Ya no me siento a gusto en este mundo

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I don’t  feel at home in this world anymore, también conocida como Ya no me siento a gusto en este mundo —disponible en Netflix desde hace unos días, luego de ganar el premio del jurado en el prestigioso festival de cine independiente de Sundance—, es la primera película que dirige el actor Macon Blair, quién, por cierto, tiene una pequeña pero muy graciosa participación.

Protagonizada por Melanie Lynskey y por Elijah Wood, la película se presenta como una especie de comedia negra, que salpica por momentos otros géneros (como el policial y el thriller) a lo largo de su hora y media de duración, con bastante soltura y solvencia.

Ruth (Lynskey) es una mujer depresiva y apática que transita la solitaria rutina de su vida con desdén y desgano, encontrando poco para hacer con su tiempo libre más que tomar una cerveza o leer un libro. Parece haberse resignado hace ya tiempo a la injusticia del mundo y sufre una reprimida aversión por las personas que lo integran. Todo cambia cuando su universo cotidiano se ve sacudido una tarde en la que llega a su casa del trabajo y descubre que alguien ha entrado y se ha robado su computadora y las joyas de su abuela. Esto dará un nuevo sentido a la existencia de Ruth, y encontrará en la obsesiva persecución de los responsables, la única y definitiva forma de cambiar el mundo. O al menos su mundo.

Se unirá a ella en esta difícil travesía su vecino Tony (Elijah Wood), un hombre, por lo menos, bastante poco ordinario. Católico practicante y amante de la cultura ninja, cargará el nunchaku, la estrella ninja, y pondrá toda su capacidad marcial y su inquebrantable sistema moral, al servicio de Ruth. Juntos, desenredarán el ovillo de la trama e intentarán resolver el misterio, cruzándose en el camino con una banda de criminales muy particular.

Lo mejor de la película y, sin dudas, lo que más trabajo parece tener por detrás, es la tremenda construcción de personajes lograda. Algunos de ellos, aun estando no más de dos minutos en pantalla, se sienten reales y complejos. Otros son tan torpes y caricaturizados, que incluso eso, los hace verosímiles porque dan la impresión de encajar y complementarse perfectamente con el contexto creado por la historia.

La cinta está bien dirigida, si bien tiene una estética simple y discreta, la composición de los planos es correcta, sin lujos ni grandilocuencias. Por el contrario, va directo al grano y prefiere que nos centremos en el relato más que en su destreza técnica. Lo que sí podríamos notar es que el coloreo de la imagen y la iluminación, si bien adecuada, no disimula el hecho de ser una película independiente, como si quizás lo hacen otras que se preocupan por sugerirnos a través de las tonalidades y los colores lo que está pasando internamente en los personajes. Aun carente de estos detalles, el componente visual es efectivo.

Otro de los elementos en donde la cinta cae, o se vuelve quizás menos sutil y más grotesca, es en el clímax, cuando el conflicto principal se resuelve y todos los cabos sueltos confluyen esbozando una  posible salida. Da la impresión de que en esa escena se abandona levemente la fina cuerda sobre la cual el metraje había caminado, y pierde un poco de vista el eje, que venía siendo su fuerte.

No había tenido la oportunidad de ver en acción a Melanie Lynskey más que en Two and a Half Men, así que fue una buena chance para prestar atención a su interpretación que, considero, está muy bien, acorde al personaje que le toca interpretar que, si bien no requiere grandes despliegues dramáticos, podría haber resultado un poco tosco, lo cual no sucede. Distinto me pasa con Elijah Wood, a quien había visto ya varias veces y siempre me daba la impresión que interpretaba al mismo personaje, sin embargo, aquí, aun a pesar de caer muchas veces en sus gestos más conocidos o en el tono de voz al que nos tiene acostumbrados, a grandes rasgos logra dar vida a un personaje secundario que tiene un perfil relativamente diferente al que usualmente trabaja.

En conclusión, la película es entretenida, está muy bien escrita, discretamente interpretada y filmada, por lo cual merece la misma (o más) distribución que otras tantas películas de industria que tienen características parecidas (aunque la mayoría de las veces ni siquiera están bien escritas), por lo cual el hecho de que Netflix haya comprado sus derechos es una buena noticia para todos. Vale la pena verla.

