The Discovery [2017]

Una de las saludables tendencias más recientes de Netflix, ha sido la de incorporar a su servicio de streaming, películas independientes aparecidas en festivales de cine que, de otra manera, son muy difíciles de conseguir. El sistema de distribución es tan complejo y voraz, que, en la gran mayoría de los casos, nos quedamos sin ver películas que no son adquiridas por las grandes distribuidoras internacionales. The Discovery es una de estas apuestas de la plataforma, por el cine independiente norteamericano, aunque —ya veremos—, no esté a la altura de las circunstancias.

Ya desde la introducción, las elecciones del film resultan fallidas: en cuanto abre la cinta, Thomas (Robert Redford) será entrevistado por Mary Steenburgen (quién aparecerá aquí por única vez, sólo como excusa para explicar de inmediato lo que, aparentemente, necesitamos saber cuánto antes), y allí seremos introducidos, con todo detalle, al descubrimiento: Thomas ha sido capaz de asegurar —utilizando el método científico— que existe “algo” después de la muerte. También aprenderemos en esa entrevista (de no más de cinco minutos), las consecuencias del descubrimiento y el estado actual del mundo, a partir de éste. Mientras la premisa es interesante y atrapa al espectador, el modo que utilizan de contarla, es mecánico: dos personas describiendo con palabras algo que bien podría ser mostrado, eliminando de esta manera el potencial suspenso de permitir al espectador experimentar esa realidad. En cambio, Thomas y la entrevistadora ponen sobre la mesa la causa y, además, las consecuencias de ese futuro, sin otorgar al público, el tiempo suficiente para procesar, al menos, la idea principal, para después sorprenderlo con su consecuencia. La película comete este tipo de errores en casi todos los giros de guion, rompiendo uno de los preceptos básicos de la narrativa: no describas lo que, mejor, puedes mostrar.

En este mismo sentido, la cinta cae de manera constante, en fallas comunes de guion: personajes que se encuentran de casualidad en los mismos lugares, dos personas dicen algo sobre alguien que, convenientemente, lo escucha porque justo pasaba por ahí, personajes con motivaciones poco claras —caso del protagonista Will, que no se entiende lo que realmente busca—, forzados clímax emocionales que no funcionan por no haber logrado un efectivo interés en los personajes, subplots artificiales que —cuando se resuelven— , son subestimados, incluso, por los  mismos partícipes  y, además, la necesidad de la cual el libro parece no poder escapar: explicar todo el tiempo con palabras, en lugar de utilizar imágenes. Eso resulta por no convencer en la mayoría de los casos.

No obstante, hay un elemento clave en el que la película falla, más importante que todo lo enumerado; algo que es crucial evitar en cualquier historia, sobre todo, en las de ciencia ficción: el reduccionismo absoluto. En el universo ficcional imaginado para la película hay dos premisas: primero, que está probada la vida después de la muerte, y segundo, que esto ha desencadenado una imparable ola de suicidios. La gente no quiere existir más en esta vida, porque la consideran innecesaria y dolorosa. Ese es el punto de partida, lo que aprendemos en los primeros cinco minutos, y no podemos discutir. Sin embargo, conforme los minutos de metraje avanzan, el relato jamás ahonda en otro tipo de respuestas al descubrimiento ni, mucho menos, en otro tipo de consecuencias. Este factor, quiebra por completo la potencial verosimilitud de esa ficción, y la vuelve increíble, lo cual no sería un problema si la cinta no hubiese buscado, desde el minuto uno, ser tomada en serio. Y aquí es en donde ese reduccionismo dramático, que deja de lado la gran cantidad de posibles aristas que la reacción humana podría tener respecto a un descubrimiento como éste, pone en evidencia que la película, planteada en la introducción como una distopía, no es capaz de mantenerse dentro del concepto, y todas las intenciones por devolverla a ese camino, se ven forzadas.

Previsiblemente en un guion tan fallido, el desenlace del conflicto principal no funciona, sin que eso sea, ya a esa altura de la película, una sorpresa para nadie. Y, si muchas palabras después, no se ha dicho nada sobre las actuaciones es porque, en definitiva, han sido poco relevantes. Por momentos parece que ni ellos mismos están convencidos de lo que están contando, especialmente Jason Segel que personifica al protagonista Will, con quien es bastante difícil conectar.

Por todo lo dicho, The Discovery, una de las más recientes apuestas de Netflix por el cine independiente norteamericano, puede entenderse también como una crónica de lo que sucede, cuando no se sabe bien qué hacer con una buena idea.

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Rogue One: A Star Wars Story

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Curioso fue encontrarme en la sala de cine, recostarme sobre el asiento en cuanto se apagaron las luces, revisar a mí alrededor como quienes me rodeaban hacían lo mismo (cual ceremonia religiosa dominguera) y, luego de predisponerme a leer el opening crawl que precede a cada entrega de la saga de Star Wars, encontrarme con que no había tal cosa. Noté por el rabillo del ojo como algunas cabezas giraban, desconcertadas. Aquel fue el primer indicio que me sacó de mi zona de confort intergaláctica: la película sería diferente a la que me esperaba, y eso, en general, me obliga a entregarme a la experiencia sin la resistencia que suelo poner a este tipo de franquicia. Punto para Rogue One: la sana virtud de tener personalidad propia, dentro de un camino allanado por siete películas (sin contar serie animada, comics, y otros).

Esa no será la única sorpresa respecto al resto de la saga: también aparecerán planos de ubicación y rótulo para los planetas que la historia nos irá presentando, un uso novedoso de la elipsis, recurso característico de la saga, y, lo más importante, un decidido cambio de tono. Hay dos grandes mensajes que se leen en el subtexto de la película, sobre los cuales volveremos un poco más adelante.

