Julieta [2017]

Hacía tres años que Almodóvar no estrenaba película y, considerando que ésta última había sido la intrascendente “Los amantes pasajeros”, podríamos decir que, desde “la piel que habito”, el español no entregaba uno de los importantes dramas a los que nos tiene tan acostumbrados.

En el caso de Julieta, su nuevo film, Almodóvar se asegura una historia vibrante y multidimensional al comprar los derechos de tres cuentos de “Runaway” (Escapada), la antología Alice Munro, Premio Nobel de Literatura en 2013. Dichos relatos —respectivamente: “Chance”, “Soon” y “Silence”—, exploran la vida de Julieta en tres importantes etapas de su vida, marcados por tres sucesos que terminan por determinarla.

Con este precedente y con una escritora de esa talla por detrás, parecía difícil que la cinta decepcionara narrativamente y, sin embargo, termina por hacerlo al no ser capaz de recrear uno de los aspectos más importantes de la prosa de Munro: la natural fluidez en el ritmo del relato.

Almodóvar decide situar la historia en el presente, con una Julieta adulta que contará su vida en la forma de un gran flashback, y cada uno de los grandes giros del plot principal —especialmente el primero—, se sentirán algo forzados o fuera del tono adecuado. Una probable causa sea, justamente, el tono que la película maneja, por momentos caricaturesco y con algunas similitudes a cierto cine de Wes Anderson. En algunos pasajes, Julieta revisita su propio pasado como si estuviese leyéndole a su hija un libro de cuentos, lo cual no siempre funciona dentro de la narración, y vuelve difíciles de convencer, o menos verosímiles, ciertos sucesos que deberían serlo. Sucede tan seguido esta contradicción entre lo que se está contando y cómo se lo cuenta, que después de la primera hora puede, incluso, molestar.

Desde el punto de vista actoral, el metraje es irregular. Si bien, por momentos, las Julietas (Emma Suárez, Adriana Ugarte) son convincentes y logran transmitir lo que la historia exige de ellas, en escenas claves—conforme el guion evoluciona—, que funcionan como punto de inflexión en la vida de la protagonista y en los cuales —intuimos— algo cambiará para ella, ninguna de las dos actrices principales alcanza esa “transferencia emocional” que todo arte narrativo necesita para poder funcionar. Estos eventos se perciben inorgánicos y artificiales desde la interpretación, pero también desde la decisión del director respecto a donde poner la cámara, que falla en conseguir el efecto que busca en, al menos, dos ocasiones que acaban por ser anticlimáticas, incluyendo una muy cerca del final.

El punto más alto de la película es, sin duda, su apartado visual, que es estético e impecable. Cada uno de los planos (todos y cada uno), tiene una cuidada composición, colorida y vistosa, plagada detalles a los cuales el cine del Almodóvar nos tiene acostumbrados, pero no menos sorprendidos. La puesta en escena es maravillosa y disfrutable, con gran precisión respecto a la carga cromática y los estados de ánimo que con ella se busca transmitir. Gran responsabilidad en esto tiene, seguramente, Antxón Gómez, quien ha sido director artístico en films de Almodovar otras ocasiones (“Todo sobre mi madre”, “hable con ella” y “la piel que habito”), cuya mano y personal estilo se aprecia con claridad, también en esta película.

Julieta es un film entretenido y disfrutable, con muchas fallas narrativas pero una gran potencia visual. Recomendable para aquellos que busquen pasar el rato con una historia entretenida; para nada recomendable para quienes hayan leído los cuentos de Munro y esperen ver una fiel adaptación en pantalla.

 

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Victoria [2015]

El subtítulo de la portada dice: una ciudad, una noche, una toma. Pero, a decir verdad, Victoria —la película del alemán Sebastian Schipper— es mucho más que eso.

Disponible actualmente en Netflix, Victoria muestra en tiempo real como una joven española conoce en una disco a un grupo de locales, y sale con ellos a experimentar la noche de Berlín.

