Sully

Desde el primer segundo  , sobre el fundido negro de los créditos iniciales, podremos escuchar el sonido de las turbinas del avión surcando el cielo. Esa será la presentación del capitán Sully y su copiloto Jeff Skiles, ambos dentro de la cabina del avión en lo que, suponemos, es el día del accidente.

Sully es, lo que podríamos llamar, una clásica película de Clint Eastwood. No sólo por el tema, sin dudas uno de los más recurrentes en sus últimas producciones en donde ha demostrado una predilección por las biografías, sino también por la forma en la cual la historia es contada, y por ciertos elementos esparcidos a lo largo del relato.

En su etapa más reciente, podemos identificar algunas otras cintas del estilo, tales como Invictus, J. Edgar o la fatídica  American Sniper en donde Eastwood toma un cierto modelo de “héroe” y lo plasma en pantalla bajo estándares puramente norteamericanos, con planos grandilocuentes que magnifiquen la figura, acompañados por una banda de sonido acorde y alguna que otra bandera flameando al cielo. En este sentido, Sully escapa un poco de esa vanidad, y mueve el foco a la circunstancia que el piloto se ve obligado a afrontar, después de su acto de heroísmo.

Uno de los sellos de Clint Eastwood y, me animaría a decir, una de las razones por las cuales sus biografías funcionan y resultan atractivas más allá de la sensación que nos provoque la personalidad retratada, es la inteligente construcción del suspenso que se genera alrededor de los detalles en sus guiones. Es decir, hay un eficaz reordenamiento de los eventos sucedidos en la vida del protagonista que, aun cuando posiblemente no responda a una estricta verdad, permite traducir la historia, a una forma narrativa mucho más seductora para el espectador. En Sully, esto es claro: el hito más importante en la vida del piloto es el accidente en pleno vuelo, en el cual, habiendo perdido ambas turbinas, logra aterrizar el avión sobre el río Hudson, salvando así a todos los pasajeros a bordo. Esta escena, sin embargo, pertenece al fuera del campo narrativo de la primera hora, porque cuando conocemos a Sully, todo esto ya ha ocurrido y sólo obtenemos pequeños indicios en sueños y parciales recuerdos del protagonista; no obstante el foco, está puesto en la investigación que la compañía aérea ha iniciado, para revisar si la decisión que el hombre tomó fue la correcta o si, por el contrario, él mismo puso en peligro a todos sus pasajeros.

Otro de los sellos del director, pero esta vez uno menos grato, es la cantidad de personajes secundarios sobreactuados a los que expone en pantalla más tiempo del necesario, con el único objetivo de fabricarles la oportunidad de que disparen líneas altisonantes del estilo: “nadie muere hoy” (dicha por un secundario que ayuda a los pasajeros del avión a subir a uno de los barcos). Hay un exceso de secuencias de este tipo.

Por otro lado, hay que reconocer el buen trabajo de Tom Hanks de permanecer invisible en la película. Es decir, con personalidades de renombre como él, suele ser difícil ver al personaje por sobre el actor, algo que no pasa en Sully, en donde, después de la primera media hora ya no veremos a Tom Hanks, sino a Chesley Sullenberger, el piloto del avión.

En líneas generales Sully es una película disfrutable, con un relato bien contado sobre una vibrante historia real, con una perspicaz dosificación de hechos e información, que favorecen a la narración y que, además, representa la vuelta a escena de un buen director luego de la controversial America Sniper (una  propaganda política disfrazada de película), pero esta vez con un personaje mucho  más amigable lo cual es, al menos, una buena noticia.

 

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Genius

Genius, la primera incursión dirigiendo cine, del actor y director de teatro británico Michael Grandage, es un interesante drama biográfico sobre un específico momento en la vida de Max Perkins, editor de libros en Scribner’s, famoso por descubrir a algunos de los más grandes autores de la literatura norteamericana, como Hemingway y Fitzgerald.

El guion es una adaptación del libro “Max Perkins: Editor of Genius“ de A. Scott Berg, el cual transcurre en el período en que Perkins conoce a quien luego se convertiría en otro de sus grandes autores revelados: Thomas Wolfe.

En la secuencia inicial de la película, Thomas Wolfe, interpretado por Jude Law, decide asistir a la cita pactada con Max Perkins (Colin Firth) con absoluto escepticismo, ya acostumbrado al habitual rechazo de las casas editoriales por considerar tu trabajo, entre otras cosas, demasiado extenso. Ya en aquella primera escena descubriremos el particular carácter que Thomas Wolfe parece ser: verborrágico, atolondrado, impulsivo, grandilocuente y, a todas luces, excéntrico. Como contrapartida, la personalidad de Max Perkins da la impresión de ser su completa antítesis al mostrarse como un hombre sosegado, de palabra medida, emoción centrada y ojo observador. Ambos dos representan a la perfección el estereotipo que se espera de ellos: el escritor obsesivo y el riguroso editor que pulirá su prosa. Esta presentación de personajes en la escena inicial es tan sencilla como efectiva, porque sin ningún tipo de preámbulo o construcción pomposa, en menos de cinco minutos seremos capaces de reconocer fehacientemente quienes son los protagonistas y que rol van a jugar en el relato. Además, la introducción se desarrolla en la oficina de Perkins, que funcionará en el resto del film, como el centro del universo que conforman escritor y editor, sirviendo como punto de movimiento permanente del relato, hasta su mismo punto final.

No mucho más tarde e incluso dentro de los primeros quince minutos, también seremos introducidos a las dos mujeres que completarán la escena principal de la historia: Aline Bernstein (Nicole Kidman), amante de Thomas Wolfe y Louise Perkins, esposa de Max, interpretada por la versátil Laura Linney.

Si bien la película es técnicamente correcta, también se puede definir como muy discreta, sin grandes despliegues fotográficos, ni rebuscadas soluciones dramáticas en la composición de los cuadros. Hay una sencillez en las decisiones estéticas, incluso aun en la elección de la luz, que mantendrá una cierta opacidad durante las casi dos horas de cinta, pudiendo confundirse incluso el escenario, con alguna versión de Londres de los años 30. No obstante su modestia técnica, sí puede detectarse a lo largo de la historia, la mano de Grandage como director de actores, ya que hay  una gran solvencia interpretativa que se sostiene con sorprendente constancia durante toda la película, y no sólo en los protagonistas, sino también en las apariciones esporádicas de personajes secundarios de renombre como los citados Hemingway (Dominic West) y Fitzgerald (Guy Pearce), cuyas intervenciones, si bien breves como la del primero, tienen una creíble presencia en pantalla. Hay, también, un enorme momento final: una escena de considerable duración resuelta con solo dos primeros planos, en donde Colin Firth da  una verdadera lección de cine, soportando todo el peso del desenlace sobre sí.

 

Genius es, en definitiva, una buena película; entretenida y con ritmo. Resultará de especial interés para aquellos con inquietudes relacionadas al contexto histórico que  el film trata, y también para los que simplemente quieran acercarse a una buena historia, sencilla pero eficazmente contada, con un gran elenco que se mueve por el relato con solvencia y altura.