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Don’t Breathe

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Me senté a mirar Don’t Breathe con mucha expectativa porque venía con muy buena crítica, porque me gusta el trabajo de Fede Alvarez y porque, además de su obra, lo he escuchado en varias oportunidades y considero que tiene una forma muy interesante de entender el cine. La cinta, sin embargo, terminó por no ser lo que esperaba.

La nueva película del uruguayo, es un intento loable pero infructuoso de contarnos una historia simple, dentro de un género que tiene algunas reglas bastante estrictas como el thriller.  Si bien el director / escritor intenta escapar del cliché en momentos clave, (como la escena inicial, por ejemplo), el desenlace de la trama responderá a patrones que conocemos de sobra.

La sinopsis nos cuenta la historia de tres jóvenes delincuentes que entran a robar a la casa de un ciego, con la intención de hacerse de una buena cantidad de dólares que, presuponen, tiene escondido. Como no podía ser de otra manera, encontrarán que la casa guarda un secreto tenebroso. La primera cosa que no genera ninguna sorpresa son los perfiles de los protagonistas: Money (Daniel Zovatto), el típico criminal irracional dispuesto a todo que no escucha lo que el resto propone y se maneja sin ningún tipo de cautela, regido no por otra cosa más que su propio instinto; luego Alex (Dylan Minnette), el moralista, poseedor de un aparato capaz de desactivar alarmas que ha robado a su padre. Él es quien intentará en todo momento primar por la cautela y evitar cualquier tipo de confrontación; y por último está la joven Rocky (Jane Levy), aparentemente pareja del primero y objeto de amor del segundo. Ella será la fuerza de conflicto entre ellos y entre las decisiones que, a la larga, se verá obligado a tomar Alex, aun cuando contradigan asu propia moral.

El background de los personajes que la introducción construye, no parece ser suficiente para preocupar al espectador por la suerte de los protagonistas. En cambio, los fuerza a entenderlos estereotipados, lo cual predispondrá a adivinar el destino que a cada uno le espera.

Luego tenemos a Stephen Lang como “el ciego” que es, sin embargo, muy particular porque, no parece tener tampoco grandes capacidades auditivas u olfativas, a diferencia de lo que podría suponerse. En varios pasajes de la cinta, los tres delincuentes pasan literalmente al lado del hombre, sin que éste tenga siquiera la más mínima sombra de sospecha. Sólo será capaz de advertir la presencia de los extraños cuando hagan algún ruido muy evidente o cuando el ciego tenga el arma en la mano, con la cual parece tener especial puntería.

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Además de esta incapacidad por sentir empatía con los protagonistas, la casa en la que irrumpen tampoco transmite la sensación de ser el lugar “maldito” que podría haber sido. Digamos que dista mucho de ser el laberinto impenetrable de, salvando toda distancia, Lost Highway, o incluso de la reciente 10 Cloverfield lane. Por el contrario, los espacios que los protagonistas recorren son acotados y es solo la tenue iluminación, la que intenta transferirnos el suspenso de que algo quizás se esconda detrás de la puerta.

Si bien la duración es acotada, (apenas hora y media), la cinta cae en una monotonía de la cual se le hace difícil salir, especialmente cuando los giros y pequeños conflictos de guion se resuelven de maneras sino azarosas, al menos torpes o un poco inconexas.

La fotografía, sin embargo, está muy bien lograda y cada uno de los sectores de la casa logra crear un ambiente totalmente diferente y sugerente, gracias a muy buena iluminación y un gran juego con el color.

Don’t Breathe es una película discreta, que los amantes del género probablemente encuentren entretenida pero que, después de algunas de las grandes demostraciones de los últimos años, pasará rápidamente al olvido. Está correctamente filmada, pero tiene guion chato que no logra despegarse de los lugares comunes. De cualquier manera, me dejará atento al futuro trabajo del director, sobre todo si se acerca a variantes dentro del género.

Elle

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Cuesta creer que Paul Verhoeven, el director de Robocop, Total Recall o Starship Troopers, sea capaz de ponerse atrás de la cámara de una película como Elle. Sin embargo, el holandés demuestra gran versatilidad al llevar a la pantalla grande la adaptación de la novela “Oh…”, del parisino Philippe Djian. Esto significa, sin duda, un importante relanzamiento de su carrera que, si tenemos suerte, traerá aparejadas más propuestas como estas.