La película es un plano secuencia, es decir, está filmada en una sola toma, lo cual es lo suficientemente auto explicativo como para reconocer la destreza con la que fue realizada, aunque, en este caso, lo importante es decir que el director no utiliza este recurso como indicador de capacidad técnica, sino, por el contrario, para lograr un efecto muy específico: volver invisible a la cámara.

En cine, el narrador no es un personaje más de la historia como en la literatura, en donde determina el punto de vista y, a través de este, construye la doble lectura que todo buen relato debe tener; sin embargo, en el lenguaje cinematográfico, el rol activo de la cámara representa en sí mismo una forma arbitraria de mostrar, lo cual es equivalente a decir que simboliza la decisión estética del autor por poner los ojos del espectador sobre determinada cosa y ocultar —u obviar—algunas otras. En términos visuales, éste es el narrador.

El efecto que persigue Schipper con esta forma de mostrar, es ubicar al espectador en el lugar intimista, casi de primera persona, en donde la cámara se vuelve uno más dentro de ese grupo de personas que se mueven, totalmente orgánicas, a través de las calles berlineses. Y con este movimiento coreográfico de la cámara y los actores consigue, paradójicamente, hacerla invisible de modo tal, que el público no tiene la necesidad de entrar en la historia, sino que ésta lo arrastra sin tregua.

Pero, como siempre, nada de esto funcionaría, si no fuese respaldado por una narración coherente y cohesiva. Hay, en Victoria, una tensión inherente en todas las decisiones que son tomadas y un juego con el prejuicio del espectador, que manipulará de manera directa sus posibilidades de anticiparse a lo que se viene. Para lograr esto, los personajes se desarrollan con mucha paciencia sobre una base estereotipada de roles sociales: hay una joven mujer que acepta, ni bien la cinta comienza, salir del boliche para ser acompañada por cuatro jóvenes hombres cuyas intenciones desconocemos. Es un suspenso natural, desprovisto de todo tipo de artificio visual o narrativo: se propone un punto de partida, y el resto se completa, en su totalidad, en la cabeza del espectador con sus propias expectativas o temores.

Si bien es cierto que, cuando los minutos avancen, aparecerán algunos giros de guion que, podríamos llamar, “inocentes”, de ninguna forma se podrá decir que estos han sido excusas narrativas. Todos responden a la lógica de los personajes construidos desde el primer minuto; incluso aquellos que resuelvan el conflicto principal.

Hay en Victoria un buen balance de la carga dramática de los personajes que responde, esencialmente, a la naturalidad del plot y a la complejidad de los personajes, pero también al interesante trabajo de los actores, sobre todo el de Laia Costa (Victoria), primera extranjera en ganar el premio Lola, uno de los más prestigiosos que entrega la Academia Alemana de Cine. No será una sorpresa agregar que gran parte de los diálogos fueron improvisados.

Victoria consigue, gracias a la suma de: decisión narrativa de puesta de cámara, desarrollo de personajes, interpretación y una historia convincente, construir una película intensa, novedosa, y eficaz, que funciona debido al grado de verosimilitud que la unión de sus factores alcanza. Hay que verla.

The Discovery [2017]

Una de las saludables tendencias más recientes de Netflix, ha sido la de incorporar a su servicio de streaming, películas independientes aparecidas en festivales de cine que, de otra manera, son muy difíciles de conseguir. El sistema de distribución es tan complejo y voraz, que, en la gran mayoría de los casos, nos quedamos sin ver películas que no son adquiridas por las grandes distribuidoras internacionales. The Discovery es una de estas apuestas de la plataforma, por el cine independiente norteamericano, aunque —ya veremos—, no esté a la altura de las circunstancias.

