Locke

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Un auto, un teléfono celular y Tom Hardy. Eso era todo lo que hacía falta para hacer cine. Olvídense de los efectos especiales, los sorpresivos giros argumentales y una presuntuosa composición de planos. Steven Knight, su escritor/director, entendió todo bien y nos evita cualquier tipo de elemento innecesario que pueda hacernos perder de vista el objetivo final de su película: contarnos una historia. Tan simple como eso. Tan esencial como eso.

Es poco lo que se puede decir sin arruinar la sorpresa, porque el metraje está pensado para que descubramos todo despacio y en el momento preciso, ni antes ni después, así que sólo voy a decir que Ivan Locke (Tom Hardy), un reconocido capataz de obra de principios inquebrantables y padre en una familia predilecta, justo en la noche previa al inicio de la construcción más ambiciosa de la ciudad, ha decidido tomar el auto y manejar toda la noche hacia un lugar que desconocemos, con su teléfono y un listado de personas a las cuales llamar.

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Conforme la hora y media transcurra, entenderemos fehacientemente quién es Ivan Locke y porque hace lo que hace. Entenderemos su historia y entraremos en su vida sin habernos movido jamás del asiento del auto. Lo sabremos todo sin que nos muestren nada.

La película es una sucesión de planos de Tom Hardy, de frente y de costado, alternados con una especie de cámara subjetiva que nos muestra las luces de la ruta. Nada más. Todo el peso de la historia recae sobre los hombros de Hardy que, por otra parte, lo maneja con soltura y solvencia. En casos como estos, el desarrollo de un personaje como Locke, necesita de la definición de una identidad gestual, un tono de voz, una manera de trabajar con los ojos según quien esté del otro lado del teléfono y, al mismo tiempo, una actitud transversal en su rostro, que nos permita identificar lo que el protagonista está viviendo, porque eso es lo único que tenemos: su voz y su cara. Y Hardy lo hace. Logra construir a un Ivan Locke único e irrepetible, y le da vida en el movimiento de sus manos, en el modo de tomarse la cabeza o morderse los labios. Es un esfuerzo que podríamos identificar más con el teatro que con el cine, en donde rara vez un actor tiene tantos minutos seguidos en el centro de la pantalla.

Obviamente, una cinta con estas características debe sostenerse en un guion poderoso e interesante que nos mantenga al borde de la silla, lo cual sucede. El libreto fluirá y regalará momentos de tensión, suspenso, emoción y drama, en su recorrido narrativo. La historia particular de un hombre regular, como cualquier de nosotros, sin poderes especiales o dificultades extravagantes, resultará relevante en cuanto comencemos a detectarnos reflejados. Apenas nos pongamos en los zapatos de Ivan, o de quienes le rodean. El conflicto de la película es el de Locke y puede ser también el nuestro: aquel punto en donde confluyen la familia, el trabajo y la convicción. Ese caótico lugar en donde nuestro sistema cotidiano de creencias (el que nos permite mantenernos vivos) se desploma en un momento.

Locke es cine minimalista e inteligente. No es una película pretenciosa, (con lo que cuesta encontrar de estas), sino, por el contrario, muy específica en su intención. Es de visionado obligatorio para todo aquel que disfrute de la narración de una buena historia.

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