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Elle llega a su estreno comercial después de cosechar más de cuarenta galardones en su circuito festivalero, además de su nominación a la palma de Oro de Cannes, y una nominación al Oscar por mejor actriz; premios que hablan por sí solos del gran valor de la película. Cabe destacar, además, que en “La Internacional Cinéfila” que todos los años organiza el crítico Roger Koza (en donde críticos, programadores, directores de festivales y cineastas de diversas naciones eligen cinco películas significativas), Elle fue la película que obtuvo más menciones.

Lo que hace única a esta cinta es una combinación de variables que rara vez conviven tan armónicamente: historia, tono e interpretación. Un relato vibrante y sorprendente, (no sólo por los giros inminentes de guion, sino también por la naturaleza de lo que se cuenta y por la monumental construcción del personaje principal), es la piedra basal del metraje, que se completa con un ambiente perverso, retorcido y siniestro, soportado por toda la fuerza dramática de una gran Isabelle Huppert, actriz a quien este tipo de papeles le sienta muy bien. Pienso, por ejemplo, en La pianiste, de Haneke, película que tiene algunos puntos de contacto con Elle.

La premisa básica de la cinta cambia conforme los minutos pasan, sin embargo, podríamos resumir que, en cuanto el relato comienza, escucharemos sobre el fundido negro inicial, sin imágenes de ninguno tipo, el lamento de Michèle, quién, descubriremos en el acto, será violada por un hombre con una máscara negra que ha irrumpido en su casa. Aquella primera secuencia, orgánica y cruda, disparará en Michèle una reacción inesperada: el desdén casi inmediato por lo que acaba de suceder. En las siguientes escenas introductorias, si bien se la notará afligida, la protagonista se encargará de restar importancia al ataque, como se grafica en el tráiler, en aquella escena en el restaurante en donde ella les cuenta a sus amigos sin demasiada introducción, que “cree” que ha sido violada, que no ha denunciado nada y que, al fin y al cabo, no es tan importante.

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Sin embargo, secretamente, Michèle observará a quienes le rodean, e intentará encontrar al culpable del ataque en busca de venganza, mientras, a la vez, sufrirá el acoso del violador que jugará con ella a con mensajes sugerentes en el teléfono y notas en su casa. Con un importante rol en una compañía de videojuegos, ella jamás dejará de ser la mujer independiente y fría que pretende ser, aun a pesar de que su vida haya sido terriblemente alterada.

Además de Michèle, de una complejidad psicológica intensa, aparecerán otros personajes secundarios importantes y no menos perversos, como su amiga, el esposo de su amiga, su hijo cuya infumable pareja está embarazada, sus vecinos y sus compañeros de trabajo. Con cada uno de ellos, ella tendrá algún conflicto que resolver o alguna tensión dramática que atender y, otro de los aciertos del film, es su capacidad por explotar estos caracteres y sacarles el máximo provecho posible, acordes al relato.

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Lo curioso será como, a medida que la cinta avance, el espectador tendrá el lugar para jugar también un papel importante en la historia a punto tal que, es imposible que la misma persona que empezó mirando la película sea la misma que la termine. El arco dramático de los personajes, será también trasladado a la participación moral/intelectual del espectador, lo que representa la saludable ambición de una obra que no se anda con medios tintes. El mismo director dijo en diversos medios, que un guion como este, hubiese sido muy difícil de llevar a la práctica en Hollywood.

Elle es, entonces, una película poco convencional, sumamente controversial, perversa y retorcida, con algunos pasajes de comedia negra y otros de gran dramatismo, con una carga sexual transversal a todo el relato, que vale la pena ser vista no sólo por el excelso trabajo de Isabelle Huppert, sino también porque logra reflejar con nitidez el complejo entramado de fuerzas que pueden regir una vida.

The handmaiden

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El hecho de que The handmaiden sea la nueva película de Chan-wook Park, director de la enorme trilogía de la venganza (Oldboy, Sympathy for Mr. Vengeance y Lady Vengeance), debería ser razón suficiente para acercarse a la cinta. Más aun, cuando es una de las más logradas del surcoreano.

La doncella, o “Mademoiselle”, es una historia de amor, locura, perversión, violencia y oscuridad. Rozando por momentos lo fantástico, el director nos llevará por el vertiginoso camino de una propuesta que mutará reiteradas veces de género y forma.