Ya desde la introducción, las elecciones del film resultan fallidas: en cuanto abre la cinta, Thomas (Robert Redford) será entrevistado por Mary Steenburgen (quién aparecerá aquí por única vez, sólo como excusa para explicar de inmediato lo que, aparentemente, necesitamos saber cuánto antes), y allí seremos introducidos, con todo detalle, al descubrimiento: Thomas ha sido capaz de asegurar —utilizando el método científico— que existe “algo” después de la muerte. También aprenderemos en esa entrevista (de no más de cinco minutos), las consecuencias del descubrimiento y el estado actual del mundo, a partir de éste. Mientras la premisa es interesante y atrapa al espectador, el modo que utilizan de contarla, es mecánico: dos personas describiendo con palabras algo que bien podría ser mostrado, eliminando de esta manera el potencial suspenso de permitir al espectador experimentar esa realidad. En cambio, Thomas y la entrevistadora ponen sobre la mesa la causa y, además, las consecuencias de ese futuro, sin otorgar al público, el tiempo suficiente para procesar, al menos, la idea principal, para después sorprenderlo con su consecuencia. La película comete este tipo de errores en casi todos los giros de guion, rompiendo uno de los preceptos básicos de la narrativa: no describas lo que, mejor, puedes mostrar.

En este mismo sentido, la cinta cae de manera constante, en fallas comunes de guion: personajes que se encuentran de casualidad en los mismos lugares, dos personas dicen algo sobre alguien que, convenientemente, lo escucha porque justo pasaba por ahí, personajes con motivaciones poco claras —caso del protagonista Will, que no se entiende lo que realmente busca—, forzados clímax emocionales que no funcionan por no haber logrado un efectivo interés en los personajes, subplots artificiales que —cuando se resuelven— , son subestimados, incluso, por los  mismos partícipes  y, además, la necesidad de la cual el libro parece no poder escapar: explicar todo el tiempo con palabras, en lugar de utilizar imágenes. Eso resulta por no convencer en la mayoría de los casos.

No obstante, hay un elemento clave en el que la película falla, más importante que todo lo enumerado; algo que es crucial evitar en cualquier historia, sobre todo, en las de ciencia ficción: el reduccionismo absoluto. En el universo ficcional imaginado para la película hay dos premisas: primero, que está probada la vida después de la muerte, y segundo, que esto ha desencadenado una imparable ola de suicidios. La gente no quiere existir más en esta vida, porque la consideran innecesaria y dolorosa. Ese es el punto de partida, lo que aprendemos en los primeros cinco minutos, y no podemos discutir. Sin embargo, conforme los minutos de metraje avanzan, el relato jamás ahonda en otro tipo de respuestas al descubrimiento ni, mucho menos, en otro tipo de consecuencias. Este factor, quiebra por completo la potencial verosimilitud de esa ficción, y la vuelve increíble, lo cual no sería un problema si la cinta no hubiese buscado, desde el minuto uno, ser tomada en serio. Y aquí es en donde ese reduccionismo dramático, que deja de lado la gran cantidad de posibles aristas que la reacción humana podría tener respecto a un descubrimiento como éste, pone en evidencia que la película, planteada en la introducción como una distopía, no es capaz de mantenerse dentro del concepto, y todas las intenciones por devolverla a ese camino, se ven forzadas.

Previsiblemente en un guion tan fallido, el desenlace del conflicto principal no funciona, sin que eso sea, ya a esa altura de la película, una sorpresa para nadie. Y, si muchas palabras después, no se ha dicho nada sobre las actuaciones es porque, en definitiva, han sido poco relevantes. Por momentos parece que ni ellos mismos están convencidos de lo que están contando, especialmente Jason Segel que personifica al protagonista Will, con quien es bastante difícil conectar.

Por todo lo dicho, The Discovery, una de las más recientes apuestas de Netflix por el cine independiente norteamericano, puede entenderse también como una crónica de lo que sucede, cuando no se sabe bien qué hacer con una buena idea.

Tallulah [2016]

Decir que Sian Heder, escritora y directora de Tallulah, fue primero escritora de las tres primeras temporadas de Orange is The New Black, dará una idea aproximada de lo que podemos esperar de este film independiente disponible en Netflix desde Julio del año pasado.

