraje de acción. The invitation, en cambio, ha decidido desde el principio que tipo de película quiere ser, y lo respeta hasta el último minuto, en donde el desenlace demuestra la gran madurez del guion.

Desde el punto de vista visual, la elección de los planos es estéticamente interesante y ponen de manifiesto la personalidad a la que la cinta aspira, sobre todo en algunas elipsis espaciales, o ciertas transiciones que podrían haber funcionado con planos básicos, como por ejemplo cuando el grupo sube, en masa, las escaleras para pasar por primera vez al comedor. Todas las decisiones de cámara, ya sea en angulación o en tipo de plano, encajan armónicamente en la construcción de la atmosfera que la historia necesita, sin ostentar la pretensión de otras películas de estas características. Aquí todo juega, de manera exclusiva, en favor del relato. No distrae, sino que más bien complementa.

Lo mismo se puede decir del sonido, austero pero efectivo, que no requiere de exuberantes despliegues técnicos, sino, tan solo, de acompañar la ambientación que, narración y planos, ya están edificando. Y así lo hace.

El último de los factores que permite a esta película independiente funcionar como un buen ejercicio de suspenso, es la correcta interpretación de los actores. Si bien John Carroll Lynch y Michiel Huisman sobresalen, en general, todos aportan verosimilitud y se ciñen a los perfiles que representan, enriqueciendo la atmósfera y cargándola del realismo que necesita.


En definitiva, The Invitation es uno de esos raros ejemplos de película independiente con amplio dominio del lenguaje cinematográfico. Para los amantes del género, es una oportunidad interesante de disfrutar de una cinta capaz de ir a las fuentes del suspenso sin desilusionar en su conclusión; y para los que no, será una buena excusa para acercarse a una cruda demostración de éste.

Hay que verla.