En una Corea de los años 30, invadida por Japón, una joven huérfana que forma parte de un grupo de falsificadores y criminales menores, Sook-Hee (Kim Tae-Ri), recibe el ofrecimiento de un estafador conocido en el pueblo, para trabajar como criada de Hideko (Kim Min-Hie), una refinada y rica japonesa, que vive recluida en la enorme mansión de su tío Kouzuki (Cho Jin-woong). Hideko es poseedora de una gran fortuna, y no tiene descendientes directos, por lo cual el estafador ha creado como su alter ego al conde Fujiwara (Ha Jung-woo), con el cual intentará enamorar a la mujer, casarse con ella y quedarse con su dinero. Para esto que solicitará la ayuda de Sook-Hee, quien se convertirá en la “criada” de Hideko, y funcionará como una infiltrada.

Sin embargo, la película cambiará muchas veces y nos sumergirá profundamente en la historia individual de cada personaje, todos ellos vibrantes y tridimensionales, y cada uno nos ofrecerá un punto de vista, un secreto, un móvil único y particular. Incluso la mansión se convertirá en uno de los protagonistas de la narración y, cuando parezca que la conocemos bien y que la hemos recorrido en profundidad, una nueva puerta nos llevará a un nuevo lugar o nos permitirá ver una habitación de un modo distinto.

Inspirado en la novela Fingersmith, de Sarah Waters, el guión adaptado es tan bueno, que bien podría servir de manual. Tiene un manejo del punto de vista orgánico y sorpresivo que lo notaremos conforme la narración crezca: nada es nunca lo que parece. Hay un despliegue estructural interesante de forma tal que el espectador verá no sólo una historia, sino tres o hasta cuatro, presentarse, desarrollarse y cerrarse  a lo largo de las dos horas de metraje, y la verosimilitud de los personajes, aún en los momentos más inverosímiles de la historia, será indiscutible.

Como todas las del surcoreano, The Handmaiden es una película cruda e intensa, con una tremenda potencia sexual, un extravagante despliegue visual y una sombra de perversión que ronda las imágenes de manera permanente. Todas las ideas plasmadas en la cinta son presentadas con fuerza y honestidad, sin medias tintas ni reparos de forma en las secuencias de sexo o en las de violencia.

La composición de tomas es muy variada, con algunos planos típicos de películas de terror infantil en donde la cámara, afuera de la mansión, se mueve entre las ventanas; otras de cámara fija y estética teatral en donde los actores se dispersan por la pantalla y el foco cambia conforme se vuelven relevantes para la escena, y hasta incluso hay secuencias cámara en mano, que nos revelan secretos y rincones de la mansión.

Cualquier cosa que se diga de “The handmaiden” no le hará honor y quedará chico ante la gran ambición de Park Chan-wook, quien crea un rompecabezas del cual es muy difícil hablar sin develar sorpresas. De lo mejor del 2016 y, además, una buena oportunidad para acercarse al cine surcoreano, para aquellos que aún no lo han hecho.

 

La la land

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Cuando salí del cine, el sonido de las teclas del piano todavía retumbaba en mi cabeza y la calle, desierta, me significó el vacío de entender que no podía vivir en un musical y que nadie aparecería bailando en la vereda del frente para contarme de la vida o del amor.

Es que La La Land no es sólo una película, sino más bien un túnel preparado para transportarte a un lugar diferente. Como suele pasar en musicales o films de este tipo, la primera escena funciona como una invitación: si estás dispuesto, déjate llevar; y si no, quizás sufras un poco el melodrama de la cuestión.

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Comparada con Sing Street, el otro gran musical de este año —que, sin embargo, recibió mucha menos atención de la crítica—, La La Land es una película más acotada que toca temas bien específicos: la frustración, la pasión, los sueños, el amor. Podríamos extenderlo también al eterno debate entre lo comercial y lo autoral o incluso a la mercantilización capitalista de la pasión, pero omite abiertamente algunas aristas de la vida porque el nervio que busca tocar es otro. Y es, también, una película bastante autorreferencial, es por esto que gustó tanto en los círculos críticos de la industria norteamericana: porque, en cierta forma habla de ellos y de su forma de acercarse a Hollywood, estereotipados como soñadores incansables que dejarán todo para poder hacer lo que ellos quieren, de todo corazón, hacer.