Con un buen ritmo y tono, la película presenta la historia de cuatro mujeres cuyas vidas se cruzan por la razón menos convencional. La protagonista Tallulah, interpretada por Ellen Page, es una joven que pretende estar al costado del sistema, viviendo en la misma van con la que recorre el país, y consiguiendo el dinero con el que apenas puede sobrevivir, principalmente de hurtos o pequeñas estafas. Tallulah comparte la aventura con su novio Nico (Evan Jonigkeit), que está un poco cansado de la vida que llevan y quiere volver a ver a su madre, Margo (Allison Janney), a quién no ve hace dos años. Margo es, por su parte, una mujer solitaria a quien tanto su marido como su hijo han abandonado. El grupo de mujeres se verá completo con Carolyn (Tammy Blanchard)—madre reciente que, sin embargo, solo está preocupada por la posibilidad de que su marido la abandone—y su pequeña hija Madison de apenas un año.

El relato explorará en profundidad la historia de cada una de las mujeres y expondrá, breve pero efectivamente, quiénes son y qué cosas las llevaron a ser esas que son.  En última instancia, el interés de la película, podría decirse, reside en la incansable búsqueda de propósito de tres mujeres atravesadas por diferentes tipos de soledad, vacío y frustración. La palabra familia también resonará mucho en una cinta que indaga con sutileza la profundidad de las constituciones familiares y como estas moldean el carácter individual de las personas no sólo en las etapas iniciales de la vida, sino también en la edad adulta cuando la persecución de ese ideal que representa el formar una familia se complejiza. Las tres protagonistas recorren procesos disímiles que terminan por desembocar en inevitables puntos de contacto que funcionan como espejos en donde se ven reflejadas de una forma u otra.

El problema de mucho cine contemporáneo —independiente o no—, suele aparecer a la hora de construir personajes verosímiles, algo que resulta totalmente esencial: si no puedo creer que aquel personaje existe en su propio universo ficticio, no puedo identificar sus emociones y, por consiguiente, pierdo el interés en su historia. Esto es especialmente importante en dramas como Tallulah que persiguen las virtudes de las historias mínimas, con el objetivo de explotar el poder simbólico que la propia realidad tiene cuando la apreciamos desde afuera. Es decir, si logramos identificar lo que estamos mirando como una extensión del propio mundo que vivimos, entonces quizás podamos extrapolar lo que sucede en la pantalla para traducirlo en nuestras propias preguntas existenciales. Esto es algo que la película consigue con gran acierto y, lo que es aún más notable, sin ningún esfuerzo: en donde otros dramas acosan los sentidos del espectador para forzarlo a creer que lo que está mirando es transferible a la realidad, Tallulah propone, sin ninguna pretensión, y se enfoca en los detalles.

La película, como ya es posible deducir, presenta, un certero retrato de cuatro mujeres contemporáneas en diferentes fases de su vida, evitando los forzados estereotipos mil veces vistos, y ofreciendo en cambio frescos y sinceros puntos de vista para ellas.

Habiendo dicho esto, es crucial también agregar que el film tiene sus limitaciones (de las cuales se muestra plenamente consciente), y no puede evitar caer en ciertos lugares comunes, así como en determinadas respuestas que resultan menos convincentes que otras. De todas maneras, en general, es bastante correcto en cuanto a la línea narrativa y su correspondencia con la realidad. Ese es, de nuevo, su mayor fortaleza.  Hay una buena resolución del conflicto principal, hay un buen manejo de la tensión previa al desenlace y hay un acierto en cuanto a qué cosas elige mostrar y qué cosas no, en los últimos minutos de la película, lo cual reviste su mensaje inherente, de delicadeza y sutilidad, a la vez que lo hace funcionar.

En resumen, una buena opción para elegir en Netflix, independiente, bien escrita, discretamente filmada, austera y efectiva. Si bien no necesaria, definitivamente, recomendable para ver.

Paterson

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Paterson es el regreso como director de Jim Jarmusch, tres años después de su personalísimo retrato sobre el desdén de dos vampiros centenarios en Only Lovers Left Alive, en este caso, con una historia enmarcada en una realidad bastante más mundana.

