True Grit [2010]

Aún cuando, a simple vista, True Grit no parece ser una clásica película de los Cohen, su inconfundible presencia se respira por todos los rincones del film. Y si bien sería difícil valorarla como una de las mejores de su obra, son justamente estos detalles característicos de los hermanos los que la elevan por encima de la media. No hay que olvidar que este film, remake del original de 1969 basado en el libro homónimo de Charles Portis, es puro cine de género y, dentro de este marco, acata todas las reglas argumentales y narrativas que un Western  clásico debe tener, incluyendo una trama más bien lineal, conducida exclusivamente por los personajes y sus travesías, en general más concretas que metafóricas. En este sentido, la película triunfa indiscutiblemente.

Uno de los detalles más notorios en todas las cintas de los Cohen, es la gran importancia que otorgan al lenguaje, y lo versátiles que son sus diálogos y voces narradoras. True Grit no es la excepción, y eso será palpable ya desde el primer plano, cuando la voz de la dulce Mattie Ross nos introduzca a un estilizado inglés del siglo XVIII que, por otra parte, sonará absolutamente auténtico. Pero el trabajo sobre el lenguaje no tendría el efecto que tiene, sino fuese por, quizás, la mejor de las virtudes de los hermanos Cohen: su magnífica capacidad de crear personajes verosímiles, multidimensionales y complejos.

En este caso, Jeff Bridges tiene la responsabilidad de ponerse en la piel de Rooster Cogburn, alguna vez interpretado por el legendario John Wayne, lo cual consigue entregando, con su particular impronta, una muy personal y disfrutable actuación. Luego, la fantástica y hasta entonces desconocida Hailee Steinfeld, personifica a la protagonista Mattie Ross con un desempeño formidable, demostrando gran soltura y solvencia, sobre todo a la hora de hacerse cargo de los muchos minutos que tiene sola en pantalla, así como de las extensas líneas de diálogo que debe entregar. Ella es, definitivamente, la gran revelación de la cinta con su carácter fuerte y obstinado, y su notable presencia en escena, capaz de ponerse, sin titubeos, a la par de dos actores de renombre como Jeff Bridges y Matt Damon. La terna principal se completa, entonces, con éste último haciendo del texano LaBoeuf quien, a mi entender, es el único con un nivel un poco más irregular que el resto, principalmente desde el lenguaje no verbal, una de las facetas que suele ser la más trabajada por los directores.

Los personajes secundarios, aun cuando tienen pocos minutos en pantalla, son vibrantes y enérgicos, tan profundos y complejos como los protagonistas. Por citar a los dos más importantes: Tom Chaney (Josh Brolin) y Lucky Ned Pepper (Barry Pepper),                que aparecen en pantalla no más de media hora y sin embargo se sienten tan reales como si hubiesen tenido el mismo tiempo de construcción que, por ejemplo, Cogburn.

Como ya es común en toda obra de los directores, la película es visualmente hermosa. El histórico Roger Deakins es, una vez más, quien se hace cargo de la cinematografía de True Grit, y eso se nota. De principio a fin el metraje está signado por la sutilidad en composición y transiciones, una iluminación precisa pero sobre todo informativa, acompañando el tono de las escenas con la atmosfera necesaria. También sobresale en el film la composición ya clásica de los Cohen, con sus planos y contra planos característicos, sus planos generales después de los medios (especialmente en interiores) y los maravillosos planos generales del desierto que todo gran Western debe, necesariamente, contener.

Sea el género que sea el que los hermanos trabajen, la comedia siempre estará presente. En este caso atraviesa las secuencias más dramáticas de la película, confiriéndole un toque climático personal, y hasta el conflicto general será resuelto de la manera, si se quiere, menos tradicional.

Todos estos son factores más que suficientes para justificar el visionado de una película que, en un término general responde más bien a un mero entretenimiento enmarcado en la forma del cine de género con la marca única de los Cohen, pero que también, en un sentido más simbólico, se puede leer como una interpretación acerca de la justicia y, como se cita en el propio metraje, de esa eterna discusión alrededor del peso de la justicia cuando un acto es reprobable en sí mismo, respecto a cuándo es reprobable solo acorde a nuestras leyes y moral.