Mia (Emma Stone) trabaja de barista en un café, al lado del “Hollywood Center Studios”. Su sueño es ser actriz, y todos los días ve como famosas actrices van y vienen por el café, mientras ella reparte sus días entre los horarios en los que le toca atender y las audiciones en las que nunca tiene suerte. En diversas situaciones se cruza, por casualidad o no, con Sebastian (Ryan Gosling), un músico que está loco por el jazz y no puede tocarlo en el restaurante en donde trabaja por ser considerado triste y pasado de moda. Su gran anhelo es abrir su propio bar de jazz. La tensión narrativa de la película girará en torno a cómo ellos se enamoran y, entre tanto, luchan por conseguir lo que tanto quieren.

 SPOILER ALERT 

Dentro del contexto de este romance, se puede decir que La La Land es sincera, ya que el giro final tiene un cierto elemento sorpresa: los protagonistas dejarán de lado su historia de amor para entregarse cien por cien a las posibilidades que la vida les presenta de seguir su pasión. Es un mensaje decididamente egoísta, que se subraya sin titubeo  en la escena final de la cinta, cuando se encuentran años después en el bar que Sebastian ha montado y cruzan una mirada que primero es melancólica, y después es de aparente felicidad por el “bienestar” del otro. La conclusión que despierta ese plano final es, entonces, que el amor es secundario o que, más bien, el verdadero romance no era entre ellos mismos, si no de ellos con sus sueños individuales. No se puede negar que ese desenlace, en una película de este tipo, tiene cierto sabor a honestidad intelectual.

FIN SPOILER

Es cierto que La La Land es irregular, y que algunas escenas que deberían tener más fuerza dramática, no la tienen, pero la realidad es que, pasado un cierto punto de la narración, no parece que eso sea lo importante. Si el espectador ha sido sumergido con éxito en ese hechizo maravilloso que Chazelle propone, lo interesante será ver la historia fluir con el despliegue emocional que el director ha ideado y no tanto detenerse en la estructura “formal” que, en un musical de este tipo, poco sentido tiene.

Técnicamente, la película es impecable, salvo algún que otro error pequeño de continuidad (en la primera escena en donde los cruzamos en la autopista, que se divide en dos para presentar a los personajes individualmente, se nota bastante que fue filmado en momentos distintos). La coreografía las canciones, el clima, las luces que suben y bajan, los primeros planos, los movimientos de cámara que están tan coreografiados como los actores, las innumerables referencias al cine clásico de Hollywood; todos elementos que componen un universo fantástico e hipnótico que nos tomará de rehén por dos horas.

Punto aparte para los actores. Es bastante complicado juzgar el desempeño actoral después de ver como dos actores son capaces de bailar, cantar e interpretar con una intensidad increíble, sin embargo, sí me dio la impresión de que el nivel fue dispar. Mientras Ryan Gosling logra estar siempre en el tono necesario para construir el mensaje emocional que las escenas requieren, a Emma Stone la noté un tanto irregular. Ésta es una cinta particular en donde los primeros planos son, necesariamente, los portadores de la fuerza interpretativa. Si bien hay diálogos, antes, después, y durante de algunas canciones, el primer plano nos invita a mirar a través el protagonista, por lo cual es necesaria una cierta presencia interpretativa que, me parece, Emma Stone no tuvo en algunos de ellos. Hay escenas en donde sí lo logra, (las audiciones, por ejemplo), pero otros en donde se nota a las claras que el tono no es el que el resto del preparado visual está pidiendo.

No sé si la película es merecedora de todas las nominaciones que obtuvo a los Oscar, así como no sé si la propia Titanic las mereció en su momento, pero sí creo que intentar objetivar la trivialidad de un premio que intenta perpetuar como mainstream un cierto tipo de cine, es, al menos, inconducente. La la land merece ser vista porque, como dijo alguien por ahí, la vida no es un musical, pero cuan conmovedor resulta ver cómo sería si así lo fuera.

