Land of mine

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Imagínate una película ambientada en una guerra. La que se te ocurra. A eso, agregale un sargento “malo”: estricto, severo y muy gritón (seguro ya se te ocurrieron un par). Después, poné un grupo de soldados en inferioridad de condiciones (sin son jóvenes o niños, mejor) con los cuales puedas empatizar, dales una misión difícil en donde su vida esté en permanente riesgo, y colocalos bajo el cruel comando del sargento. Si es posible, hacé que compartan el mismo espacio físico y, por último, esperá una hora y media a ver como se transforman las relaciones entre ellos.

¿Listo? Ya debes haber recordado, como mínimo, tres películas de la temática. Bueno, a grandes rasgos, esa es la espina dorsal de la danesa Land of Mine, con alguna que otra complejidad moral en el medio.
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La segunda guerra mundial acaba de terminar, Alemania se ha rendido y, como parte del castigo, debe “limpiar“ el desastre ocasionado y dejar nuevamente habitables los lugares de Europa que han sido, de alguna manera, comprometidos por la guerra. Dinamarca es uno de ellos. Más particularmente, una playa danesa por donde —se pensaba—, las tropas del nazismo intentarían entrar, razón por la cual los mismos daneses habrían plantado no menos de 45000 minas. Ahora, con la guerra finalizada, aquel peligroso campo debe ser devuelto a su estado natural, y los encargados de la peligrosa labor serán un grupo de niños alemanes (también soldados que participaron de la guerra), y estarán bajo la supervisión del sargento danés Carl Rasmussen (Roland Møller), quien detesta profundamente (aparentemente y según el film, al igual que el resto de los daneses) a todo alemán que pise su tierra. De allí el doble juego en el título (al menos en inglés), que puede ser leído como “tierra de minas” o como “mi tierra”.

Mentiría si dijera que la película no es emotiva (este tipo de cintas siempre lo son), porque el tema es suficientemente interesante y complejo de por sí. El fallo está en el cómo.

Lo que impide disfrutar la película es su terrible previsibilidad. El espectador atento, siempre estará un paso adelante en la historia, y no solo porque los eventos que disparan los actos son anunciados con cambios de tono y planos elaborados, sino porque además el metraje no logra salir de la estructura general compartida por todos los de su tipo, ya vista demasiadas veces. Gran parte de la crítica (La Academia incluida) ha optado por justificar la linealidad de la historia, sólo por su veracidad, lo cual me parece inadmisible como excusa narrativa, habiendo tantos recursos para contar una historia de este tipo.

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 SPOILER ALERT 

Lo evidente, entonces, sucede: del grupo inicial de niños que sufren todo tipo de pesares, desde la ya de por sí altamente riesgosa tarea de encontrar y desactivar las minas, hasta casi morir de hambre, solo sobreviven unos pocos, lo cual —conforme las penurias de los jóvenes avanzan—complejiza la moralidad del sargento, que empieza a (previsiblemente) formar un vínculo con los jóvenes, los alimenta a expensas de los castigos de su propia cadena de mando y sufre con sus pesares.

El guion descansa y se debate toda la segunda mitad del segundo acto, entre la ambigüedad del sargento que, pasado su rechazo inicial, cae en cuenta de que aquellos son solo niños con esperanza de vida mientras sigan realizando la tarea que les fue asignada, y la odisea que los jóvenes pasan a diario, en su intento de sobrevivir para ver otro día y, quizás, eventualmente volver a casa.

FIN SPOILERS

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En resumen, la cinta tiene una complejidad que es, en realidad, inherente al tema que trata; está sencilla pero efectivamente filmada, y no tiene mucho más valor intrínseco que la controversia que genera ese mismo argumento trabajado. Insisto en la convicción de qué, si este mismo tema hubiese sido explotado de una manera diferente, alejándose de los clichés del genero y evitando la búsqueda desesperada por el compromiso emocional del espectador, sin duda hubiera sido una mejor película.

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