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Hell or High Water

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Hell or High water, traducida al español como “Comanchería”, ha sido clasificada por algunos críticos como un “neowestern” y creo que, con algunas licencias, se podría considerar que lo es.
La película tiene un gran comienzo: un pequeño plano secuencia que nos ubica rápidamente en un árido pueblo de Texas, pocas horas después del amanecer, y una mujer que se acerca a abrir la oficina del banco del lugar. Dos encapuchados la están esperando para robarlo. Luego, durante el asalto, entenderemos también la clara diferencia entre ambos criminales, y podremos, a la vez, intuir la relación entre ambos. Todo eso, en los primeros cinco minutos.
Más tarde, nos daremos cuenta que hay mucho más sucediendo debajo de la superficie, y que aquel robo forma de un plan ideado por Toby (Chris Pane), para salvar la granja de su madre. Para esto, contará con la ayuda de Tanner (Ben Foster), su hermano que acaba de salir de la cárcel y los dos serán perseguidos por el sheriff Marcus (Jeff Bridges) y su compañero Alberto Parker (Gil Birmingham).
Por consiguiente, contamos con un personaje “moralmente” bueno, como es Toby, más sereno y calculador, inteligente y cauteloso; luego Tanner que es todo lo contrario: impulsivo y despiadado, de una moralidad más compleja, alguien determinado a hacer lo que haga falta para alcanzar el objetivo. Él es quien hace honor al título del film, siendo la expresión “Hell or High Water” algo así como, “se hará como sea, sin importar las dificultades que puedan surgir en el camino”. Y en medio de ellos dos, aparece esta idea de “vieja ley del Oeste”, que el sheriff Marcus intentará defender, y que disparará también un conflicto interno con él mismo, que encuentra en los ladrones la razón para prolongar el tiempo que le queda antes de retirarse.
Hasta ahora, entonces, tenemos un punto de partida bastante sencillo y trillado, pero una gran escena de apertura y, ciertos detalles de la introducción que nos hacen creer que la historia va a evolucionar de una manera diferente. Y, se puede decir que lo hace, pero no necesariamente de la manera más satisfactoria.

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 SPOILER ALERT 

En la primera hora de la película, cuando se ponen las cartas sobre la mesa, hay algunos conflictos interesantes que los personajes traen a escena: Toby, tiene una mala relación con su ex mujer; desde hace un tiempo no puede pasarles el dinero de la manutención, razón por la cual hace más de dos años que no ve a sus hijos; Tanner acaba de salir de la cárcel y enseguida se advierte una suerte disgusto para con su difunta madre y un resentimiento hacia su padre quien, presumiblemente, no fue una gran figura paterna. Marcus, el sheriff, deambula por la historia atribulado, reflexivo y hasta obsesionado con la idea de no abandonar ese caso y, por consiguiente, su trabajo, repartiendo cinismo y humor negro por donde camine. También se plantea en ese fantástico comienzo, dos relaciones de hermandad bien diferentes entre los dos pares de personajes principales: los hermanos criminales y el sheriff con su ayudante.
Aún con todos esos elementos de potencial explotación, la película cae a mitad del segundo acto y ya no vuelve a subir. Es como si Taylor Sheridan (Sicario) hubiese escrito dos guiones: uno para la primera hora y media; otro para el final. Todos y cada uno de los conflictos secundarios que citaba arriba y que construyeron con tanto cuidado la verosimilitud de los personajes, fueron evitados sobre el final, a la hora de resolverlos. El plot que nos saca del segundo acto, aquel en el cual Tanner hace un acto de grandeza por su hermano y se queda arriba de la montaña con el rifle, es previsible y estéril, además de no reflejar un movimiento en la curva de los personajes, que son, en mayor o medida, los mismos desde que empieza hasta que termina la historia.
Igual de decepcionante que el plot, es la resolución final de la película, cuando Marcus visita la granja que Toby ha dejado para su ex esposa y sus hijos. Es esa escena la única vez que parece vamos a ver un gran final, en donde se construye la tensión del western, se llega al encuentro entre el protagonista y su némesis, hay clímax, hay una sensación de fluidez y de funcionamiento. Es justo en ese momento, que está a punto de darnos el cierre que necesitamos, cuando aparece una camioneta con la esposa y los hijos de Toby, que bajan, saludan y entran a la casa (¿Deus Ex Machina?), provocando entonces que Marcus se aleje, amenazando y prometiendo algo que, dadas las condiciones, es improbable que jamás llegue a cumplir.

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FIN SPOILERS

Dejando de lado el guion, Hell or High water tiene una potencia visual increíble. Mirándola con un lente puramente cinematográfico, tiene una belleza terminante que está dada principalmente por la perfecta composición de cada uno de los planos (cuidados y profundamente trabajados), y por un uso ejemplar de la paleta de colores, que no nos saca jamás del desierto árido en el que estamos. La fotografía de la película es avasallante y una de las razones por las cuales la película merece la pena ser vista. Es un espectáculo imponente para el espectador.
En resumen, Hell or High Water tiene una muy buena primera hora, pero un guión irregular, con, sin embargo, un impresionante despliegue visual y una especie de “economía” en los recursos que, sin dudas, merece ser visto.