Money Monster

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Supongo lo único que me llevó a dar play a esta película fue la curiosidad que despertó el hecho de que Jodie Foster sea la directora. A decir verdad, ni siquiera sabía que ya había dirigido alguna otra cosa antes, y ahora que reviso en IMDB, veo que tiene algunos otros créditos, como un capítulo de House of Cards y algunos de “Orange Is the New Black”.
Lamentablemente, Money Monster es una película irrelevante en todos los sentidos. El argumento base puede reducirse así: el conductor estrella de un programa de televisión sobre inversiones y movimientos en la bolsa, es tomado de rehén, cuando un espectador furioso ingresa al canal con un arma y un chaleco repleto de explosivos, y pide que no se apaguen las cámaras o lo matará.


Lee Gates (George Clooney), es un showman. Un conductor excéntrico y carismático, que se encarga de “alentar” a sus espectadores a que inviertan su dinero en tal o cual cosa, con la perspectiva de tener un buen rédito económico; cosa que no ha pasado con Kyle Budwell (Jack O’Connell), quien puso los ahorros de toda su vida en una opción que, según Lee había asegurado, era una cosa segura, y sin embargo se desplomó de la noche a la mañana, dejando a Kyle sin nada. La necesidad de transmitir aquello en vivo, ha dejado como rehén indirecta a Patty Fenn (Julia Roberts), la productora del programa, y será ella quien intentará guiar a Lee por el camino dialéctico que debería mantenerlo con vida.

 SPOILER ALERT 

La película es previsible y el único aspecto que podríamos considerar redimible es la claustrofóbica tensión que se consigue, al llevar la acción de la mayor parte de la cinta al estudio desde donde se transmite el show. Los giros de guion se ven venir a leguas, sobre todo en el segundo acto en donde, pasado el susto inicial, Lee será asistido por su productora y reproducirá exactamente lo que ella le aconseja decir para calmar al atacante. Luego, lentamente ahondarán en el problema central del metraje, que es el de Kyle, e intentarán encontrar la explicación de porqué 800 millones de dólares desaparecieron de la noche a la mañana, supuestamente a raíz del fallo en un algoritmo informático, en la compañía en la que el hombre había invertido y que luego, obviamente descubriremos, no fue así. También se tocarán algunos otros pequeños conflictos a lo largo de la cinta, como la relación entre Lee y su productora, quien estaba dispuesta a dejarlo para ir a trabajar a otra cadena, así como la relación entre Kyle y su mujer, que lo desprecia y considera un inútil. Estos dos argumentos secundarios, sin embargo, no serán explotados por la historia.

Y qué decir del final, cuando salen del estudio. Si la película sostenía su única razón de ser en el clima construido por el encierro en el canal, cuando salen a la calle a buscar el desenlace de la trama todo se vuelve irreal y hasta grotesco, perdiendo el rumbo por completo. Víctima y victimario habrán establecido un inverosímil vínculo entre ellos, que provocará, en una de las últimas escenas, un acartonado primer plano de George Clooney sufriendo por la suerte del criminal.

FIN SPOILER


En definitiva, Money Monster me dio la impresión de ser la típica película que deben filmar solo por cuestiones de agenda y compromiso. Poco desarrollada, con un buen conjunto de actores desperdiciados y sin transmitir más que una historia chata, previsible y poco interesante.

Locke

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Un auto, un teléfono celular y Tom Hardy. Eso era todo lo que hacía falta para hacer cine. Olvídense de los efectos especiales, los sorpresivos giros argumentales y una presuntuosa composición de planos. Steven Knight, su escritor/director, entendió todo bien y nos evita cualquier tipo de elemento innecesario que pueda hacernos perder de vista el objetivo final de su película: contarnos una historia. Tan simple como eso. Tan esencial como eso.

Es poco lo que se puede decir sin arruinar la sorpresa, porque el metraje está pensado para que descubramos todo despacio y en el momento preciso, ni antes ni después, así que sólo voy a decir que Ivan Locke (Tom Hardy), un reconocido capataz de obra de principios inquebrantables y padre en una familia predilecta, justo en la noche previa al inicio de la construcción más ambiciosa de la ciudad, ha decidido tomar el auto y manejar toda la noche hacia un lugar que desconocemos, con su teléfono y un listado de personas a las cuales llamar.

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Conforme la hora y media transcurra, entenderemos fehacientemente quién es Ivan Locke y porque hace lo que hace. Entenderemos su historia y entraremos en su vida sin habernos movido jamás del asiento del auto. Lo sabremos todo sin que nos muestren nada.