Paterson (Adam Drive) es un chofer de autobús que ha nacido y vivido toda su vida en Paterson, una pequeña ciudad que existe a pocas horas de New York. Su vida está regida por la rutina más inflexible y estructurada: todos los días despierta a la misma hora sin la necesidad de alarma, guarda su almuerzo en una pequeña valija que conserva para eso, y camina por las mismas calles para llegar a su trabajo, en donde sube al autobús que tendrá que manejar por exactamente la misma ruta de siempre. Antes de salir a manejar y a la hora del almuerzo, Paterson escribe poesía en un cuaderno que lleva siempre consigo, porque él es, también, un poeta. Luego vuelve a casa, en donde lo espera Laura (Golshifteh Farahani), su mujer, junto con su perro Marvin al cual sacará a su paseo nocturno todas las noches sin falta, momento en el cual tomará una cerveza en el bar antes de acostarse. Ésta es la vida de Paterson, en donde todos los días son, aparentemente, iguales.

Aquellos que estén familiarizados con el cine de Jarmusch corren con una cierta ventaja, ya que sus films suelen ser de una naturaleza contemplativa, lo cual puede significar un obstáculo o ahuyentar cierto público menos acostumbrado a este tipo de narrativa. El apartado rítmico de la película, es un reflejo de lo que se intenta: hay una pausa entre escena y escena, incluso entre día y día, como si fuese una conversación en slow motion entre relato y espectador. La historia es plana, lo cual no quiere decir chata, porque hay un pequeño conflicto que atraviesa la cinta pero no quizás en donde podríamos esperarlo.

Paterson funciona como dos cosas: en primer lugar como una intención de contrastar con el cine de respuestas, en donde todo es movimiento: de cámara, de guion, de secuencia y hasta de tensión dramática. Es también una forma de establecerse, levantar la mano y demostrar que otro cine —si bien independiente— puede ser posible en Norteamérica. Y en segundo lugar, funciona como la intención de establecer preguntas generales, desde la historia más particular de todas.  Es que, al ser una historia tan convencional y regular como la de cualquiera, Paterson invita a detenerse en los detalles.

Paterson (el conductor) será el único punto de vista de la película y, a través de él,  veremos el mundo. O al menos el mundo que él experimenta. En este sentido, la tensión que traspasa  todo el film, es la de su propia individualidad. Su propia expresión de ser en el esquema social.

Paterson está, a la vez maravillado y contrariado, de la cantidad de gemelos que aparecen ante sus ojos. Personas, en apariencia, idénticas pero en esencia diferentes. Hay un permanente juego con el tema en toda la película, también cuando descubrimos que el dueño del bar mantiene pegadas en la pared detrás de la barra las apariciones públicas de personas famosas o pseudo famosas de la ciudad. Es decir, personas que, de alguna manera, han logrado destacar  entre la corriente multitud del lugar.

Luego aparece la inevitable pregunta sobre el arte. ¿Tiene derecho a entenderse artista una persona como él?, parece decir Jarmusch. En ningún momento de la cinta Paterson se declara poeta, la palabra solo sale de los labios de su mujer, sin embargo él se mantiene escéptico. Él acepta y disfruta del estado de las cosas, no reniega del mundo ni tiene una posición apática o de disgusto. No tiene ambiciones de trascendencia ni parece querer tenerlas. Paterson simplemente disfruta de ir a su lugar preferido de la ciudad a la hora del almuerzo, para describir lo que resulta de su observación del mundo, en un anotador que nadie jamás ha visto. Es la expresión suprema de su libertad, en un mundo cerrado en la ortodoxa estructura de lo cotidiano.

Y por último hay, también, una particular historia de amor en donde no hay conflicto alguno. Paterson y Laura son dos personas capaces de comprenderse y aceptarse como son, con todo lo que eso implica y con sus personalidades tan disímiles. Aun cuando ella tiene una excéntrica visión de lo estético, totalmente yuxtapuesta a la de Paterson. Lo mismo sucede con Marvin, el perro, que funciona como una extensión de Laura, y que él acepta sin más.