Rogue One no deja de ser, sin embargo, una película que podríamos catalogar “de género” (no sólo ahora con estos spin-offs empaquetados, sino también antes), lo cual implica un análisis diferente, porque el género tiene sus reglas y, Star Wars, que es un subgénero en sí mismo, también las tiene. Entendiendo esto, se puede decir entonces que la película cumple con ese modelo en donde debe encajar. Se reconoce a sí misma, no intenta disfrazarse de algo que no es y, a partir de ese auto convencimiento crece en una historia que —se nota—, no tiene en la espalda el peso de ser un capítulo más en una historia superadora, sino que puede comenzar, desarrollarse y concluir. Este alivio le da a esta nueva entrega, una frescura que ninguna otra en la saga tiene.

Si fuéramos muy estrictos, podríamos decir que Rogue One es una película bélica. Estamos en medio de un conflicto y el apartado visual se ciñe a eso, lo cual es otro gran acierto. Se olvida de algunas composiciones típicas de Star Wars, para centrarse más en la estética del género, con cámara en mano y mucho movimiento.

 SPOILER ALERT 

El guion, claro, tiene algunas falencias clásicas que pueden entenderse (más no justificarse) como parte de este gran trabajo por independizarse y, a la vez, revitalizar el apellido. Hay un pobre desarrollo de personajes, cosa que notamos en los primeros minutos, cuando conocemos a Jyn (Felicity Jones) como una pequeña niña que logra esconderse adentro de una diminuta cueva a la cual su padre la envía antes de ser apresado por el malvado Krennic (Ben Mendelsohn), y luego volvemos a verla en la celda de una prisión a la cual no sabemos cómo ni porque llegó.

También resulta indescifrable (y hasta un poco sobreactuado) Cassian Andor (interpretado por Diego Luna), cuyos orígenes solo esgrime en la línea que tiene una vez que vuelven a la nave, luego de que el padre de Jyn ha muerto. Dos personajes, uno de ellos protagonista, que tienen mucha tela para cortar y aun así quedan relegados a unos pocos hitos de su vida, sólo los importantes para la historia que están contando. El único que logra salirse del acartonado estereotipo de su personaje es, sin dudas, Ben Mendelsohn cuyo Krennic resalta y se eleva sobre el resto en una cinta de interpretaciones y personajes chatos. Mendelsohn agrega ínfimos detalles gestuales, cambios en el tono de voz, en la represión de algunos gritos cuando pierde el control, y nos permite percibir su humanidad cada vez que lo vemos interactuar con las distintas fuerzas que operan en el lugar; podemos sentir su miedo en su encuentro con Vader, ira en su charla con Tarkin, desprecio cuando se cruza con Galen Erso (Mads Mikkelsen) y, sobre el final, todo su odio depositado en Jyn. De lo mejor del film, sin dudas.

 

Entre lo peor podríamos nombrar el innecesario agregado del digitalmente restaurado Gobernador Tarkin, que estuvo en pantalla más tiempo del que hubiera debido, algunas veces en primeros planos que parecían rogar al espectador que detectara los defectos del CGI. No se entiende porque no trabajaron otro tipo de planos menos explícitos. En definitiva, y a la larga, quizás sea mejor así, porque la idea de revivir gente y hacerla actuar digitalmente me parece pésima, poco falta para volver a ver a Marlon Brandon en algún estreno semanal.

Distinto es cuando la restauración se hace con un fin meramente emocional y no interpretativo, como el gran último plano de Leia, en donde el espectador detecta fácilmente la imperfección del rostro reconstruido, pero el foco de atención, en ese momento, está en otro lado, además que Leia no hace un gran despliegue actoral, está ahí, simplemente para recordarnos que cosa es la que estamos mirando.

Y si hablamos de esa magnífica escena final, imposible no hablar de la secuencia que la precede, claramente un bonus para los amantes de la saga: Darth Vader, el señor oscuro en persona, en lo que sería uno de los mejores usos de la fuerza de todas las películas, derribando gente en un pasillo e intentando recuperar el disco con los planos que los rebeldes logran apenas escabullir. Gran toque que finaliza la cinta en un interesante clímax nostálgico.

Cómo decía al principio, si bien el guion de Rogue One tiene muchos fallos, uno de sus más grandes aciertos es el cambio de tono que se lee en los dos mensajes escondidos que la película intenta transmitir. El primero es la complejidad moral que se le imprimió, particularmente porque vemos por primera vez a un rebelde matar alguien a sangre fría, el mismo que después será enviado a “matar a Galen Erso a toda costa”. Son acciones como estas las que suelen estar asociadas al lado oscuro y que, en este caso, le dan a Rogue One una voz mucho más personal.

El segundo mensaje que podemos interpretar, es esta suerte de “necesidad de involucrarse”, que es el conflicto central que Jyn atraviesa a lo largo del metraje y lo que, en definitiva, determina su arco de desarrollo: al principio no quiere formar parte de esa guerra porque no le interesa, y sobre el final entiende que la única forma de cambiar el mundo es arremangándose e involucrándose. Mensaje que hace juego con la realidad social y política que estamos viviendo en la actualidad.

FIN SPOILERS

Para cerrar esta crítica solo me queda decir que Rogue One es una película auto suficiente que podremos disfrutar aun si no hemos visto ninguna otra de la saga, y que, a la vez, sabe recompensar a los fieles seguidores de la franquicia. Es una película de género dentro de un universo sumamente conocido, que sufre entonces la previsibilidad de su destino, pero que tiene, sin embargo, la personalidad suficiente como para expandirse en su molde y entregar un gran espectáculo, revitalizar una saga, marcar el terreno para futuros spin-off y contar una historia entretenida e interesante.