La película es una sucesión de planos de Tom Hardy, de frente y de costado, alternados con una especie de cámara subjetiva que nos muestra las luces de la ruta. Nada más. Todo el peso de la historia recae sobre los hombros de Hardy que, por otra parte, lo maneja con soltura y solvencia. En casos como estos, el desarrollo de un personaje como Locke, necesita de la definición de una identidad gestual, un tono de voz, una manera de trabajar con los ojos según quien esté del otro lado del teléfono y, al mismo tiempo, una actitud transversal en su rostro, que nos permita identificar lo que el protagonista está viviendo, porque eso es lo único que tenemos: su voz y su cara. Y Hardy lo hace. Logra construir a un Ivan Locke único e irrepetible, y le da vida en el movimiento de sus manos, en el modo de tomarse la cabeza o morderse los labios. Es un esfuerzo que podríamos identificar más con el teatro que con el cine, en donde rara vez un actor tiene tantos minutos seguidos en el centro de la pantalla.

Obviamente, una cinta con estas características debe sostenerse en un guion poderoso e interesante que nos mantenga al borde de la silla, lo cual sucede. El libreto fluirá y regalará momentos de tensión, suspenso, emoción y drama, en su recorrido narrativo. La historia particular de un hombre regular, como cualquier de nosotros, sin poderes especiales o dificultades extravagantes, resultará relevante en cuanto comencemos a detectarnos reflejados. Apenas nos pongamos en los zapatos de Ivan, o de quienes le rodean. El conflicto de la película es el de Locke y puede ser también el nuestro: aquel punto en donde confluyen la familia, el trabajo y la convicción. Ese caótico lugar en donde nuestro sistema cotidiano de creencias (el que nos permite mantenernos vivos) se desploma en un momento.

Locke es cine minimalista e inteligente. No es una película pretenciosa, (con lo que cuesta encontrar de estas), sino, por el contrario, muy específica en su intención. Es de visionado obligatorio para todo aquel que disfrute de la narración de una buena historia.

Nocturnal Animals

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Lo justo sería empezar esta review por el principio, diciendo que Animales Nocturnos, la segunda película de Tom Ford es, sin ninguna duda, una de las mejores películas del 2016. Quiero decir, de las mejores 3, como mínimo. Es magnífica.

Ya en los créditos iniciales entenderemos que estamos en presencia de algo diferente cuando un grupo de mujeres mórbidamente obesas bailen desnudas por largos minutos (obviamente en slow motion), en un espectáculo que, usualmente, elegiríamos no ver. He leído mucho sobre las reacciones a este opening, con calificativos que van desde lo grotesco hasta lo lastimoso. Son estas las reacciones que el director busca: funcionan a modo de advertencia de lo que viene.

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Lo cierto es que este show de mujeres danzando, descubriremos luego, forma parte del trabajo artístico que Susan (Amy Adams) está exhibiendo en la galería de la cual es dueña, en Los Ángeles. En esos primeros minutos, conoceremos a Susan, de una belleza avasalladora. Extravagante pero gentil. Sutil y atormentada, con una expresión constante de ligera angustia en el rostro, sensación que rápidamente podríamos reducir a infelicidad. Es una mujer independiente que maneja su propio negocio y se produce a sí misma, sin embargo presenta una dependencia emocional para con su marido, el doctor Hutton, que es quién, aparentemente, ha sido capaz de proveerle la vida de lujo y aristocracia que Susan disfruta.

Y la introducción de la cinta es tan precisa y certera, que antes de los primeros diez minutos, el plot principal será disparado: Susan recibirá en su casa un paquete a su nombre con el manuscrito de una novela firmada por Edward Sheffield, su primer marido. ¿Cuál es el nombre de la novela? Sí, Animales Nocturnos.

Como ya lo comenté en Swiss Army Man, Chejov elaboró la teoría de los dos cuentos, para definir conceptualmente cuando una historia funciona y cuando no: la historia evidente y la historia oculta que, sobre el final, será develada, pero de la cual tendremos pistas sucesivas y planificadas a lo largo de la historia evidente. En este caso, Ford entiende a la perfección como conseguir que su narración funcione, presentándonos la punta de un ovillo que, muy prolijamente, desatará en el transcurso de las casi dos horas de metraje. Pero será tan fluido e imperceptible, que casi no podremos notar los vaivenes —necesarios, por otra parte—, que el guion tiene.