Paterson es casi como una pintura en movimiento, en donde todo lo que pasa, no sucede en la superficie sino más bien en el fuera de campo, que bien pueden ser la raíces de la condición individual del protagonista. Y si estamos dispuestos, también podría ser la nuestra.

The handmaiden

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El hecho de que The handmaiden sea la nueva película de Chan-wook Park, director de la enorme trilogía de la venganza (Oldboy, Sympathy for Mr. Vengeance y Lady Vengeance), debería ser razón suficiente para acercarse a la cinta. Más aun, cuando es una de las más logradas del surcoreano.

La doncella, o “Mademoiselle”, es una historia de amor, locura, perversión, violencia y oscuridad. Rozando por momentos lo fantástico, el director nos llevará por el vertiginoso camino de una propuesta que mutará reiteradas veces de género y forma.

En una Corea de los años 30, invadida por Japón, una joven huérfana que forma parte de un grupo de falsificadores y criminales menores, Sook-Hee (Kim Tae-Ri), recibe el ofrecimiento de un estafador conocido en el pueblo, para trabajar como criada de Hideko (Kim Min-Hie), una refinada y rica japonesa, que vive recluida en la enorme mansión de su tío Kouzuki (Cho Jin-woong). Hideko es poseedora de una gran fortuna, y no tiene descendientes directos, por lo cual el estafador ha creado como su alter ego al conde Fujiwara (Ha Jung-woo), con el cual intentará enamorar a la mujer, casarse con ella y quedarse con su dinero. Para esto que solicitará la ayuda de Sook-Hee, quien se convertirá en la “criada” de Hideko, y funcionará como una infiltrada.

Sin embargo, la película cambiará muchas veces y nos sumergirá profundamente en la historia individual de cada personaje, todos ellos vibrantes y tridimensionales, y cada uno nos ofrecerá un punto de vista, un secreto, un móvil único y particular. Incluso la mansión se convertirá en uno de los protagonistas de la narración y, cuando parezca que la conocemos bien y que la hemos recorrido en profundidad, una nueva puerta nos llevará a un nuevo lugar o nos permitirá ver una habitación de un modo distinto.

Inspirado en la novela Fingersmith, de Sarah Waters, el guión adaptado es tan bueno, que bien podría servir de manual. Tiene un manejo del punto de vista orgánico y sorpresivo que lo notaremos conforme la narración crezca: nada es nunca lo que parece. Hay un despliegue estructural interesante de forma tal que el espectador verá no sólo una historia, sino tres o hasta cuatro, presentarse, desarrollarse y cerrarse  a lo largo de las dos horas de metraje, y la verosimilitud de los personajes, aún en los momentos más inverosímiles de la historia, será indiscutible.

Como todas las del surcoreano, The Handmaiden es una película cruda e intensa, con una tremenda potencia sexual, un extravagante despliegue visual y una sombra de perversión que ronda las imágenes de manera permanente. Todas las ideas plasmadas en la cinta son presentadas con fuerza y honestidad, sin medias tintas ni reparos de forma en las secuencias de sexo o en las de violencia.

La composición de tomas es muy variada, con algunos planos típicos de películas de terror infantil en donde la cámara, afuera de la mansión, se mueve entre las ventanas; otras de cámara fija y estética teatral en donde los actores se dispersan por la pantalla y el foco cambia conforme se vuelven relevantes para la escena, y hasta incluso hay secuencias cámara en mano, que nos revelan secretos y rincones de la mansión.

Cualquier cosa que se diga de “The handmaiden” no le hará honor y quedará chico ante la gran ambición de Park Chan-wook, quien crea un rompecabezas del cual es muy difícil hablar sin develar sorpresas. De lo mejor del 2016 y, además, una buena oportunidad para acercarse al cine surcoreano, para aquellos que aún no lo han hecho.