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Aquel manuscrito que Susan recibe, todavía no lo sabemos, pero significará un profundo viaje para ella y para el espectador. Tan pronto como comienza a leer, una segunda línea narrativa aparece y, paralelamente, nos contará la historia de Tony Hastings, un hombre magníficamente interpretado por Jake Gyllenhaal, que está manejando por una desolada ruta del desierto de Texas con su mujer y su hija, cuando otro auto comienza a acosarlos. Como podíamos presumir, en este segundo auto hay una banda de cuatro hombres liderada por Ray (Aaron Taylor-Johnson), que es la típica banda de criminales que disfruta de la impunidad y la desolación de la noche en el desierto, para salir a violar, robar y matar. En lo que dura la persecución, podremos sentir el miedo de Tony y su familia y, en una escena memorable, de un suspenso terrorífico que pone al espectador al borde del asiento, las cosas empeoran de la peor manera posible: una rueda se pincha y Tony se ve obligado a estacionar el auto, quedando a merced de los deleznables criminales que, quién sabe que harán —piensa Tony—con aquellas dos mujeres. Esta secuencia se permite algunas licencias típicas (como la citada rueda que se pincha) porque forman parte del manuscrito ficcional que Edward le ha dedicado a Susan. Es entonces cuando nos encontramos con una tercera secuencia narrativa, esta vez, disparada por ella, en donde Susan y Edward son jóvenes amantes. En otro enorme acierto de Tom Ford, Edward es también interpretado por Jake Gyllenhaal, que vuelve a hacer un excelso trabajo construyendo un personaje totalmente diferente a Tony, y quiero decir, un personaje que se siente totalmente distinto, se palpa. Este tercer hilo narrativo nos mostrará quienes eran Susan y Edward.

 

A partir de aquí, las tres historias individuales entrarán en permanente tensión y nos dejarán entrever muy sutilmente, muy orgánicamente, cual es la relación entre ellas y, sobre todo, como se complementan. Y creo que aquí reside otra de las claves de porque la película funciona de manera armónica, y es que el director eligió tres hilos narrativos para contar una sola historia, no como artilugio mecánico para generar impacto, sino para hacer a los personajes tridimensionales. ¿Cómo, sino, entendemos la vida y las consecuentes relaciones interpersonales? ¿Cómo un flujo secuencial de actos (que es lo que el general del cine contemporáneo propone) o, más bien, como un conjunto de sucesos, palabras, silencios y acciones que se entrelazan entre sí para decir algo de nosotros? Esta es la virtud principal de la película, que la eleva del mero “buen cine de entretenimiento” a la categoría de un objeto artístico. Porque representa de manera material la forma en la que construimos el presente y leemos nuestro pasado. Edward, escritor, no encuentra una forma más adecuada de decirle a Susan en quién se ha convertido, que escribiendo una gran analogía y protagonizándola, porque hay cosas que (Edward entiende), no pueden ser dichas de otra manera más que con símbolos, o activando circuitos emocionales en la mujer.

Susan, por otra parte, impedida de mirarse a sí misma en una casa llena de vidrios y espejos, si bien percibe que algo no está bien, no logra conectar con ella misma hasta tanto la historia ideada por Edward no dispara en ella su sentido de identidad. No se asume equivocada hasta que no lo ve en su propia mente, a través del reflejo de la novela. Es entonces por esto que la película se siente tridimensional, porque funciona de la misma manera en la que, en cierta forma, funciona nuestra propia vida.

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Sobre el final, claro, cerrará Edward su venganza en el presente, en una GRAN escena que no será más que vacío y silencio. Una venganza honda y dolorosa que nos hará terminar el visionado con una gran exhalación.

FIN SPOILERS
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Tantas palabras después, no he tenido tiempo todavía para referirme a la tremenda potencia visual que Animales Nocturnos tiene. Tom Ford, para los que no lo saben, es un diseñador de moda y creo que con eso ya estoy diciendo todo. La película tiene la estética oscura que tiene que tener, ni más ni menos. Tiene planos cuidados cuando los tiene que tener, y una cámara en mano menos prolija cuando lo necesita.

Animales Nocturnos es, sin dudas, una película imprescindible.